Foto: El Sol

¿Quién dijo que sostener una democracia de calidad, la que nos pueda dar en algún momento lo mejor en plaza para conducir la provincia o el país, tiene que ser divertido y agradable? ¿dónde está escrito que conocer lo que tienen en la cabeza los candidatos a gobernador, o a intendente y si se quiere a presidente supone un entretenimiento o una tarea que de sólo imaginarla tiene que provocar placer? ¿quién ha decretado, u ordenado o mandado, que un debate entre candidatos por ideas y proyectos tiene ser un show? Para el show, está el circo; para el entretenimiento un espectáculo musical; para alimentar el espíritu, el teatro, el cine un buen libro.

El elegir no es tarea fácil, ni simple, ni moco de pavo. Si le sumamos que quienes han gozado de todo nuestro crédito y confianza para conducir los destinos del Estado han fracasado con todo éxito, se entiende el fastidio, el hastío y hasta la ira que han producido tantos años barranca abajo al punto de dudar de ir a votar. Pero antes de eso, la campaña aflige y ni hablar el tener que escucharlos o leerlos y verlos por televisión. Se prefiere Got Talent, quién lo duda.

Desde plomo hasta ridículo. De todo se dijo en torno al primer debate obligatorio de los candidatos a gobernador que organizó el Poder Judicial el último domingo y que transmitieron los canales de televisión. En breve, los canales particularmente, recibirán los informes del rating de audiencia y es muy probable que, a esa hora del domingo, entre las 20 y las 22, los niveles de interés hayan caído por la oferta en pantalla. De confirmarse esto último, se abre una nueva ventana para el análisis que no tendría que ver con el debate en sí, sino más bien con el desinterés y algo de ausencia de compromiso con lo que la provincia tiene por delante. Y aunque se está mal y no se da pie con bola desde varios años a esta parte y han enojo e indignación y unas ganas bárbaras de que todo explote y se vaya al mismo demonio, nada justifica la falta de compromiso para saber qué tenemos en el menú y qué puede ser lo mejor entre lo que la política está ofreciendo.

A los candidatos se les podría exigir estudio, capacitación, formación y la mejor preparación como para merecer el voto de cada uno de los electores. Ahora bien, ¿por qué razón se les tendría que caer por no ser atractivos ni seductores al momento de dar a conocer sus ideas? Por supuesto que alguna de esos atributos, como saber manejar el arte de la comunicación, la persuasión y la retórica hacen mucho, casi todo dirá alguien, para encantar y atrapar la voluntad del elector. Pero no necesariamente hablamos de características o condiciones de cumplimiento obligatorio de parte del candidato.

Lo mismo sobre el debate. Probablemente para dentro de cuatro años la organización de lo que se trata ni más ni menos que de una exposición de los candidatos por lo visto el domingo, tenga que revisar el formato y buscar la manera de que sea más productivo para el elector, pero ¿por qué obligar al Judicial a montar un show?

El debate obligatorio de candidatos es a todas luces un avance democrático. Iguala las oportunidades de llegar en tiempo real y al mismo momento a las audiencias, potencialmente electores, al más débil y con menos posibilidades con el más poderoso, con el que más oportunidades cuenta y del que se cree que tiene a su favor el caballo del comisario.

Este tipo de puestas, la de los debates, además, pueden descubrir facetas inexploradas de los candidatos, como conocer el temple, una determinada reacción ante un ataque, su capacidad para amortiguar golpes y el control ante altas dosis de presión. Y desde ya que son una herramienta más para estimular a ese 30 por ciento de los ciudadanos habilitados para votar y que no lo hacen. Una mayor participación ciudadana, qué duda cabe, siempre está destinada –o así debiese ser– a mejorar la calidad y la capacidad de los candidatos.

Y después está lo otro, si sirven o no para cambiar de idea o para ratificar la que se tiene. Todo indica que la influencia en electorado no alcanza para cambiar una historia ya escrita cuyo final se conoce recién el domingo de la elección cuando cierra el acto y se cuentan los votos. Pero siempre serán un aporte positivo a la discusión democrática, en calidad y cantidad y necesarios para escuchar a los que dicen merecer el voto ciudadano. Claro que hay que mejorarlos, más que nada en la posibilidad para profundizar alguna que otra idea central y hasta para permitir y estimular el intercambio de posiciones, pero no cometer el error de condenarlos y hasta censurarlos, como se hizo masivamente con el del domingo, por el sólo hecho de que ser crítico con la política y todo lo que la rodea da aires de suficiencia, superioridad y hasta el mote de cool.