Ilustración de Bernardo Erlich.

Al día siguiente de realizada la charla por zoom -el entrevistado en la Costa Brava del verano español; el entrevistador en un departamento de dos ambientes en el Abasto porteño, en un raro día de invierno caluroso- Oscar Martínez envía un mensaje de wasap. Le quedó algo por decir: “Me preguntaste qué veía cuando veía mi vida. Estuve pensando. Veo que mi vida superó de manera astronómica lo que aquel chico de 14 podía no imaginar, ni siquiera soñar cuando dijo que quería ser actor. Es como si hubieran pasado varias vidas, varias versiones de mi vida”.

Con tal declaración, es imposible que en una sola nota entren todas esas vidas. Como muestra, un botón: en una lista que va de Marcelo Mastroianni y James Stewart a Brad Pitt y Ben Affleck pasando por Sean Pean y los hermanos River y Joaquin Phoenix figura Oscar Martínez. Es el único latinoamericano ganador, como todos los nombrados, de la Copa Volpi, el premio del jurado del Festival Internacional de Cine de Venecia.

Autor de cuatro obras teatrales, dos de ellas representadas en varios países con éxito y una siendo adaptada ahora al cine de Hollywood.

Y un día lo nombraron miembro de la Academia Argentina de Letras.

Y un día con 70 años vio que esos viajes que había hecho a España desde tanto tiempo antes estaban dando demasiados resultados y se dedicó a cosechar en Madrid lo que vino sembrando desde Buenos Aires. Las dos series de televisión que termina de grabar allí son la muestra más clara de eso.

La siembra comenzó -queda dicho- cuando impensadamente el chiquito dijo que quería estudiar teatro. Y a los poquísimos años, desde el entonces famosísimo Clan Stivel lo llaman para un papelito, cosa de nada; tenía que decir un monosílabo o algo así, en “Cosa Juzgada”, el programa más prestigioso de la televisión argentina en ese momento, el que miraban sus padres.

No había terminado aún la década del ’60.

A la semana le ofrecen ya una escena de dos páginas. Enfrente tendría nada menos que a Federico Luppi.

Pocas semanas después, otra vez llama el hermano de David Stivel: “Pibe, te vamos a dar un protagónico que escribió Juan Carlos Gené. Vas a ser pareja de Marilina Ross”.

Como en una serie de Disney: “Dreams come true”.

De ahí en más, el teléfono no paró de sonar.

Al día siguiente, el primer llamado fue sorprendente. Miguel Gila, el gran humorista español le dijo: “Te he visto por televisión. Quiero ser tu amigo”. Y así ocurrió. Fueron amigos hasta la muerte de Gila.

Otro llamado inesperado fue el del director y productor Fernando Ayala. Le ofrecía ser parte de una producción que salvaría las arcas periódicamente flacas de Aries Cinematográfica, “La Gran Ruta” una película del subgénero argentino de telos, que desde la legendaria “La cigarra no es un bicho” dejó una marca en la picaresca nacional.

El elenco de 1971 impresiona: Mimí Pons, Luis Brandoni, Juan Carlos Dual, Luis Landriscina, Iris Laine, Santiago Gómez Cou, Alejandra Da Passano, Silvia Montanari, Raúl Lavié, el legendario Ricardo Trigo, Gloria Montes, Cacho Espíndola, Raimundo Soto, Nené Morales, María de los Ángeles Medrano, Oscar Viale, Nelly Prono, Claudio García Satur, Ulises Dumont, Onofre Lovero, Roberto Mosca, Héctor da Rosa.

Entre todos esos nombres, Oscar Martínez, que seguía cumpliendo un sueño impensado: trabajar con aquellos a quienes admiraba y que lo trataran de igual a igual.

Los memoriosos recordarán que en “La Gran Ruta” una banda de asaltantes planea el robo a un hotel alojamiento. Para poder entrar al telo, Oscar Martínez iba travestido, como pareja de Beto Brandoni. Pero yendo en auto al lugar, el personaje de Brandoni le pide al de Martínez que baje a buscar cigarrillos. Cuando baja, un policía obliga a Brandoni a seguir viaje y ahí queda Oscar Martínez, pantalón de chifón, tetas de plástico, peluca rubia, enormes pestañas, solita su alma, sabiendo que tenía que entrar al hotel alojamiento. Aprovecha entonces las insinuaciones de un excitado Oscar Viale, sube a su auto y ahí enfilan hacia “La Gran Ruta”. Claro, el problema comienza adentro de la habitación cuando Viale quiere consumar y Martínez debe saltar en una cama inflable redonda y paredes de terciopelo.

Así era la diversión argentina a comienzos de los ’70.

Apenas había comenzado su segunda década y ya su nombre figuraba entre los grandes.

Y otra vez el teléfono.

“Como si te llamase Menotti en el ’78 o Scaloni ahora” dice por el llamado de Sergio Renán “en el momento, Pelé y Garrincha juntos” insiste Martínez con comparaciones futboleras.

Lo convocaba para una de las películas más importantes de la historia argentina: “La Tregua”. Otro seleccionado: Héctor Alterio, Luis Brandoni, Ana María Picchio, Marilina Ross, Hugo Arana, Aldo Barbero, Juan José Camero, Lautaro Murúa, China Zorrilla, Jorge Sassi, Luis Politti, Carlos Carella, Antonio Gasalla, Cipe Lincovsky, Norma Aleandro.
Y ahí, en el medio Oscar Martínez en un papel pionero. Un homosexual, hijo de Alterio, tomado por primera vez en el cine argentino con seriedad y sensibilidad.

“Sergio era muy consciente y le importaba muchísimo esa historia en particular. Hasta el día de hoy, hay gente que me agradece la sensibilidad de esa historia, lo bien que le hizo”. Doy fe. A mí también me hizo bien.

El éxito del film fue enorme. Nueve semanas seguidas en el Gran Rex porteño (que ahora es teatro) y de ahí a otras salas durante meses en todo el país. Fue candidata al Oscar a mejor película extranjera, con la mala suerte de que debió enfrentar al “Amarcord” de Fellini, una obra maestra universal.

-Todo el mundo me auguró una inmediata carrera brillante en el cine pero vino el golpe de estado y caí en una lista negra de los servicios de inteligencia de la marina.

El 25 de marzo de 1976, tanto él como Pepe Soriano y Leonor Manso fueron a grabar a Canal 13 como todas las semanas su programa “La batalla de los ángeles” pero no los dejaron entrar a pesar del contrato anual que tenían y que jamás cobraron.

Era tan absurdo todo que estaba prohibido en Canal 13, pero no en ATC o en Canal 9; tampoco en el Teatro San Martín, donde pasó dos años convocado por Kive Staiff, en lo que se convirtió en un refugio de actores prohibidos.

Entonces, quien iba a tener un gran futuro en el cine nacional, se pasó nueve años sin entrar a un set de filmación.

-Apenas llegó la democracia, entre el ’83 y el ’84 me ofrecieron once películas.

-¿Y cuál fue tu sensación al llegar la democracia?

-¡Uf! Acompañé mucho ese proceso. Veneré a Alfonsín, lo venero cada día más. Lo viví con euforia y alegría, no sólo por haber acabado con la dictadura sino por lo que significaba la figura de Alfonsín. Para mí es una figura enorme de nuestra historia. Nunca milité ni hice explícito mi apoyo porque quería tener la libertad de estar en desacuerdo, nunca fui a actos oficiales que me invitaban, pero tuve dos veces la ocasión de estar comiendo con él, con otra gente y le dije algunas cosas muy fuertes de las que me arrepentí con los años quizás no de haberlo hecho pero sí de la manera. Yo lo respetaba mucho y todo, pero le dije algunas cosas.

-¿Sobre qué?

-Semana Santa (el alzamiento militar carapintada de 1987, donde el presidente Alfonsín fue a negociar con los rebeldes mientras la multitud lo esperaba en Plaza de Mayo). Él me dijo que había que estar ahí, que se hubiera derramado muchísima sangre. Le dije “mire Raúl, yo me fui mal de la plaza no porque usted haya ido a negociar con los carapintadas, sino porque nos mintió, la casa no estaba ‘en orden’ como usted dijo. Disfrazó de victoria lo que fue una derrota. Esas fueron mis palabras, fui un idiota, pero me quedó claro que me escuchó, respetó lo que decía…y me consta que unos años después él pidió que me vinieran a buscar para ofrecerme un puesto, algo muy importante…nunca lo conté públicamente. A pocos días de haber ganado la Alianza, en una reunión en Punta del Este donde se barajaron algunos nombres, él me nombró a mí.

-¿Pensaste aceptar?

-Era muy grande el ofrecimiento, eh, no una diputación, mucho más. Me temblaron las piernas. Tuve un día de descarga de endorfina porque sentí que me cambiaba el destino; era muy grosso, no quiero hacer público esto en una nota pero…fue así (Insistí todo lo que pude, si algún periodista más convincente consigue que se lo diga, que cuente). Así que después de lo que le dije me ofreciera eso me da la pauta de que mi admiración y mi respeto y amor entrañable por su figura tenía razón de ser.

-¿Tuviste otros ofrecimientos políticos?

-Sí.

-¿De peronistas inclusive?

-Sí, no voy a decir nada más.

-Ahora que estás en España, ¿seguís la política de allá como seguías la de acá?

-Tengo la ciudadanía honorífica, como Campanella, Darín, Rabinovich, Marcos Mundstok y sí, me interesa, pero obviamente no tengo el grado de compromiso que he tenido en Argentina. Vine aquí de grande, me importa, trato de informarme, pero acá no está la gente hablando de política todo el día. Es un mal nuestro ese.

-¡No hablan de política! (risas) ¿Y de qué hablan entonces?

-De su vida, de sus cosas. No están con la política en la cabeza la gente.

-¿Y vos, cuánto de política argentina tenés en tu cabeza ahora?

-Me informo, sé más o menos pero no estoy pendiente. Van a hacer 3 años que estoy aquí y parte de eso no me hacía muy bien y tuvo que ver con la decisión de venirme.

-Y con la distancia y afectos acá y allá, ¿qué ves ahora de Argentina?

-Lo que ve cualquiera, sobre todo desde afuera. Una crisis muy profunda, una decadencia, un deterioro muy grande y la enorme cantidad de dificultades a las que se enfrentará cualquiera que intente gobernar la Argentina y reconstruir buena parte de lo que fuimos porque el deterioro es muy grande en todos los órdenes. Me crié en un país que tenía un dígito de pobreza, una salud y educación pública ejemplar. En el ’57 Einstein fue a la Argentina a estudiar el fenómeno educacional argentino; no había analfabetismo, un nivel cultural alto, una movilidad social ascendente. Todo eso lo perdimos escandalosamente, hoy tenemos un país que no se parece ni un poco a aquél.

-¿Por qué te parece que pasó?

-Si ves los monólogos de Tato Bores del ’58, el ’60 tienen una vigencia lamentable. Como decía Pinti en “Salsa Criolla” la Argentina es un país tartamudo, que repite, repite y repite el error. El deterioro ha sido gradual, pero en los últimos 20 años se dio el tiro de gracia.

-Viviendo en España, ¿qué cosas notaste que habías naturalizado en Argentina y no eran naturales?

-Nunca naturalicé nada. Yo subía al avión y me cambiaba el humor. Lo primero es el tema de la seguridad, el hecho de que podés caminar por la calle tranquilo. Me acuerdo cuando vinimos con Ricardo (Darín) y Germán (Palacios), un 29 de diciembre 2003 (gira española de “ART”), dejamos las cosas en el hotel, salimos y nos dijimos exactamente eso: “¡Qué mochila nos sacamos!” porque nos dimos cuenta que no teníamos miedo. Y te estoy hablando del 2003, eso lamentablemente ha recrudecido creo, no sé si estoy equivocado porque vivo lejos. Luego el ánimo de la gente. Hay algo que se naturalizó allí y que mucha gente quizás no se da cuenta que es un grado de crispación permanente, amén del estado de alerta que tenés que tener que ya de por sí hace que en Argentina se viva con el cortisol al mango. Allí hay mucha crispación, violencia callejera, la gente está como en carne viva, lo cual es comprensible. Acá eso no pasa, la gente está relajada tranquila, es respetuosa, está contenta, no ves situaciones en la calle de violencia ni de tránsito ni de ninguna naturaleza. Otra cosa que no es menor: la gente respeta mucho a la policía que no es corrupta.

-Se habla mucho la responsabilidad que tiene cierta clase política sobre este deterioro, ¿crees que hay algún tipo de responsabilidad de la clase artística e intelectual sobre esto?

-Entiendo como clase dirigente no solo a la política; también a un profesor de la UBA, un intelectual importante, una celebridad intelectual o de la medicina, ¡ni qué hablar la clase empresarial! También es responsable, no en la misma medida de ciertos canallas que utilizaron el poder del Estado para hacer las tropelías que hicieron pero sí que hay un grado de responsabilidad sin dudas, si no todos tiramos la pelota afuera.

-¿Y la clase artística?

-También, claro, sí.

-Una creencia que se fue agrandando con el tiempo es que gran parte de la clase artística fue comprada literalmente con dinero y que por eso adhiere al poder ¿creés que es así?

-No es exactamente como la gente lo piensa y no se puede meter a todos en la misma bolsa. De todos modos, es un fenómeno que se ha dado a lo largo de la historia en muchos países cuando se quiere usar al Estado para comprar voluntades. Recuerdo por ejemplo la época de Felipe Gonzalez acá en España en el ‘89 la cantidad de dinero, centenares de millones de Euros puestos en “lo cultural” entre comillas, era impresionante. Se hacían obras espantosas con subvenciones del Estado. He visto teatro muy malo, te decían cuánto había costado esa puesta y no lo podías creer. Era todo rosca política, estaban detrás de esos subsidios directores, productores, una rosca cuya dinámica tenía más que ver con la política y la devolución de atenciones que otra cosa; todo para obtener beneficios. No es que le ponían un dinero en el bolsillo, un sobre como se piensa, pero eso se vio aquí, en Italia, ¡en los países socialistas ni hablar! Estuve tres veces en Cuba, no me lo contaron, si vos ahí no estás de acuerdo con el Estado, lo más suave que te puede pasar es no trabajar…

-Por suerte eso acá no ocurre.

-La verdad es que no lo sé…como nunca trabajé en el Estado salvo esos dos años que estuve en el San Martín, nunca esperé que el Estado me banque. Siempre trabajé en la actividad privada y a mucha honra, ¿sí? Porque además los teatros oficiales no son los mejores en el mundo; son lugares que se vuelven muy burocráticos, juega mucho la política, no hay riesgo artístico menos aún riesgo económico; son como ministerios muertos. La cultura no la hacen los Estados, la hacen los pueblos. En mi actividad nunca estuve de acuerdo con los subsidios, ni a los 20 años. Me acuerdo en la época de Alfonsín de una asamblea de la Asociación de Actores en la que estuve. Un montón de gente que quería que la actividad fuera subsidiada, cuando en realidad nos estaban ofreciendo espacios, infraestructura, luces, sonido. No les alcanzaba, querían sueldo, dinero para producciones. Me acuerdo haberme enfadado e ido porque por supuesto los que decíamos que no, perdimos. Yo decía “muchachos, un país con nuestros problemas, está bien un impulso, un apoyo pero nos dan espacio, maquinarias, busquemos nosotros la manera de utilizar esos espacios pero no exijamos encima “¡pagame! ¡producime! ¡dame un sueldo!”. Siempre hay gente que piensa así y tiene una doctrina que lo justifica.

-¿Qué aprendiste de vos yéndote a España?

-Me vine a los 70 años, hay gente que me critica por estar acá. Yo creo que es un mérito estar aquí. Siempre me gustaron los desafíos, la posibilidad de crecimiento; hay muchos actores que trabajan aquí: Ricardo que es una estrella, Joaquín Furriel, Diego Peretti; tener la posibilidad de ser valorado, querido; para mí es un logro que vivo con agradecimiento y orgullo. Hay gente que lo entiende como antipatriótico; para mí no tiene nada que ver con eso. Y otra cosa que aprendí de mí y no sabía es que tengo una muy grande la capacidad de desapego. Me tuve que deshacer de muchas cosas, no solo mi casa que la vendí, objetos, muebles, libros, discos, cosas que no podía traerme acá y lo hice con mucha serenidad y muy convencido de que era lo mejor. Está bueno el desapego, aunque es doloroso. Si las cosas emocionalmente tienen un valor, están dentro tuyos y no necesitás tener los objetos y si no tienen valor emocional, tampoco está en los objetos.

Y sí, el que está en la lista con Mastroianni y Brad Pitt tiene todo el derecho a mandar un wasap diciendo que su vida hasta acá ha superado de manera astronómica lo que podía soñar a los 14.

Y aquél chico todavía no sabe todo lo que falta.