Las internas bonaerense y porteña del PRO se convirtieron en el eje de la discusión opositora nacional. Esa disputa va más allá de una rencilla de egos por los lugares en las listas. La grieta entre los socios fundadores de ese espacio hoy condiciona la estrategia de Juntos para el Cambio para enfrentar al kirchnerismo en el territorio que define al ganador de esta elección de medio término, que es decisiva para la construcción de las mayorías parlamentarias y que permite pensar en las figuras que disputarán el poder en 2023.

Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta parten de la misma pregunta: cómo ampliar el electorado, cuál es el mejor camino para expandir ese 42 por ciento de los votos (36 por ciento en la provincia de Buenos Aires) que Juntos para el Cambio obtuvo en 2019.

Fieles al estilo de los catch-all-parties (los partidos de todo el mundo) como definió el alemán Otto Kirchheimer a las estructuras partidarias que surgieron tras la Segunda Guerra, ni Macri ni Larreta piensan en las ideas de la coalición sino en el método. El expresidente apunta a la “confrontación” y el jefe de Gobierno al “diálogo”.

Las estrategias son excluyentes. Y también los protagonistas. Larreta decidió que ya no puede convivir con Macri.

El expresidente retomó el libreto de la acusación y del exabrupto que le permitió hace dos años recuperar 10 por ciento de los votos en tres meses, entre las PASO y las generales. Cuando mira a La Matanza siente que recorre Petare, en las afueras de Caracas, cree que Mendoza se convertirá en Zulia y que la Nación será rebautizada como República Belgraniana de Argentina. “Democracia o autocracia”: así resume el menú electoral de este año.

Macri cree que hay que reeditar el método de 2013, cuando las alianzas opositoras frustraron el sueño reformista constitucional de Ricardo Forster y Luis D’Elía para postular una “Cristina Eterna”. El “freno republicano” reforzado con el mensaje anti-cepo cambiario. “Ahí Macri fue generoso. Le entregó la lista de diputados al Frente Renovador para no dividir el voto opositor y le despejó el camino a Sergio Massa que terminó ganando por 12 puntos”, analiza uno de los armadores macristas de aquel momento. Y agrega un dato clave: “Y Massa no ganó la elección en 2015. Fue Macri”. La “generosidad” como método. 

Esta vez no es el riesgo constitucional (ni el propio Alberto Fernández sueña con su reelección) sino que Macri se apoya en la errática política exterior para enunciar el temor de la disolución republicana: el abstencionismo o la complicidad ante los abusos de la dictadura de los Ortega en Nicaragua o las violaciones sistemáticas los DDHH que la ONU denuncia en Venezuela.

El expresidente está convencido de que ese camino de denuncia y advertencia le permitió en 2019 recuperar la derrota de las PASO. “Me faltó un mes de campaña”, insiste Macri ante Larreta y dice que ahora cuenta con ese tiempo y que para la campaña tiene un aliado clave: la gestión del Frente de Todos. El expresidente está convencido de que la centralidad que ocupa en el discurso oficialista le garantiza vigencia y el protagonismo necesarios para soñar con el “segundo tiempo”.

Larreta también tiene en cuenta las estrategias de sus adversarios. Y en un punto quiere imitar a Axel Kicillof que logró correr de la campaña bonaerense a Alberto Fernández. El jefe de Gobierno porteño le pide a Macri que se aparte, para darle paso a la moderación. Larreta sabe que el crecimiento de su imagen pública y su escalada a nivel nacional se deben a los días en los que fue “el amigo Horacio” del Presidente. Y ahora apuesta a capturar ese sector del electorado que en 2019 se acercó al Frente de Todos por la oferta de centro que representaban Fernández y Massa. Las encuestas que enseñan en la sede del gobierno de la Ciudad muestran que incluso un sector que se define como “kirchnerista” estaría dispuesto a buscar una opción. “Pero no a Macri”, aclaran.

Larreta estuvo cerca de convencer a sus aliados de dejar atrás el sello de Juntos por el Cambio. Le había encargado a su publicista una versión del nombre que oficiara de “evolución” de la marca y que archivara en el pasado la franquicia Cambiemos y su identificación automática con el fracaso económico de la gestión 2015-2019. Una opción era llamarse simplemente “Juntos”. La versión opositora de la “unidad” oficialista que exprese la predisposición por el diálogo.

Macri entendió que esa movida no era sino el trámite de su jubilación. Tampoco aceptaron los aliados del frente, el radicalismo de Alfredo Cornejo, la Coalición Cívica de Elisa Carrió ni el Peronismo Republicano de Miguel Pichetto. Todos vieron en la propuesta de Larreta una intención de quedarse con todo. “Juntos”, pero con él como protagonista.

No le importa con quién. Larreta sueña con un diálogo sin límites. Juntarse con todos. Es por eso que antes de que estallara la disputa interna sumó a Patricia Bulrich a una charla con José Luis Espert para proponerle concretar su proyecto de “gran interna opositora”. En simultáneo la mesa nacional de Juntos por el Cambio le había encargado al presidente de la Coalición Cívica, Maximiliano Ferraro, que tanteara a los socialistas de Santa Fe y a Margarita Stolbizer. El engendro implosionó. Por más ancha que sea, la “avenida del centro” no puede contener a todos. “La avenida más ancha del mundo” es tan solo un mito porteño.

Hasta Carrió que llevaba meses sembrando la semilla de Larreta 2023 le puso un límite. A río revuelto, Macri aprovechó para mostrarse por encima de las peleas de cartel y acusó a los propios de estar encerrados en una batalla de egos y que para soñar con la presidencia había que ganar primero la batalla legislativa. Larreta (y acá cuenta con radicales y lilitos como socios) responde que el problema no es su ego sino el de Macri.

El equipo de Larreta exhibe encuestas como si fueran figuritas de un álbum. En todas se repite el mismo escenario: el expresidente disputa con Cristina Fernández, Axel Kicillof, Alberto Fernández y Sergio Massa el liderazgo de la imagen negativa. Para los porteños del Pro el problema no pasa por la disputa electoral de 2023, sino por el riesgo que hoy conlleva identificarse con el nombre de Macri o tenerlo como protagonista en la campaña.

“A los indecisos y desencantados, a los que están enojados con Mauricio y con el kirchnerismo hay que darles una opción desde la política. Sino, le damos paso a los (Javier) Milei, a los que pregonan la antipolítica y el que se vayan todos”, explican desde el equipo de campaña porteño y agregan: “Hay que construir nuevos liderazgos que nos conduzcan hacia 2023, que permitan cambiar la agenda y dejar atrás el fracaso económico de Macri”.

Para su salto federal cuenta con la complicidad de María Eugenia Vidal que no sólo resolvió suspender su proyecto bonaerense por hartazgo personal sino que decidió recuperar su plan porteño para cuidarles la sede del Gobierno a Rodríguez Larreta y al Pro. El macrismo teme que sin un candidato fuerte de ese espacio, la gestión podría quedar en manos del radicalismo con Martín Lousteau.

La UCR coincide en el diagnóstico con el jefe de Gobierno porteño pero no en el remedio. El partido que lidera Cornejo quiere recuperar protagonismo y ya tiene decidido prescindir de Macri. Pero no quiere cederle esa posición a Rodríguez Larreta. Creen que la figura del neurocientífico Facundo Manes les dará centralidad. ¿Y el liderazgo? “No perdamos el tiempo con eso. Estas son elecciones provinciales y tenemos que trabajar todos juntos para cuidar las provincias donde gobernamos y hacer ganar la elección bonaerense que es donde se define todo. El candidato a presidente se elige en dos años”, explican desde el Comité Nacional.

Entre los radicales también hay dos figuras que se disputan la candidatura de 2023 y que se dividen con la misma lógica que los dos dirigentes del Pro. Cornejo, que comparte el tono con el expresidente, y Gerardo Morales lleva su vocación dialoguista al punto de parecerse, de a ratos, a sus colegas gobernadores del oficialismo. Cornejo y Morales decidieron dejar la pelea interna para más adelante. Pero no quieren ceder terreno en el armado opositor. Aunque saben que ahora es el momento de hacer pie en Buenos Aires. La fuga de Vidal abrió paso la temporada de loteos. El radicalismo juega a la lista de unidad con Manes a la cabeza.

“No les vamos a dejar la cancha vacía. La unidad que proponen los radicales es una invitación a que nos corramos para quedarse con la provincia de Buenos Aires. Acá no hay halcones y palomas. Somos todos aves rapaces”, dicen desde el Pro. Ahí es donde Elisa Carrió se ofrece como presa. Su espacio no compite por el liderazgo de 2023 y cree que puede contribuir a pacificar las internas. “Ella ya eligió a Horacio y nadie le cree su discurso moderado. Del apocalipsis y del infierno es difícil de salir”, analiza un dirigente que en 2007 acompañó a Morales cuando secundó en la fórmula a Roberto Lavagna y que ahora cree que Cornejo es la mejor opción para su partido.

Los líderes de Juntos por el Cambio se dieron dos semanas de plazo para encontrar un acuerdo. Si no hay un punto de encuentro, resolverán las diferencias en las PASO. Cualquiera de las dos opciones implica para todos los actores el mismo problema: dialoguistas y confrontadores no pueden convivir porque sus estrategias se excluyen mutuamente. Y porque quieren la cancha despejada para 2023. El riesgo de enfrentarse en las Primarias ya no pasa por saber quién resulta derrotado sino por la exclusión. Y nadie tiene ganas de jubilarse antes de tiempo.

Hay otra lectura del escenario. Menos dramática. Un dirigente peronista que recorre el conurbano portando la licencia del Pro lo resume con pragmatismo: “Para ordenar el discurso está la publicidad. Al que le gusta negro se le dice negro y al que le gusta blanco se le dice blanco. ¿Y las peleas? Nada que no se pueda resolver y mientras tanto todos hablan de nosotros”. Las contiendas internas son atractivas para los opositores, actúan como imanes en un país donde la dinámica es siempre un Boca-River. El oficialismo está obligado a acordar porque las discusiones entre socios debilitan al poder.. “No sólo Macri es gato. En el Pro ya entendimos que somos peronistas, cuando parece que nos peleamos en realidad nos estamos reproduciendo”, agrega y concluye: “Ya llegará el tiempo de estar todos a los besos”.