La novela de Pfizer sigue generando capítulos políticos que provocan, por lo menos, vergüenza ajena. No sólo porque el Gobierno nacional ha manejado mal el problema, o la comunicación del mismo, sino también porque sus referentes en el Congreso se meten solos en un entuerto que no pueden justificar. Ojo, también la oposición ha metido la pata, pero sucede que la discusión política, más allá de tener la cuestión en agenda no ha permitido resolver verdaderamente este tema.

En Diputados se vivió ayer un debate donde se expone un drama, la ausencia de vacunas para chicos con comorbilidades, y, sobre ese escenario, lo único que sobresale son chicanas, de uno y de otro lado. Y la verdad es que los ciudadanos no necesitamos esto de nuestros representantes, porque hay más de una complicación que la pandemia nos ha traído y otras que han revelado nuestra peor cara. Y, respecto de esto, todos los poderes del Estado tienen que dar respuesta.

Más allá de las suspicacias de uno y otro lado, lo que el Estado debe garantizar es una amplitud de vacunas. Y minimizar las trabas burocráticas para contar con los insumos necesarios. Todavía hay miles de argentinos que no han recibido ni una dosis. Algunos, porque no saben que si son portadores de una enfermedad están en riesgo; otros, porque no tienen ni un teléfono celular para sacar turno. Esa es la base real de un país en emergencia, con una desigualdad histórica para acceder a los medicamentos.