El ser humano se encuentra en comunicación con las fuerzas cósmicas cuando su alma es luminosa y su carácter honesto. Quien quiera alcanzar la armonía con el Espíritu, tiene que transformarse en el vencedor de sus pasiones y sentimientos humanos y romper las cadenas del odio, envidia y ambición, pues impiden a las fuerzas divinas servir y ayudar al hombre. Quien se deja llevar por sus pensamientos y deseos y se ocupa sólo de sus problemas, pierde la orientación hacia lo noble y bello; se ve sólo como una persona que es incomprendida y sufre.
En este estado acoge vibraciones contrarias y pensamientos negativos que provocan que se haga efectiva una carga como enfermedad o golpe del destino. El ser humano vive en este círculo hasta que reconoce que es un ser cósmico que pertenece a la unidad divina. Así empieza a reconocer la esencia de la vida, que es el Espíritu, y cumplir las leyes de Dios, entonces sanará, y con él también el planeta Tierra.
