Kelly Olmos, junto a Alberto Fernández.

La comunicación política de un gobierno es un aspecto sensible ya que tiene la responsabilidad de informar adecuadamente la aplicación de sus medidas ante los ciudadanos, aún más cuando atraviesa situaciones de crisis. Tal es la importancia de hacerlo sin margen de error o duda, que ha habido acciones mal comunicadas que generaron incertidumbre y hasta confrontaciones, como aquel feriado imprevisto que se declaró a nivel nacional tras el ataque a Cristina. Y si algo ha caracterizado a este gobierno es su habilidad para meter la pata a la hora de informar sobre su gestión o deslizar gestos que no se condicen con la investidura y provocan daño a terceros o, al menos, generan una controversia innecesaria.

En cuanto al primer caso, algunas de ellas han tenido que ver con la pandemia y otras, con la economía. Así, nos han embarcado en una “guerra contra la inflación” que, claramente, estamos perdiendo, o dieron relevancia a un comentario de un participante de Gran hermano, entre las últimas aventuras presidenciales. También hubo acciones fallidas que buscaron salvarse con pedidos de disculpas, como las “piedras de la derecha” en el homenaje a fallecidos de COVID, o esta última reliquia que nos dio otra ministra al señalar que prefiere que Argentina salga campeón en Qatar antes que bajar la inflación.

En el tenis, se los denomina errores no forzados, pero, si por algo llaman la atención y generan una reacción, entre la risa –para no llorar– y el malhumor más virulento, es porque se trata de dichos de funcionarios que deberían estar concentrados en resolver problemas importantes en lugar de generar vergüenza ajena. En definitiva, así es como, a través de su propia comunicación, una gestión se deslegitima poco a poco.