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En un lapso de tiempo relativamente corto, las inundaciones y las precipitaciones de lluvia extraordinarias convertirán en inusables los territorios más aptos para la producción de café. Este fenómeno económico, además de cultural y social, provocado por los cambios climáticos que activó la emisión descontrolada de gases nocivos hacia la atmósfera, viene siendo estudiado desde varios años atrás, aunque con mucha más intensidad y preocupación desde el 2015 en adelante. Unos 125 mil puestos de trabajo de la industria del café diseminados en 70 países productores ya penden de un hilo, y las cerca de 2 mil millones de tazas de café que por día (¡dos mil millones!) se elaboran y se sirven en todo el planeta, están seriamente amenazadas.

Tal aseveración en su conjunto –no exenta de cierta temeridad–, está contenida en “La amenaza ambiental en el planeta”, el reciente libro que han escrito Alieto Guadagni y Miguel Ángel Cuervo, del Instituto Argentino de la Energía (IAE) General Mosconi publicado el último viernes.

En un poco más de 130 páginas, los autores hacen un recorrido minucioso y exhaustivo –sobre todo técnico más que político–, de todas y cada una de las metas incumplidas por la comunidad internacional que en el 2015 se comprometió, en París, a ir disminuyendo la emisión de gases de forma paulatina, para alcanzar un primer informe preliminar en el 2030 y llegar al objetivo final de emisión cero de carbono, también conocido como “Cero Neto” o “Cero Carbono” en el 2050.

Volviendo al asunto del café, quizás la infusión más popular de todas las conocidas, el problema provocado por la constante y no controlada emisión de gases efecto invernadero, ha puesto en peligro la producción de la variedad “arábigo” que es la que concentra el 70 por ciento del consumo mundial: es que donde se cultiva, además de las lluvias desmedidas y las inundaciones que la están acechando, se ha distorsionado la temperatura que requiere el cultivo, de entre 18 y 23 grados centígrados.

El caso del café es sólo un ejemplo de cientos que la comunidad científica distribuye como casos de la degradación constante del planeta que produce la acción humana sin freno. Y uno de los tantos que los autores han seleccionado describiendo los perjuicios más cercanos de la inacción. Y por supuesto que, como tantos otros trabajos que giran alrededor de la misma problemática, confirman –aunque aquí en este libro no esté particularmente desarrollado ni mucho menos destacado– que los países emergentes, los menos explotados y usufructuados económicamente por diversas razones, entre ellos la Argentina, se encuentran en un lugar expectante y en condiciones de hacer rendir sus recursos, los que necesita el mundo, en busca de los minerales críticos, indispensables para lo que se conoce como la transición energética.

Es interesante detenerse un segundo en lo que ya es una discusión que atrasa en la Argentina, además de sumirla en una pérdida de tiempo imperdonable: se acaba el tiempo para explotar los recursos mientras el país sigue inmerso en una rueda que no conduce a ningún lado, sin acordar un método, un sistema, un modelo de explotación que dé garantías y ventajas a todos, a los que dudan y a los que no, y a los que aún dudando dependen del desarrollo y el crecimiento económico para mejorar su estándar de vida. La política no ha logrado dar con un ámbito de satisfacción y tranquilidad general como para dejar los mitos, las conjeturas y las debilidades que tiene tal camino de evolución y de mejoras. Su fracaso es no poder resolver el entuerto mientras se consume un tiempo valioso.

Guadagni y Cuervo llevan al lector a dar cuenta de lo que la ciencia viene confirmando, de las certezas que ya se tienen para evitar el colapso de la tierra. De continuarse el modelo actual de producción de bienes, alimentos y productos varios que día tras día requiere el mundo para funcionar, sin cambio alguno, se llegará al 2050 con un incremento de la temperatura en 1.9 grados centígrados y hacia el 2100 de 2.4 grados. Si en cambio se llegara cumplir con las políticas que, en el 2015, el 55 por ciento de los países responsables de la emisión de gases efecto invernadero se comprometieron a llevar adelante, las políticas deseadas, se podría llegar a reducir el aumento a un 1.5 grados centígrados y hacia el 2100 en 1.4 grados centígrados o más.

El camino más rápido para evitar la emisión, alcanzar el Cero Neto y dejar de quemar combustible de origen fósil, todo lo que está provocando la degradación paulatina de la biodiversidad del planeta, sería masificar el uso de la electricidad. “La intensificación de la electrificación en procesos industriales manufactureros, especialmente en las actividades electro-intensivas como la fabricación de cemento, la siderurgia, el aluminio y un conjunto de ramas de la industria química, el transporte (personas y mercancías) y la generación de la propia energía eléctrica, impulsando nuevas tecnologías limpias basadas en la energía solar y eólica, principalmente, pero también mareomotriz, hidrógeno y otras, un conjunto conocido como ‘nuevas tecnologías de bioenergía líquida, gaseosa y sólida’”, escriben los autores de “La amenaza ambiental del planeta”.

Es cierto que la inversión para alcanzar las metas es descomunal. Pero también es verdad que fueron los propios líderes de Estados Unidos, Europa y China quienes se comprometieron a facilitar los recursos para la transición primero y para garantizar el cumplimiento de los objetivos. Además de los millones de dólares en cantidades estrambóticas que está aportando China en la producción de autos eléctricos, para uso en su territorio y el abastecimiento en otras partes del globo como el que realiza en el vecino Brasil, hacia el 2030 el plan de emisión cero necesita 150 mil millones de dólares en la producción de energías limpias y sólo en los países desarrollados otros 370 mil millones de dólares. En tanto que los emergentes y en desarrollo, también hacia el 2030, tendrían que invertir unos 110 mil millones de la misma moneda.

Pero como todo, siempre están presentes las amenazas. La que se considera como la poderosa corporación del petróleo o de los hidrocarburos, de la que participan los países árabes y especialmente los gigantes norteamericanos como Chevron y otros como Exxon, da una dura batalla para evitar el avance del plan hacia las energías limpias, o al menos para buscar ralentizarlo. Es que no hace muchos años llegaron a corroborar que lejos se está del agotamiento de las reservas de petróleo, gas y carbón, todo lo que hoy el planeta necesita dejar de utilizar para evitar en poco tiempo más un colapso más que grave. Lejos de agotarse, las reservas de estos recursos se han consolidado, dicen Guadagni y Cuervo, con lo que la amenaza “de cambio climático no se resolverá por el agotamiento de los recursos naturales energéticos”.

El libro, que cuenta con la colaboración de Jorge Lapeña a cargo del prólogo, por supuesto que se reserva una serie de consideraciones que todos los países debiesen tomar en cuenta al momento de elaborar y pergeñar sus políticas públicas como aporte necesario para mitigar los efectos de la emisión: por ejemplo, nuevos sistemas de construcción de viviendas, nuevos modos de transporte, otra forma de ocupación del territorio, una política energética diferente y, claro está, todo con el cuidado de los recursos naturales.

Un dato inquietante para el final: el pasado año 2023 resultó ser el más caliente de todos, desde que el mundo cuenta con registros fiables, por encima de los años de la pre revolución industrial. El planeta tuvo una temperatura de 0.12 grados centígrados superior a lo registrado y los meses de julio y agosto configuraron el punto caliente más alto. Entre el 2014 y el 2023, afirman los autores, la temperatura media se situó 1,2 grados centígrados por arriba de la década que precedió al período y, además de las precipitaciones e inundaciones que amenazan la producción de café, por caso, todo esto provocó que se elevara la temperatura de los océanos, también su acidez, el nivel de los mares y la extensión del hielo marino.