Doce meses después, Alberto Fernández se presentará mañana ante la Asamblea Legislativa para abrir el año parlamentario y dar cuenta del estado de la Nación y de su palabra. La escena será otra, repleta esta vez de barbijos, envases con alcohol en gel. Hablemos del estado de las promesas que se hicieron en aquel Congreso que aún no intuía el distanciamiento social.

Hace un año, el Presidente iniciaba su mensaje con una promesa: “recuperar el valor de la palabra”, terminar con la mentira, “la mayor perversión en la que puede caer la política”. La ausencia de Ginés González García en la tribuna asignada para los ministros será un indicio de la derrota. No sólo por los vacunados de privilegio que se escondieron en el Ministerio de Salud. En especial, por la justificación posterior de las decenas de funcionarios del Gobierno que se colaron en la fila: inmunizados, pero no contra la inmoralidad. “Toda simulación en los actos o en los dichos, representa una estafa al conjunto social que honestamente me repugna”, había dicho ante la república de los nuevamente estafados y repugnados.

Dos días después de aquel mensaje inicial se detectaría el primer caso de coronavirus en la Argentina, ese que no tenía “ninguna posibilidad” de que exista en el país, a menos que “fuera un caso importado”. Como había ocurrido en 2009 con la N1H1. Como finalmente ocurrió. La pandemia será, sin dudas, la protagonista del discurso de mañana. El 1 de marzo de 2020, el virus no formaba parte del Estado de la Nación.

El Presidente está acostumbrado a escucharse decir que el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio ayudó a ganar tiempo para robustecer el sistema de salud. “Ningún argentino se quedó sin atención”, repite, aunque ya no habla de los fallecidos, de los que supo hacer mención en el otoño pasado para destacar que la Argentina había llegado a ser la campeona regional de la inmortalidad. En sus primeros meses de gestión Fernández descubrió el nacionalismo pandémico. Después se acumularon 51 mil muertos. Vencedores vencidos.

Sin dudas, la pandemia alteró la hoja de ruta. La economía se hundió desde el fondo del abismo. Siempre se puede estar peor. Tendrá para decir el Presidente que, lentamente, el producto se empieza a recuperar y que al virus de la inflación que llegó al 53,8% durante 2019 se lo pudo contener y reducir en 22 por ciento en 2020, incluso sin vacunas.

Una victoria a medias. El mercado funcionó con torniquetes en todos sus extremos. Con tarifas congeladas y precios máximos, cuidados y controlados, y así y todo, el valor de los alimentos trepó casi 50 por ciento en un año. El Ministerio de Desarrollo Social debió aumentar en la misma proporción el monto que deposita a los beneficiarios de la Tarjeta Alimentar. Pero los sectores medios y medios-bajos que no están alcanzados por ese plan se mantienen apenas por encima de la línea de la escasez.

Más fácil será anunciar una solución para el bolsillo de los sectores medios y altos. Para ellos habrá cambios en el Impuesto a las Ganancias. Estarán listos para abril, con nuevo piso y deducciones especiales con perspectiva de género. Pero las mujeres pobres seguirán pagando el mismo IVA regresivo y conservador de siempre. “Primero los últimos”, había prometido. Ahora los últimos son más que antes. Y los del medio están más ajustados. Por la pandemia, pero no sólo por ella.

La pulseada por los precios acumula décadas de derrotas. El Presidente llamó a construir cooperativa y colectivamente una nueva economía: “No hay un Presidente salvador que pueda aplicar recetas personalistas o fórmulas caprichosas. Queremos promover la Cultura del Encuentro Productivo de toda la Argentina”. Después de un año de tironeos, esta semana debutó la mesa sectorial de los alimentos, en la que cada uno dijo lo mismo que repite en cada convocatoria similar: los insumos suben, la logística se escapa, los precios están retrasados, se produce a pérdida, los impuestos te matan, la culpa es del otro, “no soy yo, sos vos”.

Hacia dentro de la coalición de Gobierno no hay acuerdo sobre las mieles de la Cultura del Encuentro. La Vicepresidenta probó en su momento con el diálogo y optó por la lapicera. Ese cruce de miradas se evidenció la semana pasada, cuando el sector más cristinista celebró como una victoria por la soberanía alimentaria y nacional la “imputación” a las empresas líderes del sector por violaciones a la ley de abastecimiento. “Alberto se levantó combativo”, dijo el dirigente Juan Gabrois.

El propio ministro del área, Matías Kulfas, se ocupó de bajarle el tono a la “imputación” y a la batalla y abogó por alcanzar un “acuerdo político” para coordinar las expectativas inflacionarias. Sus socios del Frente de Todos están convencidos que sin contratos firmados, que impliquen fuertes sanciones económicas, los acuerdos políticos no son sino el anticipo de una nueva frustración. “Frente a los funcionarios unos se acusan a los otros, cuando se dan vuelta los industriales se ponen de acuerdo con sus proveedores y te convirten la mesa de diálogo en una mesa de dinero”, grafica una economista del oficialismo que confía más en un “método (Guillermo) Moreno, pero con modales”.

La invitación al diálogo fue una promesa aún mayor. Hace un año anunciaba el envío de un proyecto de ley para crear el Consejo Económico y Social para el Desarrollo Argentino. “Los convoco a preservar, nutrir y construir este Consejo para que se constituya en una plataforma de sueños que pueden hacerse realidad”, decía Fernández. La idea llegó un año más tarde y en formato low cost. No hay ley, sino decreto, lo que debilita su contextura institucional; carece de representación política diversa (a través del sindicalismo hay muchos compañeros de la lista que postula a Fernández como jefe del PJ, pero ningún opositor); los integrantes fueron elegidos sin acuerdo del Senado, como se había prometido; y los consejeros tendrán mil días para convertir sus ideas en propuestas: el 16 de noviembre de 2023, menos de un mes antes de terminar el mandato presidencial. Plataforma de sueños futuros.

El Presidente prometía hace un año romper con los ciclos de endeudamiento de default: “Preferimos una resolución ordenada a la crisis de la deuda y estamos caminando en esa dirección”. En la primavera dio un salto importante con el acuerdo con los acreedores privados que tenían títulos emitidos bajo legislación extranjera. Mañana dará señales sobre los tiempos de la negociación con el FMI. “Pero lo más importante es que el acuerdo al que lleguemos con los acreedores sea sostenible. Necesitamos un acuerdo que le permita a Argentina ponerse de pie y no volver a caer. Eso es innegociable”, agregaba. Acá los detractores tienen sus “peros”. Le critican a Fernández y a Martín Guzmán que los vencimientos más pesados caerán de golpe sobre los hombros sobre la próxima gestión.

Con la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y la renegociación de la deuda el Presidente podrá decir: “He cumplido con la palabra empeñada”.

La bandeja de promesas judiciales es la que llega vacía. Acá la frustración no es del electorado, sino de la electora que lo eligió para el cargo. Está estancado su proyecto para cambiar el sistema de selección de jueces “para ponerle fin a la designación de jueces amigos, a la manipulación judicial, a la utilización política de la Justicia y al nombramiento de jueces dependientes de poderes inconfesables de cualquier naturaleza”. También deambula en el mercado parlamentario el plan para sumar jueces, fiscales y defensores federales y ampliar el sótano de Comodoro Py. El Presidente se enoja con la oposición que retacea sus votos. Así funciona el Congreso: las mayorías se alcanzan en las urnas o mediante el consenso, la concesión y el debate.

De todos modos, su principal promesa de aquel día para cambiar al Poder Judicial, “la verdadera reforma” -diría Cristina Fernández-, sigue siquiera sin ver el sol. Su plan para “optimizar el funcionamiento” de la Corte, del Consejo de la Magistratura y del Ministerio Público, está atascado en las contradicciones del propio Gobierno. Acá no hay virus u oposición que justifique la demora. El problema es interno. A su derecha, la vicepresidenta esperará que anuncie la llegada al Congreso del plan maestro anti lawfare.

Alberto Fernández renovará mañana sus promesas en el inicio del año electoral. Tiene por delante un enorme desafío: contener precios y contagios. De eso depende su éxito o fracaso en las urnas. Tiene una enorme debilidad: en el mercado global de las vacunas, no tiene a quién aplicarle la Ley de Abastecimiento.