La pelea con el desierto en Mendoza es constante, diaria. Y se ha agravado en la última década con la crisis hídrica, que tiene múltiples causas. Entre estas, la cantidad enorme de agua que desperdiciamos los mendocinos, en parte por las filtraciones en canales, pero no es menor en el mal uso que le damos o en las pérdidas que no reparamos a tiempo.
Es una cuestión de cultura, claramente. El Gobierno provincial lanzó una batería de medidas, porque ya vislumbraban meses atrás que el problema sería más que crítico para esta temporada estival, pero ninguna todavía ha tenido efecto, fundamentalmente, porque se demoran en ejecutarse. Una de estas acciones es un plan piloto para medir cuánto consume una vivienda, lo que permitiría determinar a su vez cuánto es lo que se derrocha. Sin embargo, aquel programa que se implementaría en el área metropolitana y que costó millones de dólares todavía no empieza a ejecutarse, aunque se prometió que primero iniciaría en una fecha y luego se postergó para otra. Estamos en veremos aún.
Mientras los consumidores no tomen conciencia de lo que implica quedarse sin este recurso para las tareas más cotidianas, como lavar los platos o asearse, la lucha será todavía más desigual, y no habrá que culpar al cambio climático. En tanto, las tarifas suben, los cortes se sienten en algunas zonas y seguimos sin saber lo esencial para empezar a inclinar la balanza a nuestro favor y dar vuelta esta batalla que es, hay que decirlo otra vez, educativa.
