Alejandro Amitrano (41) le lanzó un suave “te amo” a su actual mujer, Roxana, antes del fallo que se ventiló ayer por la tarde en la Quinta Cámara del Crimen por el homicidio de su beba de un año en noviembre de 1999. De pie y ante las partes, después de escuchar que recaía sobre él la pena de prisión perpetua, se dio vuelta y le dijo: “No pasa nada”. Se abrazaron. Lloraron. Se prometieron amor, y el personal penitenciario le colocó las esposas para llevarlo nuevamente a la cárcel de Almafuerte, donde estará muchos años tras las rejas. En el cuarto intermedio que dispuso el tribunal después de los alegatos, Amitrano permaneció sentado en la sala ubicada en el primer piso de los tribunales con una pequeña prenda de su hija y dos estampitas, una de ellas, de la Virgen de Lourdes. En esa hora que estuvo sentado, describió a los presentes que iba a quitarse la vida una vez que llegara a prisión.

Lo cierto es que ayer, cinco minutos antes de las 18, Rafael Escot, presidente del tribunal (lo acompañaron Alejandro Gullé y Liliana De Paolis de Aymerich), le pidió al secretario que leyera la parte dispositiva de la sentencia para no prolongar aún más el proceso oral, que se había iniciado por la mañana. “Condenar a la pena de prisión perpetua”, relató en sus primeras palabras el funcionario judicial. Finalmente, Amitrano, a más de 15 años del conmocionante caso de maltrato infantil ocurrido en una vivienda de Capital, fue hallado culpable del delito de homicidio agravado por el vínculo. Los fiscales Fernando Guzzo y Claudia Ríos –la magistrada instruyó la causa después de la captura del ayer hallado culpable, en enero del 2013– habían solicitado esa pena cuando alegaron. La defensa, a cargo de Jorge Miranda, entendía que su cliente era inocente y que no estaba probado que hubiese maltratado a la niña ni le hubiera causado lesiones cuando la tenía a su cuidado. El letrado apuntó a los psicólogos forenses y médicos del Grupo de Alto Riesgo al sentenciar que mintieron. Luego de escuchar la condena, Miranda aseguró que esperará a que se conozcan los argumentos de la sentencia para analizar si apelará ante la Suprema Corte.

Contundente

En un extenso y detallado alegato, el fiscal Guzzo entendió que se trató de un homicidio agravado por el vínculo y por alevosía (esto refiere al estado de indefensión de la víctima). “Se prueba que golpeó a su hija porque era quien se encargaba de cuidarla, quien no la quiso llevar al médico, quien se fugó, quien nunca se interesó en hacer un acción reparatoria. Era el único que sabía lo que había hecho”, precisó el camarista. “No hay dudas de que lo hizo porque es lo único que explica la patología de la menor y la posterior conducta de Amitrano. Conoce la criminalidad del acto, que es la consecuencia de propinarle un golpe a su hija”, agregó.

El fiscal aseguró que Amitrano construyó una “teoría conspirativa y lo único que hay es que intenta ocultar sus errores”, argumentando que existen pruebas objetivas en su contra, como “la necropsia, las radiografías y otros estudios que terminan explicando por qué no quería concurrir al Hospital Notti”.

Sobre los testimonios de los distintos profesionales de la Salud que atendieron a Rosario en su “vida cortísima de tormentos”, Guzzo determinó que “la vinculación absoluta es que no tenía ninguna patología de base”, tal como intentó establecer como coartada el acusado con distintas enfermedades, como fragilidad capilar, meningitis y una intoxicación alimenticia. “El cuerpo de Rosario, sin piedad, se ocupó de dejar cada huella que su padre le realizó”, agregó la fiscal especial Claudia Ríos.

También apuntó contra la familia del acusado –su hermana Valeria estuvo presente– al decir que huyeron con Amitrano, “porque cuando la menor estaba con vida y al otro día cumplía su primer año de vida, se van y no vuelven ni siquiera al entierro”.

Caso terminado

Ayer se cerró una historia trágica. Amitrano, en pareja con Cecilia Cousau –fue absuelta por la duda en el 2001 por abandono de persona–, se fugó de Mendoza mientras su hija estaba internada en el Notti, en noviembre de 1999. Se ocultó en San Luis y otras provincias hasta que, finalmente, se radicó con el apodo de el Gringo en Paraná, Entre Ríos. Un policía retirado aportó el dato a los investigadores y lo detuvieron a principios del 2013.

Amitrano se casó con Cousau después de una corta relación. La mujer quedó embarazada y dio a luz a la niña. Era el hombre, quien no trabajaba, el encargado de cuidarla en su hogar. Siempre negó maltratar a la criatura. Y en el proceso declaró que hubo mala praxis médica. También confesó que consumió drogas. Para los fiscales y los jueces, Amitrano golpeó a su hija varias veces hasta que, finalmente, le quitó la vida.

Dijo que iba a suicidarse en la cárcel

A las 17 de ayer, el alegato del abogado defensor Jorge Miranda concluyó con un pedido de absolución. El tribunal ordenó desalojar la sala, y Alejandro Gabriel Amitrano permaneció allí, sentado en el banquillo a la espera de la sentencia. Con dos estampitas en sus manos y una media color salmón que “Rosario me dio” –según dijo–, aseguró

que iba a quitarse la vida si el tribunal lo condenaba, tal como explicaron fuentes judiciales. Amitrano reafirmó su inocencia y les trasmitió a los pocos presentes que allí estuvieron que iba a llegar a la cárcel donde está alojado –Almafuerte, en Cacheuta– e iba a terminar con su vida. Esto generó preocupación en la defensa y también el personal policial de custodia. Tanto es así que se dispuso que fuese sedado una vez que ingresara a la penitenciaría. Esta no es la primera vez que Amitrano desafía a la vida. Después de su captura, en enero del 2013 intentó matarse en la celda de la comisaría a donde había sido trasladado.

El plan de Amitrano de quitarse la vida si era condenado –algo que finalmente sucedió en la Quinta Cámara del Crimen– llegó a oídos de su mujer, Roxana, con quien tiene una hija que nació después de su captura. La mujer, que también llevaba una estampita y anotaba en una pequeña libreta todo lo que sucedía en el proceso, entró en llanto cuando se leyó la sentencia condenatoria. Lo mismo la hermana de Amitrano. Los tres se abrazaron y rompieron en llanto mientras los guardiacárceles, policías y funcionarios pedían desalojar la sala. Finalmente, Amitrano salió y apuntó contra la prensa: “Esto es culpa de ustedes”.