“A una persona puede caerle mal alguien, entre otras razones, por el tipo de conductas que adopta, por su forma de pensar, o por sus valores en la vida”.
“El odio es visto como un valor negativo que va en contra del amor, que produce disgusto o repulsión hacia una persona, cosa o situación con el deseo de destruir o evitar todo aquello que se odia”.
Ambas citas son sólo dos de las varias descripciones que analizan en detalle, o al menos lo intentan, el fenómeno del odio. Son parte del despliegue que sobre la palabra odio realiza el sitio significados.com, una herramienta útil, a mano de todo el mundo, a tiro de un clic en cualquier celular con acceso a internet. Cualquier definición de odio remite a esa aversión o antipatía “hacia alguna cosa o persona cuyo mal se desea”, tal y como sentencia la Real Academia Española (RAE).
Ha sido nada más y nada menos que el presidente de la Nación, Alberto Fernández, el primero en legitimar el uso de la palabra odio para explicar y contextualizar, desde la política, claro, pero particularmente desde el máximo sitial institucional del país que ejerce –y eso es lo grave–, el impactante intento de magnicidio sufrido por la vicepresidenta Cristina de Kirchner.
Todo lo que le siguió a aquel histórico discurso del jueves, histórico por sus visos bochornosos, el que fue a su vez, su primera Cadena Nacional desde que asumió, ha sido el escalamiento de una conducta acusatoria a troche y moche contra todo lo que se ubica fuera de todo el universo del arco oficialista. El no haber cumplido acabadamente con el papel que debió interpretar, como el presidente de todos, que lo es, y no el representante de una parte o de una facción, que fue lo que terminó haciendo, para rechazar y condenar el intento de magnicidio, animó a que se prendiera fuego todo. Sólo tenía que condenar, llevar calma y algo de racionalidad a la situación planteada y animar a la Justicia, sin presiones de ningún tipo, a esclarecer el suceso. Perdió una oportunidad, una más que le puso por delante inesperadamente el destino, para reconstruir una figura presidencial a la que ha convertido, con sus constantes yerros, en un conjunto de despojos sin valor alguno.
Al discurso del odio como combustible del ataque con el que acompañó su teoría, el presidente se permitió avanzar en una temeraria identificación de los autores señalando a medios, periodistas, al arco opositor, a jueces y fiscales, todo en clara sintonía y línea de lo que siempre eligió el kirchnerismo como el enemigo a vencer y derrotar definitivamente, desde la época en que fue escribiendo la doctrina que ha guiado ese pensamiento e idea tan particular sobre cómo conducir y usar el poder detrás del control hegemónico del país. Para algunos pensadores y analistas de la actualidad, el tiempo de ellos y nosotros que ha identificado su doctrina pudo haber comenzado con la llegada de Néstor Kirchner al poder. Pero lo que sí está claro es que su presentación en sociedad se produjo el 17 de julio del 2008, cuando Julio Cobos sepultó con el “no positivo” la polémica resolución 125, que modificaba los derechos de exportación (retenciones) pasando de fijos a móviles. Allí bien pudo haber nacido la grieta, como magníficamente definiera la división política y social generada Jorge Lanata. Con la muerte de Kirchner en el 2010 irrumpiría La Cámpora, reminiscencia de la otrora “maravillosa juventud” peronista adaptada a los nuevos tiempos K. El secretismo y sectarismo dominaron y distinguieron los primeros tiempos de la agrupación. En Mendoza, la actual senadora nacional Anabel Fernández Sagasti se transformaba en fiel representante y cultora de los modos y estilos de la nueva entente. Y, en el 2011, con aquel arrollador triunfo del 54 por ciento, al “ellos y nosotros” se le sumó el “ahora sí, vamos por todo”.
Desde la recuperación democrática a esta parte, ningún elenco de gobierno nacional ha ido tan lejos en el forjamiento profundo de las diferencias y en su señalamiento. Hay quienes se inclinan por creer que la grieta no es sólo ideológica, sino que, por sobre todo, es moral y ética. Ese machaqueo constante, ese golpe tras golpe sin solución de continuidad, esas manifestaciones antidemocráticas que desde la cima del poder se han venido alimentando y estimulando contra el otro convertido en enemigo más que en adversario bien se pueden resumirse, también y por qué no, en odio.
“Los rencores colectivos o mutuos están basados en prejuicios que pueden transmitirse generacionalmente y que dan cohesión al grupo que los comparte. Las personas pueden reconocer los odios colectivos, pero no los individuales, porque estos pueden generar malestar emocional, como desasosiego o sentimientos de culpa, y no cuentan necesariamente con un apoyo social”, escribió días atrás en una columna que publicó El País, de España, el catedrático Enrique Echeburúa, miembro de la Academia de Psicología de España. Bajo el título Odiar es malo para la salud, el experto avanzó sobre las consecuencias a nivel físico que padecen las personas odiadoras, y también enumera allí las diversas formas y composiciones que toma el odio, como el de los rencores colectivos, mencionando en esa categoría el odio por cuestiones raciales o hacia los homosexuales y los rencores mutuos en donde incluye a los extremistas políticos y religiosos y a los fanáticos.
Según donde cada uno elija, de acuerdo con su parecer y entender, en qué momento se fracturó Argentina desde que se recuperó la democracia, casi 40 años atrás, lo cierto es que desde, por lo menos, unos 14 años a esta parte, el diálogo, el acuerdo y el consenso sobre un mínimo contrato social ha sido imposible. Mendoza, con todas sus miserias a cuesta, ha dado ejemplos al país de cierto grado de civilidad y respeto institucional. Peronistas y radicales han gobernado por igual, solos en grado de pureza o con sus socios, como sucede con la actual coalición gobernante.
Cuando, el viernes, los ex gobernadores de la provincia (Bordón, Gabrielli, Lafalla, Iglesias, Cobos, Jaque, Pérez y Cornejo) intercambiaron opiniones por WhatsApp luego de que uno de ellos propusiera una declaración de condena y rechazo al intento de magnicidio de Cristina Fernández, rápido acordaron los dichos. Pero Iglesias pidió incluir un párrafo referido a la causa judicial que enfrenta la vicepresidenta y que todo lo que está sucediendo en el país, al decir del ex gobernador radical recordado como el “piloto de tormenta” del 2001, porque Cristina no sólo se ha negado a aceptar la investigación y el proceso en su contra, sino que, además, es quien ha instado a la militancia a resistir a la Justicia en las calles. “Comparto todo lo que dice (el documento), pero es una verdad a medias, y si es una verdad a medias, es una gran mentira. Es ella quien nos ha metido en todo este embrollo. Yo quise hacer ese análisis, pero el resto no. Por eso no firmé”, justificó Iglesias. Una señal inequívoca de las graves consecuencias que ha dejado aquella política llevada al extremo en la conducción del poder. Sí, también en Mendoza, que no es una isla, claramente.
