Evitando caer en las comunes teatralizaciones y dramatizaciones que desde el periodismo se hacen respecto de los internismos exacerbados en los que cae la política en general, y sobre los enfrentamientos salidos de madre, como el que protagonizan Omar De Marchi y Alfredo Cornejo en el frente gobernante, cuanto menos, alguien de sus entornos debiese advertirles que el tensar la cuerda al extremo los pondría al filo del desprecio social, en el que cayeron antes algunos de sus competidores, quienes, de tanta toma de distancia con la chusma de la que se valieron, han quedado reducidos a una mínima expresión que sólo parece mantenerse con vida por la militancia fanática, la que repite y repite consignas, como las de la proscripción, por caso, sin conciencia absoluta de lo que hace y dice, como ida en un todo de cuerpo y alma.
En concreto: ¿puede kirchnerizarse Cambia Mendoza? Sí, por dos razones en principio y cuanto menos. Una de ellas se justifica en las dudas que ha dejado tras su paso una sostenida avanzada radical sobre ciertos estamentos y estructuras institucionales de la Justicia, clave para el funcionamiento transparente del Ejecutivo. Las sospechas se han posado, sobre todo, en la inflexibilidad del partido mayoritario, el que domina los movimientos de la coalición, para abrir el juego y compartir algunos hilos del poder. Lo de los radicales en Cambia Mendoza no difiere, hay que admitirlo, de lo que ha hecho el Pro en CABA, de lo que hizo antes, durante la conducción del país, cuando Mauricio Macri fue presidente o de lo que hace en Luján de Cuyo. La ausencia de acuerdos internos en el reparto del poder durante siete años ha sido el motivo más visible –hubo otros también– que condujeron a la ruptura y quiebre de cualquier tipo de acercamiento entre Cornejo y De Marchi, situación que ha llevado a ese estado de crisis en el oficialismo, donde no son pocos los que temen que le infligirá un deterioro y daño no evaluados.
La otra razón posible que acerca a Cambia Mendoza a ese estado de situación de rechazo generalizado, que es el que visiblemente cosecha el kirchnerismo y La Cámpora en Mendoza, es el de la pérdida de fineza en la observación de lo que ocurre en la realidad, en el nivel en donde discurre la vida cotidiana de las personas comunes y silvestres, anónimas, gente de trabajo y de esfuerzo constante que hace tiempo que no ve goles a su favor, sino todo lo contrario. Hay que decir que la sociedad le ha venido reconociendo a la coalición, durante un buen lapso de tiempo, ese grupo de virtudes que fueron los lazos firmes que la unieron con el electorado: tales como los del afecto, la comprensión y algo de contención oficial en momentos en que las adversidades que afectan a las personas o a un grupo de ellas se agudizaron. El riesgo al que se expone es la pérdida de la confianza y la credibilidad, además de la eficiencia e idoneidad que se le percibió para detectar con antelación los dramas y resolver los existentes.
Está claro que, salvo que opere una suerte de elaboración de un plan prometedor, sensato y realizable por parte de la oposición, la discusión electoral que se avecina, en cuanto a proyectos y visión de provincia a un futuro cercano y mediano, se dará sin dudas en el menú que ofrezca el oficialismo. Porque poco se conoce de lo que el peronismo tenga en mente o en estudio para lo que viene.
El peronismo, además, para lamento de toda Mendoza, no ha logrado construir un candidato con dotes y capacidad suficientes para mostrar que está por arriba de toda la nimiedad y nadería que domina en general a la política. Por caso, no se sabe si desde el sector de los intendentes se han preparado con seriedad para gobernar la provincia. Desde un plan, desde una plataforma de pilares básicos, desde un punto de partido, cuanto menos, podría comenzar a reconstruirse. Pero, ¿para qué hacerlo si no hay chance alguna?, pareciera ser la respuesta.
¿Por qué, según lo mostrado hasta ahora, es Cambia Mendoza la única que está ofreciendo una base de discusión en torno a las elecciones? Algo mostraron Cornejo y Rodolfo Suarez cuando se anunció que el senador nacional intentaría volver por la Gobernación. Poco, pero con algo de autocrítica. Con lo que Cornejo debiese comenzar a describirle a la gente que pretende captar con un voto a favor su idea de la provincia que se necesita, y los cómo, para retomar aquella transformación general con la que irrumpió en el 2016. Es temprano, se suele responder. Sin embargo, su nominación está oficializada y ya está generando una atención más precisa y focalizada. Si en caso todavía no se habla de lo que viene, la explicación es política: el salto al centro del ring ha sido para neutralizar el avance de su competidor más serio, De Marchi.
El plan de De Marchi, precisamente, el que elaboró la fundación Pensar para el Pro durante todo el año pasado, es el otro pilar a favor de lo que se ofrece por el lado del oficialismo. Esas ideas, indefectiblemente, tendrían que ser parte de lo que ofrezca en su conjunto el oficialismo de cara a lo que viene. Lo lógico sería que se resolviera así.
Pero en la política partidaria, frentistao de coalición se cree todo lo contrario. Que hablar con seriedad de educación, economía, desarrollo, salud, inseguridad, programas de viviendas, estudios de factibilidad para extender la frontera agrícola, de reformas impositivas, estímulos reales para la creación de empresas, otras medidas para evitar el trabajo informal, de una integración inteligente entre lo público y lo privado, son, en definitiva, según la creencia que tiene la política –a la que los medios en general suelen adherir– “todas cuestiones que no atrapan ni llaman la atención”.
Lo contrario a todo eso es el espectáculo interno, la pelea frontal por el poder, a todo vapor y con marcada obscenidad. Pasa en todos lados. En la nación, con el Frente de Todos, con Fernández candidato a la reelección y la férrea oposición de “Cristina proscripta un carajo”, más todo lo demás. Y en Mendoza con lo que está a la vista.
