En varias ciudades argentinas mirarán los carteles indicadores de las esquinas y verán la calle teniente Ibáñez, que hacen alusión al teniente Primero Francisco Gerónimo Ibáñez. Y se preguntarán ¿quién fue para merecer estos homenajes, en un nombre de calle?.

En Mendoza dejó muchos amigos, compañeros de colegio, recuerdos, compañeros de aventuras en la montaña y además aquí conoció a la mujer con quien se casó. Una historia que se cortó hace casi 58 años, en 1954, pero que merece ser contada.

Su lugar de nacimiento fue en Caucete, San Juan, el 30 de setiembre de 1927. Hijo de los españoles Francisco Ibáñez y Concepción Vargas, tuvo un hermano menor, Roberto Ricardo. Para diferenciarlo de su abuelo y su padre llamados Francisco, lo bautizaron Francisco Gerónimo en la iglesia de La Merced, de San Juan.

Pero su familia prefirió que estudiara en Mendoza y asistió a la primaria al Colegio de los hermanos Maristas. En las salidas familiares de los fines de semana comenzó a tener afición por la escalada y los riesgos que significaban subir y trepar cada vez más alto. Crecía y las montañas a desafiar también se estiraban de altura. De adolescente participaba en expediciones a la montaña con el Club Andinista Mendoza. Entre los años 1942 y 1946, hizo el secundario en Maristas. Iba venciendo cumbres en el Cordón del Plata y en otros sectores de la cordillera mendocina.

Cadete del Colegio Militar de la Nación 

Cuenta José Herminio Hernández (coronel retirado) en el portal Cultura de montaña que “movido por su vocación al servicio de las armas se fue a Buenos Aires, para intentar su ingreso en el Colegio Militar de la Nación ya que su ambición era llegar a ser un Artillero de Montaña. Ingresó el 1 de marzo de 1947, eligiendo como era su deseo, el arma de Artillería lugar por el cual pasó su formación militar”.

Fue un alumno destacado, al término de primer año el jefe de Batería escribía sobre Ibáñez: “Ha mejorado mucho sus condiciones militares, de carácter y de soldado. Trabajador paciente y perseverante. Muy respetuoso y subordinado; posee condiciones para destacarse; es un excelente camarada”.

En este instituto de formación militar, se distinguió por su inteligencia, por su físico excepcional, su adaptación a las circunstancias más difíciles y, por sobre todo, por su inalterable amor por la montaña.

Su primer ascenso como cadete 

Mientras era cadete militar en unas vacaciones de verano volvió a Mendoza y participó en una expedición del Club Andinista Mendoza al Aconcagua. Para tres de los integrantes fue la primera ascensión al Coloso de América. Rosario Alejandro Cassis Bresciani, relató su experiencia: “Pedí licencia unos cuantos días, me integré a la expedición y junto a Edmundo Pérez Crivelli y al cadete sanjuanino radicado en Mendoza, Francisco Gerónimo Ibáñez, logramos la cima, el 13 de enero de 1949, fue nuestra primera cumbre del Aconcagua para los tres”.

Esta conquista al Coloso de América que logró Ibáñez, le permitió obtener una de las distinciones más preciadas por los militares argentinos, el primer escalón de la experiencia como montañés, el Cóndor de Plata, el que le fuera otorgado en el Colegio Militar de la Nación, siendo el primer cadete en la historia que recibía esta distinción.

Fue éste, sin duda, el primer eslabón en la larga cadena de acontecimientos que debía culminar en el intento de los andinistas argentinos para escalar uno de los picos vírgenes del Himalaya, el Dhaulagiri.

Destinado a Uspallata 

El 14 de diciembre de 1949, a los 22 años, se graduó como subteniente del arma de Artillería; fue destinado al Primer Grupo de Artillería de Montaña, en Uspallata. Fueron momentos que aprovechó para trabajar como militar y acrecentar sus actividades en las montañas que tenía cerca.

Años después uno de los compañeros de aventuras, el doctor Alfredo Eduardo Magnani, lo describía: “El atlético cuerpo del joven militar resalta imponente a la distancia, pero al detenerse la vista del observador en su rostro juvenil, siempre sonriente y franco, no puede dejar de percibir la cordialidad e inteligencia, que iluminan sus ojos serenos y su amplia frente descubierta. Es uno de esos hombres que, con solo la mirada y el apretón de manos, gana un amigo, un aliado fiel.”

Entre sus logros figuran:

  • Ascensión al cerro Negro, en el Cordón del Plata, conformando la cordada con Andrés Leyes, Alberto Abraham, Pedro Pereyra y José García realizada el 13 de octubre de 1944.
  • El 4 de enero de 1945, realizó la ascensión al cerro Loma Amarilla, junto a Emilio Merlo
  • El 31 de marzo de 1945, coronó la cima del cerro Santa Elena, junto a Daniel Riolobos, Fernando Romano, Augusto Ortiz, Héctor González, Roberto Testoni, Rafael González, Antonio Ríos, Rafael González Iriarte y horas después, alcanzó también la cima Manuel Pacheco, proveniente del cerro Agustín Álvarez
  • El 26 de mayo de 1945, logró coronar la cima del cerro El Plata, con María Canals Frau, siendo ésta la primera mujer que lo hacía, Manuel Pacheco, Domingo López, José Colli, Roberto Testoni, Augusto Ortiz.
  • El 28 de octubre de 1945, ascendió el cerro Colorado, junto a Raful Boueri
  • El 21 de noviembre de 1945, ascendió el cerro Blanco, realizando además, una travesía desde la estancia El Salto, Quebrada El Alumbre, estación Guido, con Alfredo Magnani.
  • El 24 de diciembre de 1945, ascendió el cerro El Salto, junto a Edmundo Pérez Crivelli y Raful Boueri.
  • El 5 de enero de 1946, realizó la primera ascensión al cerro Vallecitos, con Luis Vila y Ricardo López Suso.
  • El 30 de enero de 1946, coronó en solitario, el cerro Rincón.
  • El 18 de febrero de 1946, hizo la cima del cerro El Plata, junto a Margarita Hughes, Carlos Hughes y Vicente Cicchitti.
  • En abril de 1946, ascendió la Canaleta Este del cerro Vallecitos, junto a Alfredo Eduardo Magnani.
  • En marzo de 1949, realizó el cerro Tupungato, junto a Edmundo Pérez Crivelli y Alejandro Cassis.
  • En junio de 1951, con integrantes del Club Andino Mendoza, fueron a la Cordillera Real de Bolivia, intentaron la ascensión al nevado de Illimani, la componían además de Paco, Héctor Perone, el suboficial baqueano Víctor Bringa y Alfredo Eduardo Magnani.
  • El 7 de enero de 1950, la expedición cívico-militar integrada por el entonces Subteniente de artillería Ibáñez, del Grupo de Artillería de Montaña 8, del Valle de Uspallata, acompañado por el Sargento Ayudante baqueano Víctor Manuel Bringa y Alejandro Cassis coronaron nuevamente la cima del Aconcagua. El motivo de esta expedición fue rendir homenaje a los 100 años del fallecimiento de José de San Martín. Fue para el subteniente su segunda cumbre.

Ascendido a Teniente 

En Uspallata, Ibáñez, recibió su ascenso a teniente el 31 de diciembre de 1951.

Contaba Ibáñez en esa época: “Estando bien aclimatado, he subido al Aconcagua, según mi libreta de apuntes como sigue: salí de Puente del Inca, en mula al mediodía después de almorzar, para llegar a pernoctar en Plaza de Mulas. A la mañana siguiente subí en mula hasta la base de la Canaleta final, donde dejé atada la bestia a una roca. Trepé la cumbre, bajé y montando otra vez la mula, regresé al anochecer hasta Plaza de Mulas. Al día siguiente, monté nuevamente para llegar a cenar al punto de partida”. Fue su tercera cumbre.

Beatriz Magdalena Imobersteg, nacida en Buenos Aires, era profesora de educación física y kinesióloga, y llegó a Mendoza para esquiar en Puente del Inca. Como había poca nieve fue a Uspallata invitada por un matrimonio amigo. Allí conoció a Ibáñez y nació el amor.

En 1952, a Ibañez lo designaron Oficial de Enlace de la Expedición francesa, que escaló por primera vez el Cerro Chaltén (Fitz Roy) en la Patagonia, uno de los hitos más importantes del montañismo mundial de aquella época. Luego de hacer cumbre Francisco invitó a los integrantes de la expedición a ascender el Cerro Aconcagua. El 11 de marzo de 1952, la expedición conquistó la cumbre. Sólo llegaron a la cima, Terray e Ibáñez, al resto les faltó tiempo un tiempo más prolongado para adaptarse. Esta fue su cuarta cumbre.

Becado por Francia 

Se reconoció a los franceses y con el premio Cóndor de Oro Honoris Causa. De cara con el presidente Juan Domingo Perón, le explicó que estaba preparando una expedición con la intención de ir al Himalaya. Así el gobierno de Francia, en reconocimiento por las atenciones recibidas por nuestro país a a los franceses, otorgó tres becas para un Curso Profesional de Alpinismo, en la Escuela de Ski y Alpinismo de Chamonix. Fueron para el teniente Ibáñez, el andinista de Bariloche, Carlos Sontag, y el mendocino Alfredo Eduardo Magnani. En Europa realizaron todas las ascensiones clásicas de los Alpes, haciendo la travesía completa del Monte Blanco.

La relación con Beatriz era a la distancia porque ella realizó un viaje a Suiza mientras él estaba acá y luego le tocó viajar a él y ella estaba en Buenos Aires. Tenían un amor a la distancia correspondido por cartas.

El de julio de 1952, partieron hacia Los Alpes los tres andinistas quienes luego de realizar el curso, se hicieron acreedores por sus méritos al Título de Aspirante Guía Profesional. Conocieron a montañistas vencedores de un ocho mil en el Himalaya e intercambiaron experiencias de gran utilidad. El teniente Ibáñez tenía una fijación con la cadena montañosa del Himalaya.

El 14 de enero de 1953, la expedición que se venía formando, “denominada Himalaya”, hizo cumbre por la ruta Norte o normal del Aconcagua (la quinta, para el teniente). Poco tiempo después, el 23 de enero de 1953, realizó la primera ascensión por la vertiente Sudoeste, junto al matrimonio suizo por Dorly y Federico Marmillod, y Fernando Gallego Grajales (su sexta y última cumbre). Se concretó la primera ascensión a la cima Sur, por una mujer, abriendo una nueva vía en el Aconcagua.

El casamiento con Beatriz 

Decía Beatriz: “El comenzó a preparar la expedición al Himalaya. Pensando en otra prolongada separación por esta expedición al Himalaya, decidimos casarnos. Nuestra boda fue en Buenos Aires el 9 de febrero de 1953 y el viaje de boda lo hicimos en Bariloche”.

En el mes de marzo de 1953, realizó la ascensión al nevado del Chañi, junto a Fernando Grajales y el 7 de abril de 1953, ascendieron al cerro Nieveros o Limón, en el Cordón del Plata y junto a Paco, Beatriz Magdalena Imoberstg de Ibáñez, Salvador Sánchez y Fernando Grajales (este cerro se eleva al Sur del cerro El Plata, entre las quebradas de Casas y Guevara).

Rumbo al Himalaya 

Paco Ibáñez durante todo el año 1953 iba sumando gente para armar la expedición del año siguiente. Tenía el aval y el apoyo económico del Presidente Perón. Debía elegir a los hombres más experimentados y capaces. Su gran amigo y compañero varias ascensiones, el mendocino Fernando Grajales, se radicó durante dos años en Las Cuevas, a 3.000 metros de altura; para prepararse.

Felipe Godoy (entrerriano de Paraná), era sargento ayudante, fue elegido por  ser un gran escalador, y por ser especialista en explosivos y voladuras en altura; Gerardo Watzl (austríaco) con 33 años, el de mayor edad; Domingo Bertoncelj (esloveno); el chileno  Roberto Busquets; el médico Antonio Ruiz Beramendi; el arquitecto Jorge Iñarra-Iraegui, fotógrafo de la expedición; y los mendocinos  Miguel Ángel Gil, como operador de radio, Hugo Benavidez, jefe de cocina y el abogado y Alfredo Eduardo Magnani, quien a los 17 años, ya había pisado la cumbre del Aconcagua, convirtiéndose así en el andinista más joven de la historia en lograr tal mérito.

El doctor Alfredo Magnani escribió: “El día 26 de enero de 1954, se reunieron en Buenos Aires, todos integrantes de la expedición y se dirigieron hacia la casa de gobierno, para realizar los saludos protocolares. El teniente General Juan Domingo Perón, llegó al despacho presidencial bien temprano, como era de su costumbre. A pesar del intenso calor, Perón, lucía impecable en su uniforme de verano: chaquetilla y camisa blanca, corbata negra, pantalón color arena y los zapatos negros esplendorosamente relucientes, siguiendo una costumbre que el mismo calificaba de manía incorregible. No podía ocultar un sentimiento de admiración y cariño hacia aquel joven oficial del ejército, a quien había conocido hacía apenas dos años, vinculado como oficial de enlace cuando una expedición francesa ascendió el Chaltén. Ya en aquel momento toda su preocupación era el Himalaya; creo que hice bien en ayudarlo, este pibe tiene fibra auténtica, es un idealista, no se rinde ante nada…, debió haber pensado el general Perón.

La palabra amistosa del presidente desvaneció rápidamente la rigidez que suele caracterizar a ese tipo de entrevistas; su cariño hacia el teniente Ibáñez, se evidenció de inmediato y escuchó con profundo interés de labios de nuestro jefe, el plan de trabajo que nos proponíamos realizar. Sin duda alguna el General Perón, vivió en esos momentos con nosotros el entusiasmo de la aventura que íbamos a iniciar”.  

El teniente Ibáñez, tenía por entonces solamente 26 años, de gran estatura (media casi dos metros), frente despejada, amplia, inteligente y franca mirada, sonrisa constante. Era, como alguna vez definiera su esposa, una ráfaga fresca que apenas llegaba a cualquier ámbito terminaba contagiando su  juventud y su alegría. La señora Beatriz ImObersteg de Ibáñez, se quedó con sus familiares en Buenos Aires, a la espera de la llegada de su primer hijo y el regreso de su marido desde el lejano continente asiático, adonde había ido a concretar su sueño tan ansiado.

Comienza la aventura a Asia

El viaje a Asia de los integrantes de la expedición se hizo escalonado y de acuerdo a los vuelos que en el año 1954 no tenían la asiduidad de estos días. Era muy complicado programar las escalas y las coincidencias de vuelos.

Llegaron a Delhi, en la India, el 14 de febrero de 1954; la mayor parte de la carga de las 12 toneladas fue por barco hasta el puerto de Bombay. Y recién casi dos meses después, el 3 de abril, todos volvieron a reunirse en lo que fuera el campamento base, en la pared Sudoeste del Dhaulagiri. “La cordillera del Himalaya se extiende a lo largo de unos 2.500 kilómetros de longitud y 500 de ancho. En su recorrido, desde el Oeste al Este, atraviesa los territorios asiáticos de Pakistán, India, Nepal, Tíbet, Assam, Sikkim, Bután, y algunas ramificaciones penetran en la China. El pico más alto es el Everest y dentro de esa escala, ocupa el séptimo puesto el Dhaulagiri, con 8.172 metros”, decían las crónicas de 1954.

Durante todo ese tiempo, debieron recorrer miles de kilómetros por la India, primero y el Nepal, después, incluyendo 6 viajes en avión para transportar todo el equipo a Pokhara, donde contrataron los ayudantes locales, los nativos de estas zonas muy adaptados para la tarea que iban a desarrollar: unos 300 coolies, 30 sherpas. Una de las primeras cosas que aprendieron los nativos fue a tomar mate; este ritual comenzaba cada mañana, con la rueda de los mates, a los cuales, se hicieron afectos tanto los coolies como los sherpas quienes aprendieron cebar los buenos amargos que este grupo de argentinos había importado a aquellas lejanas tierras.

Una lenta tarea fue el traslado de todos los elementos necesarios. Cuando decimos esto estamos hablando de grandes alturas, de temperaturas que llegaban a 20 grados bajo cero de un terreno nevado con tremendos desniveles, nieve que podía ser blanda y permitir una mayor posibilidad de trepada o muy dura y convertirse así en un témpano peligroso y resbaladizo.

Las alturas a vencer 

Entre el campamento base y el campamento uno, había 18 kilómetros y 1.000 metros de desnivel; el campamento dos estaba a 5.000 metros de altura y en ese llegaron a colocar tres carpas; el campamento tres, fue instalado a algo más de 5.500 metros de altura y también, fue base para tres carpas; el campamento cuatro, fue colocado a 6.000 metros para luego ubicar el cinco, a 6.500 metros.

Los tramos finales estuvieron en el campamento seis en los 7.200 metros de altura, que se logró instalar, utilizando en total 28 cargas de dinamita a lo largo de tres días y en los 7.600 metros, se armó el último, el campamento siete.

Desde que comenzó la trepada, el 3 de abril, hasta que el 1 de junio se tocó la altura máxima, a 8.050 metros, apenas 117 metros antes  de la cima, transcurrieron casi dos meses enteros de esfuerzos.

Las complicaciones físicas 

Era el 29 de mayo y el teniente Ibáñez, se quejaba quizá por primera vez en todo el recorrido. Tenía principios de congelación en algunos de los dedos de los pies. No era el único, pues otros miembros, incluidos tres sherpas, también se encontraban disminuidos. Así, Bertonceli, uno de los afectados, pidió volver desde el campamento siete, a 7.600 metros de altura, hasta el seis, a 7.200 metros, para atenderse con los sherpas.

Le dijeron que hiciera lo mismo a Paco Ibáñez que se negó: “No, de ninguna manera, alguien tiene que quedarse aquí, aguardando a los que intentarán hacer cumbre. ¡Yo me quedo, bajen ustedes!”.

Ibáñez, se quedó totalmente solo, mientras Magnani y Watzl, acompañados por dos sherpas, intentaron hacer la cima. El 1 de junio, partieron los cuatro. Por primera vez se escucha el llanto de Ibáñez.  Sabía que no podía subir con sus compañeros y el desafío final estaba cerca.

Cuando se acercó la noche, aceptaron que había sido imposible por ese día y debieron pernoctar, aun cuando casi no tenían víveres. “Mañana lo intentaremos”, se dicen. En una gruta de hielo consumen un poco de chocolate, el queso y la leche condensada que les quedaba, mientras afuera se escucha un ruido inquietante: estaba comenzando a nevar.

No fue posible… 

A la mañana siguiente ya no nevaba, pero no se veía la cima, fue casi imposible calcular si realmente estaban cerca, seguir subiendo podía equivaler la muerte con tan precarias condiciones. Habían subido hasta los 8.050 metros a menos de 120 metros de la cima. Decidieron regresar al campamento siete, donde estaba Ibáñez, que no encontró los grampones para asegurarse a la nieve.

Era 4 de junio, habían pasado tres días desde que salieron sus amigos, que recién habían vuelto de intentar la cima. El relato de Maganani continúa: “El frío había inmovilizado totalmente las extremidades de Ibáñez, y en esas condiciones, no quedaba otro camino que el descenso. Solo que, congelados sus pies y sin los grampones que le permitieran asegurarse en la nieve, Ibáñez, era un cuerpo inerme, al que había que ayudar en la bajada, casi un peso muerto, que arrastraban”.

Sus portadores llegaron al campamento 4, recién el día 9 de junio; Ibáñez, ya llevaba casi diez días inmovilizado. El médico Ruiz Beramendi, fue tajante: “Hay que regresar de cualquier manera. ¡Esto no me gusta nada!”.

La desesperación inunda a todos, aun cuando Ibáñez, usualmente de buen carácter, parece sentirse mejor. Transportado a hombros de sus ayudantes, sonríe apenas, mientras con una sombrilla se tapa de un sol insoportable, en los días despejados ya que lo habitual era la lluvia. Tuvo tiempo para escribir una carta a su esposa, embarazada. La marcha forzada hizo un alto en Beni, un pequeño pueblo. Allí, el 23 de junio, ya pasaron más de veinte días desde que Ibáñez, se quedó esperando a 7.200 metros de altura y allí se le realizó la primera intervención quirúrgica.

Se inicia lo peor 

“Tuve que amputarle los dedos de los pies”, se quejaba amargamente el médico. No había y tiempo debían continuar la marcha. Llegaron a la ansiada Pokhara (una ciudad de Nepal), el día 27, y a la madrugada siguiente, se realizó una nueva operación. Los médicos informan: “Le amputamos el metatarso del pie izquierdo, pero no pudimos intervenir el derecho. Estaba muy débil, demasiado débil. Le inyectamos plasma y ese momento duerme, pero el intenso frío le ha traído también una complicación pulmonar”.

Alfredo Eduardo Magnani, publicó un año más tarde el libro “Argentinos al Himalaya”, editado por Fluix, escribía sobre estos últimos momentos de la expedición y de Francisco Ibáñez:

“Debían llevarlo a Katmandú, otra ciudad más grande, que tiene un hospital más completo. El avión llegó al aeropuerto de Pokhara y rápidamente se lo trasladó desde el hospital, unos 3 kilómetros”.

Mientras que Ibáñez, era instalado en el interior del avión, uno de los pilotos hizo entrega a Iñarra-Iraegui de un telegrama proveniente de Buenos Aires. Trajo la noticia de que pocos días antes, había nacido su hijo, acompañado por los cariñosos recuerdos de su esposa, que ansiosa esperaba su feliz regreso.

Jorge Iñarra-Iraegui le comunicó a su compañero y jefe, mientras se agarraba fuertemente de la camilla para amortiguar los movimientos provocados por el vuelo: “Paco, eres padre, ha nacido tu hijo. Betty, se encuentra bien y está esperando tu llegada”. El demacrado rostro de Paco se iluminó durante algunos instantes, intentó decir algo, pero su exhausta garganta no logró emitir ningún sonido. Plácidamente volvió a dormirse, como si hubiese estado esperando esa grata noticia. El médico Antonio Ruiz Beramendi, le secaba la transpiración, que brotaba de su despejada frente”.

Luego de cuarenta y cinco minutos de vuelo sobre montañas cubiertas de cultivos, el avión aterrizó en el aeropuerto de Katmandú. La llegada de nuestro jefe era conocida por las autoridades nepalesas por informaciones enviadas anteriormente. Una ambulancia esperaba en el aeropuerto y fue traslado hasta el hospital en el centro de la ciudad, a escasa distancia del palacio real. El rey de Nepal, había dado órdenes para que su médico de cabecera colaborara con el doctor Ruiz, en la asistencia del jefe de le Expedición Argentina. Una vez instalado Ibáñez allí, llegaron para ofrecer su colaboración, el primer ministro de ese país, la segunda princesa, el segundo hijo del rey, el embajador británico, el embajador hindú y otras personalidades.

Por la noche, Ibáñez tuvo una mejoría, podía tomar líquidos sin grandes dificultades y mover los brazos. Se consideró necesario suministrarle oxígeno para facilitar la respiración, pero se había agotado el oxígeno en el hospital. De inmediato el avión particular del rey de Nepal, voló hasta la ciudad hindú de Patria, para buscarlo. El estado de Francisco permanecía sin mayores variaciones aun cuando parecía acusar una ligera mejoría.

Los médicos sabían que no resistiría ninguna complicación que pudiera presentarse. Al atardecer los integrantes de la delegación, que permanecían cerca de la base de la montaña, recibimos el siguiente mensaje, fechado el día anterior: “Paco, ha mejorado un poco, su estado sigue siendo muy grave. Es necesario que viajen todos a esta ciudad para visar los pasaportes, requisito indispensable para entrar nuevamente en la India. Han sido solucionados todos los problemas vinculados con el envío de cargas de regreso a través de la India. Hacemos todo lo posible para salvar a Paco”. Firmado: Ruiz e Iñarra-Iraegui.

La peor noticia 

Magnaldi cuenta: “Ignorábamos cuándo podremos cumplir las instrucciones recibidas, ya que el mal tiempo parece ensañarse. Al día siguiente, no arribó ningún avión, ni recibimos noticias. La espera era exasperante”.

Luego, comenta cómo recibieron la peor noticia: “El 1 de julio, mientras desayunábamos en nuestro refugio metálico, vemos llegar al gobernador de Pokhara. Esta visita no nos sorprendió por cuanto ellas se repetían diariamente. Gil y Watzl, en su carácter de intérpretes, son los encargados de recibirles y le invitan a tomar una taza de té. El gobernador titubea un poco antes de entrar, lentamente pliega su chorreante paraguas y lo deposita en un rincón. Tras referirse a las inclemencias del tiempo y otros temas sin importancia, el gobernador súbitamente dice: `Vuestro jefe ha muerto…´

A pesar de que muchos de nosotros no entendíamos el inglés, comprendimos inmediatamente lo que el gobernador nos decía. Gil, que ha quedado paralizado por un instante ante la triste noticia, solicita ratificación a su interlocutor sobre el doloroso informe. El gobernador, nos dice en voz casi baja: `Sí amigos, el teniente Ibáñez, falleció ayer (30 de junio de 1954) en el hospital de Katmandú. Esta mañana, escuché la noticia por radio. Lo siento profundamente…´

Gil, con voz entrecortada, traduce palabra por palabra la comunicación del visitante. Todos nos sentimos como clavados en el lugar en que nos encontramos, nos resistimos a creerlo. No, no era posible que nuestro querido Ibáñez, el alma de la expedición, el hombre pleno de energías hubiese sucumbido; no, no podía ser verdad…

El fallecimiento se produjo de acuerdo a los informes del doctor Antonio Ruiz Beramendi, médico de la expedición, por serios congelamientos en los miembros inferiores y bronco-neumonía, a las 10.07 del 30 de junio de 1954, el cuerpo fue trasladado a Nueva Delhi, por vía aérea, en donde se le efectuó el embalsamiento para luego realizar el traslado hacia Argentina. En el momento de su muerte el teniente Francisco Ibáñez, tenía veintiséis años de edad.

Alfredo Eduardo Magnani, decía: “El fallecimiento de Paco, tuvo una gran repercusión internacional y, muy especialmente, en Nepal, donde las autoridades del país y las representaciones diplomáticas como sociales de las colonias europeas se hicieron eco de la situación. Un sacerdote jesuita norteamericano y director de un colegio ubicado en las afueras de la ciudad, realizó el responso correspondiente; la Misión técnica norteamericana fue la que construyó el ataúd para el traslado, dado que como es costumbre en estos países asiáticos, los cadáveres se incineran y no habría sido posible conseguir este artículo funerario”.

Sin conocer a su hijo 

A las cuatro y media de la tarde del día 30 de junio, falleció el teniente Ibáñez. Falleció sin ver jamás a su hijo, sin haber podido trepar a su ansiada cima del Himalaya, falleció entre rostros extraños, amigables, preocupados, atrapados por su coraje, por su humildad, por su espíritu indomable. En ese instante nació un héroe‚ para el deporte argentino; allí lejos, sobre las más altas montañas de la tierra, plegó sus gloriosas alas el Cóndor Andino. Juventud, valor, pericia e intenso fervor de Patria, guiaron la trayectoria magnífica del teniente 1ro Francisco Ibáñez.

Tras el estupor de la primera noticia, la dolorosa verdad sacudió intensamente a la Nación. Después, la llegada a Buenos Aires de sus restos y el posterior traslado a la Provincia de Mendoza, concitaron las expresiones más nobles y el pesar más grande, que le acompañaron hasta la última morada, al pie de los Andes, que dominó tantas veces con su audacia y su denuedo.

Con honores y recepción de héroe 

El féretro, fue traslado desde Nueva Delhi, India acompañado por médico de la expedición el doctor Antonio Ruiz Beramendi, haciendo escala en el aeropuerto de Ciampino, en Roma. Y luego fue trasladado en un T-19, un avión de la Fuerza Aérea Argentina, aterrizando a las 10,25 horas del 11 de julio, escoltado por tres aparatos más de la Fuerza, en el aeropuerto de la ciudad de Buenos Aires.

En Buenos Aires ya se habían iniciado con los trámites y las actividades que para recibir y posteriormente, trasladar a Mendoza, donde sería su morada final. En el Congreso, como en el gobierno nacional, se iniciaron todos los trámites necesarios para el ascenso Post Mortem, del extinto jefe de la expedición teniente Francisco G. Ibáñez.

El propio presidente Perón esperó el arribo su arribo junto a otras autoridades políticas y militares. El féretro estaba cubierto con una bandera argentina y era escoltado por soldados montañeses vestidos de esquiadores.

El cortejo fúnebre se dirigió hacia la Casa del Deporte. Cubrió la guardia de honor desde la entrada hasta el recinto mortuorio una doble fila de soldados esquiadores, mientras que al lado del féretro había una custodia que la realizaron, dos soldados esquiadores, dos de la Fuerza Aérea, dos de la Marina y dos andinistas civiles.

Por la tarde del 12 de julio, fueron traslados los restos a la provincia de Mendoza, arribando a la Base Aérea del Plumerillo, donde inició la marcha del cortejo hacia la basílica de San Francisco de Asís. Luego los restos fueron traslados al cementerio de la Capital, donde se le rindió los honores correspondientes, a cargo de la unidad militar donde había prestado servicios, el Grupo de Artillería de Montaña 1. Allí, autoridades provinciales, militares, amigos de Maristas, de la montaña y familiares, le dieron el adiós final.

El héroe de la montaña descansaba al pie de la Cordillera de Los Andes. Donde se sentía más cómodo.