El verano de 2016 había empezado en Mendoza con planes grandes y fechas marcadas en un calendario. Cuatro amigas —María José “Majo” Coni, Marina Menegazzo, Sofía Sarmiento y Agustina Cano— habían trabajado y ahorrado durante meses para viajar como mochileras por Sudamérica. El 10 de enero cruzaron a Chile y desde allí volaron a Lima. El itinerario incluía Perú y Ecuador. El regreso estaba previsto para fines de febrero.

“Majo” estudiaba Contabilidad en la Universidad Nacional de Cuyo. Quienes la conocían la describen como organizada, reservada, metódica. Marina cursaba Fonoaudiología en la Universidad de Aconcagua. Era expansiva, de risa fácil, más impulsiva. Las diferencias, dicen sus amigos, eran complementarias.

Durante las primeras semanas, el viaje fue lo que habían imaginado: hospedajes económicos, traslados largos en micro, fotos en playas y ciudades históricas. A comienzos de febrero llegaron a Montañita, un pequeño balneario de la provincia ecuatoriana de Santa Elena, conocido por su ambiente nocturno y la circulación constante de mochileros.

El 10 de febrero, Sofía y Agustina regresaron a la Argentina por compromisos personales. Marina y Majo decidieron quedarse unos días más. Tenían tiempo antes del vuelo de regreso. En redes sociales se las veía sonrientes, en la playa, al atardecer. “La vida nos regaló un último atardecer soñado”, escribió Marina en una publicación que, con el tiempo, se volvería símbolo.

En los días finales ocurrió un imprevisto: les robaron dinero destinado al traslado. Avisaron a sus familias. Evaluaron alternativas. El plan cambió: viajarían por tierra hasta Lima y desde allí volarían a Santiago de Chile para volver a Mendoza en micro. El 25 de febrero era la fecha prevista para abordar el avión.

El 22 de febrero de 2016, cerca de las 15, hablaron por última vez con sus padres. Dijeron que estaban organizando la salida. Después, silencio.

Cuatro días más tarde, el 26 de febrero, un pescador encontró el cuerpo de María José en una zona de vegetación cercana a la playa, envuelto en bolsas plásticas negras, sacos y cinta adhesiva. El 28 de febrero apareció el cuerpo de Marina, a pocos metros. La escena confirmó el peor escenario.

La investigación determinó que ambas habían sido drogadas con benzodiacepinas en una vivienda alejada del sector turístico. María José murió por un traumatismo craneoencefálico. Presentaba fractura de fémur y lesiones compatibles con abuso sexual resistido. Marina tenía seis heridas punzocortantes en el cuello; una perforó la médula espinal y le provocó la muerte por hemorragia. Los informes forenses concluyeron que no tuvieron posibilidad real de defensa.

El caso generó conmoción en Mendoza y repercusión internacional. Hubo marchas, reclamos diplomáticos y un debate regional sobre seguridad en destinos turísticos y violencia de género.

En agosto de 2016, la justicia ecuatoriana condenó a 40 años de prisión —la pena máxima vigente entonces— a Alberto Segundo Mina Ponce y a Aurelio Eduardo Rodríguez, conocido como “El Rojo”, considerados autor material y coautor, respectivamente.

“El Rojo” Rodríguez y Mina Ponce, los dos primeros condenados por los femicidios de Montañita.

En septiembre de 2017 fue condenado también a 40 años José Luis Pérez Castro, cuyo perfil genético fue hallado en la vivienda donde ocurrieron los asesinatos. Las sentencias quedaron firmes.

José Luis Pérez Castro también fue condenado a 40 años

Sin embargo, durante el proceso se detectaron otros perfiles de ADN que no fueron identificados. Ese dato mantiene abierta una pregunta central: si hubo más personas involucradas.

Diez años después, el caso tiene tres condenados cumpliendo la pena máxima en Ecuador. Pero el impacto en Mendoza no se diluyó. El viaje que empezó como una celebración de independencia juvenil terminó convertido en el doble femicidio más resonante de la última década para la provincia.