Muchas veces hemos hablado de él y de sus niños, porque el ejemplo de vida que son no se ve con frecuencia en las publicaciones masivas. Marcelino Altamirano delinquió y fue a la cárcel. Sufrió una transformación, pero no para mal, como es frecuente que ocurra en prisión, sino para bien.
Ayudado por el padre Contreras –quien debería ser declarado santo en vida–, cuando recuperó la libertad se dedicó a rescatar niños en peligro de delito, de adicciones, de muerte lenta. Así fue que construyó su Casita del Puente Afectivo, donde muchos niños encontraron refugio. Pero no se quedó en eso. A la destartalada casa de origen la cambió, por esfuerzo de todos, en una digna y placentera casa en Maipú, y allá se fue con sus hijos de la calle.
Todos ellos estudian, todos ellos trabajan, colaboran todos con todos, se apoyan, se sustentan, se empecinan en salir de una situación de la que muy pocos salen. Tiene chicas y muchachos de nivel universitario, pero va por más. Hace pocos días inauguró un taller metalúrgico en Luján, el que le dará respuesta de laburo a los suyos de hoy y a todos los suyos de mañana que vendrán. Le puso de nombre Soldando Sueños.
Me dije:“Esto, más que un taller, es un monumento al sí se puede, un lugar de referencia para aquellos que hayan perdido la esperanza. Ayer estuve en el taller, le di un abrazo enorme a Marcelino y a los chicos, pero no sólo lo hice para felicitarlos, lo hice para ver si me contagiaba.
