Por primera vez, el Gobierno ha accedido a interrumpir los ataques durante tres horas cada dos días, a fin de que la ayuda humanitaria pueda llegar a los más de 1,5 millones de palestinos atrapados en la asolada región. Además, Israel está dialogando con Egipto y Francia las condiciones para una verdadera tregua. Pero, el portavoz del Gobierno hebreo, Mark Regev, hasta ahora no ha confirmado acuerdo alguno.
Antes de que comenzara la ofensiva, los analistas apuntaban tres casos que obligarían a Israel a acceder a un alto el fuego antes de lo deseado: un único ataque con un elevado número de muertos, un alto número de víctimas palestinas civiles o un descenso del apoyo en el propio país debido a la muerte de muchos soldados.
Dos de estos tres posibles escenarios ya han sucedido: el martes fallecieron 42 personas en el ataque a una escuela administrada por la ONU, y la mitad de las 700 víctimas mortales son mujeres, niños y jóvenes menores de 18 años, según Naciones Unidas. S
in embargo, el Gobierno israelí puede lidiar con la presión internacional, porque el apoyo interno sigue siendo muy alto. Al contrario de lo que ocurrió con la guerra de Líbano en el verano del 2006, no se ha expandido el pánico entre los 900.000 israelíes amenazados por los cohetes palestinos. Y los seis soldados muertos, cuatro de ellos por “fuego amigo”, tampoco ha causado revuelo.
El bajo número de víctimas sufridas hasta ahora por el bando israelí se debe, sobre todo, a una causa: los tanques y soldados han rodeado la Ciudad de Gaza y alcanzado posiciones en otras localidades, pero todavía no han penetrado en los campamentos de refugiados ni en los barrios densamente poblados. El ejército ha evitado entrar en los laberínticos entramados de callejones y casas pegadas unas a otras, donde Hamas amenaza con un infierno de atentados suicidas.
Desde el punto de vista de analistas militares, Israel ha logrado ya un objetivo: reavivar la intimidación. Un asunto que antes de la ofensiva se consideraba preferente, sobre todo con respecto a Irán, Hezbolá o Siria. Hamas nunca consideró posible que las fuerzas israelíes bombardearan mezquitas, viviendas e instalaciones de la ONU, donde el movimiento islamista utilizaba a civiles como escudo humano, escribe el reconocido comentarista Alex Fishman en el Yediot Ahronot.
Las reacciones de Israel ante las propuestas y críticas procedentes de Europa son cada vez más enervadas. “No queremos ninguna tregua, sino el fin del terror”, señaló ayer el presidente Shimon Peres. “Ninguna nación ha sufrido jamás una confrontación semejante”.
Hasta ahora, ningún político israelí había utilizado el concepto “crisis humanitaria” en referencia a la situación en la Franja de Gaza. Para las Naciones Unidas, el término es aplicable en toda su amplitud: crisis energética, crisis de alimentos, crisis de seguridad y cooperantes que no pueden ayudar debido a los ataques.
La presión internacional ha obligado al Gobierno israelí a permitir un “corredor humanitario”, para que la ayuda pueda ser repartida entre los necesitados. Ocho de cada diez residentes en la franja dependen de la ayuda humanitaria. Pero algunos cooperantes y empleados de las organizaciones humanitarias han dejado de trabajar porque su vida corría peligro.
Los dirigentes políticos israelíes repiten desde hace días, como un mantra, que no sólo quieren el fin del lanzamiento de cohetes, sino, sobre todo, el del contrabando de armas a la Franja de Gaza. Israel quiere evitar que se produzca un efecto similar al ocurrido tras la guerra del Líbano, cuando las milicias de Hezbolá lograron reunir de nuevo un arsenal de armas. Si eso volviera a suceder con Hamas, pronto se reanudaría el lanzamiento de cohetes.