“¿Papá, por qué ellos festejan tanto y nosotros no?” Ya de chiquito Ramirito no encontraba explicaciones. En realidad se le explicó en un par de oportunidades que, lamentablemente, un solo equipo puede ser campeón y que, por ende, solamente los hinchas de ese conjunto son felices, festejan y disfrutan al máximo de una vuelta olímpica. Pero no había caso. Ramirito tenía apenas 5 años y no le entraba en la cabeza que unas pocas personas gozaran de felicidad y miles sufrieran o lloraran por el club de sus amores.
Si el hombre fue el que inventó las reglas, ¿qué necesidad de hacer tan poco equitativa la distribución de la alegría? ¿Por qué mejor no hacer que los cinco primeros sean los campeones? ¿No es de masoquista apasionarse por un deporte que te entrega una ínfima probabilidad de gloria? “¿Papá, y si hinchamos para Deportivo Espartaco? Estaría bueno, ¿no? Mirá, imaginate que entraríamos a la cancha y saltaríamos con los jugadores. Hasta le podríamos sacar la camiseta”.
Ramirito creció unos años pero todavía no lograba identificarse con los colores. Su padre, perseverante si los había, mantuvo la rutina de todos los domingos. Jugara donde jugara, él jamás faltaba a una cancha. Era parte de sus mandamientos. Ernesto, como su admirado Che Guevara, era metalúrgico y padre de dos nenas y un único varoncito. Su queridísima y amada esposa, de nombre Gladis, era de esas señoras que uno tanto envidia. Jamás un reproche. Bancándose siempre que su esposo cumpliera con su rutina dominguera. Y no era que te decía andá a la cancha, pero después olvidate de volver a ver una pelota en todo el día.No, era piola hasta la eternidad.
Se bancaba ver resúmenes, noticieros, debates o lo que estuviese relacionado con la pasión de Ernesto.Ni una queja. Ella era feliz viendo a su esposo feliz. Tan comprensiva era Gladis, que un domingo, para su cumpleaños, decidió pasarlo en una tribuna de 10 escalones helados por la sensación térmica de 3 grados, junto a su familia. Volviendo a lo que nos compete, Ernesto acompañaba a su Social Palanca en las buenas y en las malas mucho más.Y Ramirito debía seguir sus pasos. Por eso, lo metió en el ambiente de una popular desde tan chiquito.
Tenía que contagiarse. No podía regalar años. Había que enseñarle a amar los colores anaranjados (en plural, porque la casaca consistía de un naranja fuerte en el pecho y uno más tibio en sus mangas). “Papá, este tipo no puede jugar más. No puede ser tan burro. ¿Viste el gol que erró? Que se peine menos y se dedique a jugar. Maricón”. El nene creció. Pasaron 10 años desde aquella tarde que intentó cambiar sentimientos. Entendía un poco mejor las reglas del juego y de la pasión. Todo jugador que se vistiera de naranja tenía que dejar el alma en la cancha.
No se aceptaban errores ni lloriqueos. Ernesto empezaba a mirar a su hijo con más algarabía. Tantos años de espera para ver los frutos, porque ver a Social Palanca se hacía entretenido e interactivo. Es que entre los dos empezaban a entenderse, como el wing con el nueve del equipo. Discutían y gritaban al son, eran compinches con las puteadas. Si el DT no servía, a dúo cargaban saliva en sus bocas y le señalaban su descontento escupiendo lo más lejos posible. Papá trabajaba toda la semana regocijándose con el domingo próximo. Fecha a fecha se complotaban mejor. Ramirito –o ya Ramiro, dada su pubertad– lo único que hacía de su vida era estudiar e ir a la cancha. Hubo un par de años que intentó ser parte de Palanca pero no hubo caso. Llegó un día en que el técnico de la Sexta lo frenó de lleno. Esta joven promesa corría como una liebre, pero era horrible como un chimpancé.Tenía menos cualidades que el agua estancada en un pozo. Pobrecito Ramiro. Sabés lo feo que debe ser que tu entrenador te llame para hablar dos minutos y durante un minuto y cincuenta segundos te anticipe que no hace falta que sigas entrenando porque jamás vas a llegar a ninguna parte.
Lo positivo de esa charla fue que en los restantes 10 segundos lo felicitó por la perseverancia. Así es como, a modo de venganza, Ramiro se dedicó al tablón. La popu junto a su padre era su lugar. En realidad, quería disimular que sus dotes futbolísticos no daban ni para jugar en la Sexta de Social Palanca y, por eso, cada vez más se encarnó la pasión por su club. Pero hay algo en esta historia que nadie contó.
Aquellas ganas de festejar las vueltas olímpicas ajenas cuando tenía 5 años todavía no podían ser saciadas. Padre e hijo pasaron por mil historias, ninguna a su favor. Siempre desgracias o anécdotas imposibles de creer. Tanto, que allá por 1980, Social Palanca estuvo a 5 minutos del éxito. Ganaba el partido ante Pingo y Mate y se quedaba con el campeonato anual de la Liga de Sanagasta, localidad riojana. Pero, por desgracia, un córner en contra se clavó olímpicamente en el arco del Tuerto Olivera. Empate en uno y chau ilusión. Como esos casos hubo varios. Y eso no significa que eran habitué en la cima del campeonato. No, para nada.
Era un equipo de medio pelo, que peleaba en mitad de tabla tirando para abajo. Pero en la Liga sanagastina no había descenso, así que nadie sufría por último. Después de 4 años de noviazgo con la hija del presidente de Deportivo Espartaco (algo que Ernesto nunca soportó por tratarse de su clásico rival), Ramiro decidió romper con esta bella muchacha para empezar una nueva historia con su compañera de trabajo. Pero esta vez la eligió con mejores ojos. En plena bailanta, antes que el nombre le preguntó su color preferido. Sin titubear, Angélica respondió “anaranjado, como mi sangre”. Listo, pensó Ramiro. Desde La Pachanga del Sosa hasta la iglesia fue imposible separarlos.
Y Angie (se hacía llamar así para amoldar su nombre a estas décadas modernas) era súper fanática de Social Palanca, aunque jamás se hubieran visto. Ramiro cumplía 45 años y ya había formado familia con la mujer que conoció en La Pachanga del Sosa. Ambos decidieron ampliar la familia con un nene y una nena. Todo iba direccionado a una vida plena, feliz. Sin demasiadas complicaciones. Al ritual de los domingos se sumó Damián, el nieto de Ernesto, y parecía que nada faltaba por cumplir.
“Poné huevos, Escopeta, o seguí con el reparto de soda, que lo hacés bien”. Los Pontoni no aguantaban más. Ni Ramiro, ni Ernesto, con menos ímpetu Damián, que recién se estaba haciendo en esto de pisar tribunas, soportaban que cada año que pasara no se pudiera romper con el maleficio. Todo tan perfecto, menos la realidad del Naranja. “Te dije, viejo, me hubieses hecho caso y ya hubiésemos dado doce vueltas olímpicas con los putos de Espartaco. ¡Pero tenés que matarlo, infeliz! ¡Rompele la tibia!”, gritaba.
Cada torneo que pasaba, Ramiro era menos respetuoso. Ya no quería pasar por tanta desgracia, porque, al fin de cuentas, Social Palanca no causaba nada. Ramiro lamentó que su padre se hubiese ido de este mundo sin poder ver a su queridísimo Naranja campeón. Y el pibe, que alguna vez quiso cambiarse de equipo cumplió 95 años. Perdió la asistencia perfecta a la cancha, porque el frío lo encerraba en su casa. Pero él seguía, como podía, los avatares de su club a través de sus nietos y bisnietos.
En un campeonato irregular se le presentó a Social Palanca la gran oportunidad de conseguir su primer título en la historia. En igualdad de puntos le tocó definir, en un partido desempate, el campeonato ante, nada más y nada menos, que Espartaco. Después de una vida, imposible era que el Ramiro se lo perdiera. Lloviera, cayera piedra o hicieran 5 grados bajo cero, el Nono iba a estar en la Palanquera. Como fuese. Por desgracia, otra vez las ganas quedaron en la puerta. El goleador que nació en las inferiores de Palanca y que se vendió al vecino rival por un puesto en la quinielera del barrio, calló a todo el público.
Dos goles le bastaron al longo delantero para aniquilar sueños y avasallar con toda la ilusión guardada que tenían los mil hinchas que coparon las butacas del estadio. Daba pena ver tantos ojos rojos, tantas lágrimas. Nadie entendía nada. Era necesario ganar un partido más, un último esfuerzo. Pero la ansiada vuelta olímpica volvía a ser ajena. No quedaba otra que aplaudir al rival. Ya no era una cuestión de suerte, ni la mano negra de un arbitraje. Había algo extra, que ni una bruja podía descifrar.
Sentado en una esquina, tapado con una frazada anaranjada y los lentes culo de botella sobre su falda, Ramiro recibió el abrazo de su bisnieto. Y, de inmediato, las palabras que más le dolieron en su vida, pero que respondió sin medir consecuencias: “¿Abu, y si hinchamos para los de Azul? Mira cómo festejan ellos. Así vas a ser feliz”. El abuelo miró a su bisnieto con dulzura, pasó su antebrazo por sus ojos llorosos, levantó la vista al cielo, como queriendo pedir perdón y, sin querer decirlo, lo dijo: “Sí Ernestito, tenés razón ¿Por qué vas a esperar toda una vida por algo que jamás te va a llegar?”
