Una mal llamada perspicacia en la política, también en cierto periodismo, da por descontado que la neutralidad en el mano a mano que disputarán Sergio Massa y Javier Milei es jugar decididamente en favor del primero, del Gobierno y de todo lo que eso significa desde una visión más que crítica de lo hecho por el peronismo y por el kirchnerismo conduciendo y dominando la vida del peronismo. Y neutralidad es también poder votar blanco. Es, por sobre todas las cosas, decir que se puede votar en blanco, ni por Massa ni por Milei. Y, siguiendo el significado estricto de la palabra, o lo que se interpreta de ella, consiste, según lo presenta Wikipedia “en no tomar partido y renunciar a toda injerencia en un conflicto o diferencia de opiniones. Es importante no confundirla –agrega– con conceptos como la objetividad y la imparcialidad”.

Hablar de neutralidad, en las actuales circunstancias, donde se han puesto sobre la mesa dos visiones extremas, justamente, las dos que hasta poco tiempo no se las identificaba como las triunfantes del proceso electoral o, en otros términos, como favoritas si se quiere, no debiese provocar grandes sorpresas. Porque dentro de esa neutralidad se estaría reflejando e identificando una gran cantidad de votantes de ese 24 por ciento de electores que se inclinó por Juntos por el Cambio. Un Juntos por el Cambio que, si bien se fue desmoronando con el paso de las semanas producto de errores propios y por movidas más que acertadas de sus rivales, que fueron provocando su postergación, se plantó frente a las dos propuestas con las que competía como el “cambio seguro”, sin éxito, sin lograr hacer prender la idea con convicción y de ese tipo de seducción especial con la que se ganan, también, las elecciones. Fracasó en la germinación de un paso hacia el cambio de todo aquello que viene establecido por el lado del Gobierno, con sus vicios y miserias, de las ocultas y de las explícitas que tanto se conocen y se penan; y un cambio, a su vez, que ofrecía garantías ante el salto al vacío que todavía algunos creen que significa la oferta libertaria.

El extremismo libertario del momento, por sobre todo, es el que más se ha opuesto y criticado a quienes han manifestado la neutralidad, desde lo político, claro, y hasta en el plano de las relaciones sociales y humanas. Entienden que el voto en blanco, por caso, sería darle un apoyo implícito a Massa. A los epítetos de la tropa desbordada que ayudó a alimentar Milei hacia los que se inclinan por la neutralidad, le han sumado aquello de que el votar de esa manera es inclinarse por el modelo dañino que impuso el kirchnerismo y con el que consiguió colonizar el corazón y alma de millones de argentinos a lo largo de las últimas dos décadas. Otra grieta parece estar naciendo, ahora entre los que compartieron ese universo de votantes que se enfrentó al kirchnerismo y a su modelo de demolición de la economía y de degradación de los valores republicanos.

El punto es que puede que existan millones de argentinos en una encerrona a la que no le encuentran otra alternativa de salida que el voto en blanco. Un candidato del oficialismo que no les da garantías contra un candidato opositor que hizo campaña contra la casta y que, ahora, le pide a la misma casta ayuda para derrotar el populismo.
No son pocos los que han comenzado a conjeturar que se puede estar, el 19 de noviembre, ante otro escenario de tercios, como ocurriera en las PASO del 13 de agosto. Es, quizás, muy aventurado afirmarlo, pero tampoco habría que descartar otra elección de características históricas por el nivel de abstención, ausentismo, voto en blanco o impugnado. Un alto porcentaje de ese tipo de expresiones en las urnas estaría expresando la necesidad de que se conforme un frente opositor de cara a lo que hay, sea de más oficialismo o de un oficialismo reconvertido como sugiere Massa, o ante lo desconocido e incierto que bien puede estar expresando Milei.

El quiebre de Juntos por el Cambio y la rotura en mil pedazos del Pro tras el apurado acuerdo anunciado entre Patricia Bullrich, Mauricio Macri y Milei, alumbró ese nuevo escenario en el que entró la política y la actualidad argentina en el año del recambio de gobierno. No sólo apareció la neutralidad y las críticas del mileísmo analizadas. También aparecieron las advertencias públicas hacia Milei de parte de aquellos que hoy ven, al menos, dos cosas, estando cerca de su posición por una cerrada oposición hacia el kirchnerismo: quienes lo votaron y hoy han visto que no tuvo empacho alguno en ir a unirse con todo aquello que criticó en la previa de la elección del 22 para ampliar sus chances en noviembre. Y también los que, como entienden que la neutralidad es en verdad un apoyo al oficialismo, han decidido taparse la nariz y entrar al cuarto oscuro dispuestos a colocar la boleta del libertario. Ese votante, que bien puede estar representando el actor Alfredo Casero con sus videos virales, es el que le grita al candidato: “¡Milei! No nos vayas a cagar con acuerdos con Massa. ¡Hijo de puta! No nos vayas a cagar y Juntos por el Cambio, no nos vayan a hacer una cagada”.

Se está ante un cuadro de frustración de unos cuantos millones de argentinos muy grave y muy serio. Es un 2001 que con aquel “que se vayan todos” pareciera estar de vuelta. Diferente, claro está. Con otros matices, por supuesto. Pero que encierra un clima raro y extraño que la misma y propia política no sólo debe detectar, identificar y prestarle atención. También desactivarlo respondiéndole acertadamente.