La ausencia de una línea estratégica que cambiara el rumbo de la historia para una Mendoza alicaída y desanimada es lo que ha caracterizado al gobierno de Rodolfo Suarez, cuando ya ha enfilado hacia el fin de su tiempo. El último discurso ante la Asamblea Legislativa se ha basado en una enumeración de hechos y cuestiones en el contexto de la previsibilidad acostumbrada y sin sorpresas, claro.
El punto es que tales hechos y cuestiones nunca produjeron una revulsión de lo que venía impuesto, aunque sí, hay que reconocer, evitaron que todo empeorara y se desmoronara barranca abajo con mayor celeridad. Suarez y sus políticas, dicho de otro modo y en todo caso, consiguieron que el descenso hacia los infiernos fuese más lento de lo que se podía esperar ante ese desquicio y descontrol generalizado que ha provocado una fallida y anómala administración nacional.
El gobernador no ha logrado decirles a los mendocinos hacia dónde va la Mendoza que él ha venido conduciendo, más allá del latiguillo al que apeló siempre señalando al populismo y a sus excentricidades como el culpable del no avance y la imposibilidad de las realizaciones para una provincia que hace mucho tiempo las necesita.
Ha sido evidente, también hay que decirlo y reconocerlo, que un cúmulo de buenas intenciones y de extraordinarios objetivos acompañó a Suarez desde el comienzo allá por fines del 2019. Pero, junto con eso, quizás el haber generado un conjunto de expectativas mayúsculas pudieron jugar en contra: muchos frentes abiertos en los que las mejorías que se esperaban y que fueron descritas en su tiempo han resultado, evidentemente, escuálidas e insuficientes. Y a esa realidad, no vista o no reconocida o aceptada, se ha sumado la ausencia de autocríticas y, en esto último, ha igualado el comportamiento de esa gestión populista y “obtusa” a la que tanto ha señalado en la Nación. Que aquella subnormalidad de administración no reconozca errores, vea culpas sólo afuera y que no esté capacitada para elaborar autocríticas, se sabe, y vaya y pase. Pero que lo que se presenta como exactamente lo contrario, su contracara, respetuoso de la institucionalidad y de la república, repita ese comportamiento imitando tal actitud, llama a la preocupación cuanto menos y ha alimentado parte del desánimo que no oculta la ciudadanía.
Todo lo que se ha logrado, conseguido y concretado en estos últimos tres años y fracción ha sido, quién lo duda, necesario y meritorio. Pero no ha sido la panacea y el gobierno en su conjunto y el gobernador, claro está, lo deben comprender y entender. Estos avances y mejoras a los que ha hecho mención en la Legislatura no cambiaron el rumbo de la historia; apenas han mantenido en pie las reconocidas características cualitativas de una Mendoza que siempre ha creído ver un poco por arriba al resto.
Digamos que, efectivamente se fue revirtiendo el administrar con un déficit crónico con el que Cambia Mendoza encontró al gobierno hacia fines del 2015; que el equilibrio fiscal, la reducción de la deuda y la menor presión impositiva cambiaron la tendencia en inversiones y desarrollo; que finalmente el inicio de las exploraciones en Hierro Indio y Cerro Amarillo han sido buenas noticias; que el Mendoza Activa y sus variantes le descontaron distancia a la debacle del empleo que se apoderó de Mendoza en la última década; que la puesta en marcha de los trabajos en la Vaca Muerta de Malargüe han reactivado el interés por el potencial petrolero de la provincia venido a menos; que los beneficios impositivos y otros incentivos en el sector privado estimularon la construcción de viviendas; que bajó la mortalidad infantil y que en seguridad se mejoró la tasa de homicidios y de asaltos.
Sin embargo, claramente, Mendoza ha necesitado de todo eso y mucho más y para el gobierno, ese más que no se ha alcanzado ha sido por culpa de un Gobierno nacional que lo ha impedido. Una muletilla de la que ha abusado innecesariamente el gobierno de Suarez. Innecesariamente, porque la mayoría de los mendocinos parece tener bien en claro que por el camino que ha mostrado el kirchnerismo en la Nación no se va a ningún lado, pero no por eso dejaría de exigirle a su conducción institucional en la provincia que se diferencie, que se despegue y no sólo con describir sistemáticamente las malformaciones que existen en la Nación, sino con otra cosa, con un salto cualitativo y cuantitativo que marque las diferencias y que no ha logrado mostrar, o no ha sabido explicitarlo con realizaciones suficientes.
Bien se puede concluir, tras el último balance de Suarez en la Legislatura –último de ese estilo, porque se vienen otros momentos clave que tendrán que ver con el cronograma electoral y unos ocho meses para corregir y revisar algunas distorsiones– que por un gobierno decididamente malo en la Nación y una administración provincial atada e inmovilizada en gran medida, los mendocinos seguirán penando, sumidos en la incertidumbre y en el desánimo. Quizás algo de todo esto pudo ver Alfredo Cornejo hacia el final del discurso; una falta de una invitación a soñar y a visualizar un panorama un poco más optimista en medio de las adversidades, que llevó al precandidato a gobernador a esbozar un dejo de autocrítica y hablar de que se avecina una Mendoza en otra etapa, en la que se tendrá que decir la verdad sobre los esfuerzos que se tendrán que afrontar, como en la Nación, para cambiar una dirección que no conduce a nada, salvo a una suerte de amargo ostracismo, como ya se ha dicho tantas veces, y al que nunca se llega del todo, pero del que tampoco se sale.
