Como todas las noches, los ritos se repiten y los adoradores de la luna salen en procesión a los boliches de Reñaca. En sus puertas, las multitudes se agolpan con sed de diversión, cargados con un entusiasmo inagotable.

Dicen que el hombre no es un ser sociable, es un ser amontonable, tal dictamen se confirma cada verano cuando Reñaca se conmociona y cede al goce de esta convención de adolescentes. 

Las chilenas y mendocinas disputan en belleza y no escatiman los halagos masculinos hacia ellas. Entre tragos y bailes las energías se liberan sobrecargando el ambiente en un goce eléctrico.