La envidia es un sentimiento sucio y rastrero que sienten aquellas personas por otras personas que ganan mucho más que yo. Hay un refrán popular que dice: “Si la envidia fuese tiña, cuantos tiñosos habría”. No es para darle el Nobel de literatura al autor de la frase, pero reconozcamos que denuncia la existencia de mucha envidia suelta, y es altamente probable que todos tengamos algún sector de nuestros sentimientos emparentados con esto que el diccionario define como el padecimiento de una persona porque otra tiene o consigue cosas que ella no tiene o no puede conseguir. ¿Existe una envidia mala y una envidia buena? Si se envidia la fe de alguien o el sacrificio de alguien o su espíritu de solidaridad o su grandeza de alma, el hecho es, al menos, auspicioso. Sería bueno que tendiéramos a parecernos a aquellos que son un ejemplo de vida.

   Sería del todo bueno que los modelos fueran los de la solidaridad y no los de Pancho Dotto. Pero si uno envidia la casa, el auto, el cargo, las vacaciones o las pilchas de un semejante, el sentimiento es, decididamente, dañino. Y no tanto para aquel que es el destinatario de la envidia –en muchos casos para aquel que la despierta, que la provoca, la envidia es halagüeña–, sino para aquel que la siente. Puede ser tan fuerte ese sentimiento que hay personas que llegan a enfermarse de envidia. El éxito de alguien cercano es motivo de envidia. Esto es algo bastante frecuente en el ámbito artístico, el éxito de un colega causa desasosiego en otro, se siente mal por el bien del otro y no entiende, el envidioso, que si algún artista sube un poco en la consideración de todos es porque todos los artistas suben también.

   Porque el representante de una cultura, al subir, tira un poco hacia arriba a la cultura, en general, y, entonces, el conjunto se beneficia con el éxito de uno solo. La envidia es como el poto de la admiración y muchas veces el contraerla hace que todo nos salga para el poto. Tiene oídos finos, nariz que sabe de buenos olores, labios que pueden maldecir después de dar un beso. A lo mejor, todos tenemos nuestro cajoncito de envidia. Bueno sería que lo cerráramos con llave y nos mirásemos en el espejo. Ese que vemos es un tipo único en la creación y no tiene porque envidiarle nada a nadie.