Diego Fabián Arduino no dijo nada. Se limitó a escuchar, ayer a la tarde, la sentencia en su contra: “Condenar al imputado a 16 años de prisión por el delito de homicidio simple y dos hurtos”. Así, después de ocho jornadas de juicio oral y público por el conmocionante asesinato del comunicador social Alejo Hunau, la Cuarta Cámara del Crimen encontró culpable al taxiboy de 29 años por el hecho ocurrido el 22 de noviembre del 2004.

Se ordenó su inmediato traslado a una celda de la Penitenciaría provincial, mientras corrían las lágrimas de su madre, Aurora Marí, quien no se perdió ningún paso del proceso y observó cómo su hijo era esposado. En la otra vereda, las lágrimas también eran las protagonistas. Pero manaban por haber encontrado justicia. La familia de la víctima, con su madre a la cabeza, Silvia Ontivero, se abrazó con sus compañeros y lloró porque el crimen no quedó impune.

A Arduino lo complicó haber estado en la escena del hecho. Dejó sus huellas en un vaso y fumó dos cigarrillos. Sin bien nunca negó haber estado esa noche en la casa, afirmando que se había retirado a las 21.30, estos indicios fueron determinantes. Hunau recibió al menos dos golpes con una botella en la nuca que le provocaron un traumatismo craneal irreversible. Luego, agonizó cerca de diez horas en una habitación de su casa.

EFICAZ.Hubo pocas pruebas, pero tres fueron clave para condenar a Arduino. El fiscal de Cámara, Fernando Guzzo, fue quien había solicitado al tribunal, integrado por Jorge Coussirat, Carlos Díaz y Horacio Báez, que el imputado fuera condenado a 16 años por homicidio simple. Pero en la sala de debate reinaba la duda, no se sabía qué iba definir el cuerpo de jueces. En sus alegatos,Guzzo se basó en el testimonio de la contradictoria testigo Patricia Rodríguez. Creyó la primera versión, dada durante la instrucción del expediente.

También se basó en una prueba que pocos advirtieron: cuando Hunau fue encontrado todo ensangrentado en su departamento, tenía puesta una remera blanca. Y el único que relató en la indagatoria haber visto a la víctima con una prenda de ese color fue, precisamente, Arduino. Por último, el testimonio de Ricardo Quiroga –amigo íntimo de la víctima– durante el velorio fue otra clave que halló el fiscal para solicitar la pena.Había dicho que un joven maipucino mantenía una tormentosa relación sentimental con Hunau.

Rodríguez fue un karma para el proceso. Pero terminó ayudando, involuntariamente, a que el imputado fuese condenado. El fiscal terminó creyendo sus primeros dichos en la causa. En esa oportunidad había relatado, días después del hecho, a través de un llamado anónimo que recibió Ontivero y en el sumario judicial, que Arduino se presentó la noche del crimen en el drugstore de Villanueva y Rodríguez pretendiendo “hacer plata” la filmadora que había sustraído del departamento ubicado en el pasaje Pedro Vargas.

En ese testimonio incriminó a su ex pareja, Antonio Giacondino –quien era uno de los dueños del negocio– como quien recibió a Arduino.Pero la mujer habría sido amenazada días después por Giacondino para que se retractese en el expediente.Así fue que ella se presentó y, en una segunda testimonial, se desdijo. Esto le costó un procesamiento por falso testimonio, aunque el fiscal, la querella y los jueces entendieron que su primera versión fue la correcta. El alegato de la querella fue similar al del fiscal.

Varió en el final, cuando el abogado Estacio Cremaschi –estaba junto a Alfredo Mellado–, con estudios médicos en mano, indicó que Arduino era un hombre violento y que la sociedad no se merecía tener suelta a una persona con estas características. El pedido de pena condenatoria fue más contundente: reclusión perpetua. Entendía, por el análisis que le dieron a las pruebas, que la carátula con que había llegado a juicio el acusado, homicidio agravado con alevosía, no debía ser modificada, como pidió el fiscal.

Es por eso que solicitó que fuera condenado a la máxima, algo que finalmente no prosperó. Sintéticamente, la defensa, aseguró que no había pruebas contra su cliente. Los abogados Martín Ríos y Matías Aramayo explicaron que la condición sexual de la víctima no permitió saber quién era el culpable de su muerte, ya que tenía otras parejas. Solicitó la absolución por el beneficio de la duda y esperó, pero a las 19 la relatora leyó la sentencia y no quedó otra alternativa que aceptarla.