La causa por la muerte de Francisco Pablo Corvalán Sosa, el changarín de 75 años hallado sin vida el domingo por la mañana en su casa vivienda del barrio San Martín de Ciudad, tomó un giro dramático cuando las pericias forenses revelaron detalles que transformaron lo que parecía una muerte natural en un caso de asesinato de extrema violencia. Pero la instrucción, a cargo de la fiscal de Homicidios Florencia Díaz Peralta, avanza a ciegas: no hay testigos, las cámaras de seguridad no captaron nada y la víctima se llevó a la tumba la identidad de sus agresores.
El caso policial comenzó como tantos otros en uno de los sectores más populares del oeste de Capital. Cerca de las 8 del domingo, Corvalán Sosa llegó tambaleándose hasta la casa de su hermana. Tenía el rostro desencajado por el dolor. Le dijo que lo habían golpeado, señalando la zona baja del abdomen.
“Me pegaron”, fue todo lo que alcanzó a decir, sin dar nombres ni lugares precisos, tal como revelaron fuentes del caso a El Sol. Ella, acostumbrada a cuidarlo desde que su hermano vivía prácticamente en la calle, le sugirió que se bañara y luego irían juntos al Hospital Lagomaggiore para realizar estudios. Corvalán entró al baño. Cuando salió, se desplomó. Ya no había nada que hacer y la mujer llamó rápidamente al 911.
Una médica del SEC que llegó al lugar certificó la muerte a las 9.55 y anotó como posible causa un paro cardiorrespiratorio. Nadie imaginaba entonces que había sido atacado. Fue recién en la autopsia cuando un forense detectó lo impensado: lesiones sangrantes en el ano y una perforación intestinal.
Como posible teoría del caso, entendió que podría haber sido empalado. Las primeras hipótesis hablaban de hemorroides, pero el cuadro clínico no cerraba. La cirrosis que padecía Corvalán Sosa, tal como contaron las fuentes, podría haber acelerado su muerte, pero la causa fue otra: la víctima pudo haber sido sometida a golpes. Las teorías son varias pero, las pruebas, escasas.
La investigación reveló que la víctima tenía un pedido de captura vigente por un presunto abuso sexual, delito del que nunca se defendió porque, según le repetía a su hermana, “no podía salir del barrio San Martín”. Sabía que lo buscaban. La fecha de esa orden de detención era del 19 de diciembre del 2019.
Por lo que declararon los familiares, se había convertido en un hombre que deambulaba por las calles del sector, juntando objetos descartados para revenderlos. Esa actividad le generaba conflictos: muchas veces sacaba cosas de las casas, lo que enfurecía a los vecinos. Algunos habitantes del barrio le pegaban.
Su sobrino habló cuando llegaron los primeros policías e intentó explicar la personalidad hermética de su tío cuando lo entrevistaron horas después del hallazgo.
Dijo que no les informaba quiénes eran las personas con las que mantenía riñas, que era “tranquilo pero cerrado, no contaba nada”. Por lo que sabían, había sido atacado un día antes (por el sábado) y también la semana anterior. Pero nunca habló de identidades.
Los pesquisas de la División Homicidios de Investigaciones recorrieron el barrio tocando puertas, buscando una pista, alguna persona que hable pero los resultados no fueron los esperados.
Los vecinos manifestaron desconocer lo acontecido. Las cámaras ubicadas en la zona fueron verificadas por los investigadores pero las imágenes no captaron a Corvalán ni registraron movimientos sospechosos. El recorrido que el septuagenario habría realizado la madrugada antes de morir es una de las incógnitas más grandes del caso.
Por lo que explicaron las fuentes, la fiscal Díaz Peralta esperaba a que aparezca un testigo inesperado o, en el mejor de los casos, un arrepentido que rompa el pacto de silencio que reinaba en la barriada.
