El capítulo ya no estaba. La protesta, sí.
El capítulo Ley de Tierras que había servido de argumento para convocar a una movilización frente al Congreso había sido retirado del proyecto de Ley de Propiedad Privada impulsado por el Gobierno de Javier Milei. Sin embargo, la marcha se hizo igual. Y terminó igual que tantas otras: con piedras, piñas, gases y una violencia que hace tiempo dejó de sorprender, aunque no por eso deje de preocupar.
No era la primera vez.
En diciembre de 2017, durante el tratamiento de la reforma previsional del gobierno de Mauricio Macri, el Congreso también fue escenario de una batalla campal. Toneladas de piedras contra el Parlamento, millones de cascotes desparramados por sus alrededores y una imagen que quedó como símbolo de aquellos días: la del “Gordo del mortero”, disparando bengalas explosivas contra las fuerzas del orden.
Entre una escena y otra hay casi una década de distancia. Cambiaron los gobiernos, cambiaron los proyectos de ley y cambió el signo político de quienes ocupan la Casa Rosada. El método, en cambio, parece inalterable.
Hasta ahí llega la política.
Después empieza otra discusión.
Porque hay un elemento bastante más inquietante que la propia violencia. Cuando la televisión entrevista a muchos de esos manifestantes, las respuestas suelen moverse entre la confusión y el desconcierto. No son uno ni dos casos aislados. Pareciera ser un patrón que se repite. Personas incapaces de explicar qué artículo cuestionan, qué modifica una ley o, directamente, por qué están allí. El delirio y el desquicio se florean en esos momentos de éxtasis de cierta oposición, intransigente, antisistema.
Es el punto de análisis donde todo empieza a tener relación con todo.
Quizás la Argentina lleve demasiado tiempo discutiendo sobre política sin detenerse a pensar cómo discute. O cuánto comprende de aquello que discute. La Argentina hace tiempo que discute más de lo que comprende. Un método, una marca que la identifica en el universo de las naciones democráticas. Una mancha que no la dignifica, pese a lo que algunos creen.
La calidad del debate público difícilmente pueda desligarse del nivel de instrucción y de formación de la sociedad. No se trata de asociar pobreza con ignorancia y ausencia de instrucción, una simplificación tan injusta como falsa. Tampoco de medir títulos universitarios. La pobreza existe y golpea con crudeza a millones de argentinos. Pero entre quienes protagonizan estas manifestaciones también aparecen estudiantes universitarios, militantes, profesionales, infiltrados, dirigentes sociales y sectores medios. Entonces, la desinformación pareciera atravesar bastante más que una condición social.
Muchos especialistas vienen investigando desde hace años esa crisis silenciosa. Una de ellas es Florencia Salvarezza, directora del Instituto de Neurociencia y Educación (INECO), quien insiste en vincular la alfabetización con algo bastante más amplio que aprender a leer y escribir: la capacidad de comprender el mundo que nos rodea.
En una entrevista concedida a La Nación en el 2024, conceptos que volvió a desarrollar en la última semana en Canal 13, Salvarezza también desarmó uno de los lugares comunes más repetidos alrededor de la educación.
“En las cuestiones educativas, hay un montón de vectores y factores que confluyen. Ahora, para aprender a leer, te tienen que enseñar a leer. Cuanto más desfavorecido es el niño por el factor cuna, cuanto menor es el nivel educativo parental, cuantos menos libros hay en la casa, cuanto menos expuesto estuvo a la lectura, se necesita un método de alfabetización todavía más estructurado.”
Y agrega un dato que ayuda a dimensionar el problema: “Hay un 5 por ciento de niños que aprende a leer más o menos solitos, a los 4 o 5 años. Hay un 20 o 25 por ciento que aprenden más o menos con cualquier método. A todo el otro 65 o 70 por ciento no le da lo mismo el método. Y a los más desfavorecidos de ese 70 por ciento, más necesitás del docente y de la escuela para licuar las diferencias de ingreso a la escuela para que, de salida de la escuela, tenga las mismas oportunidades que el niño menos desfavorecido”. Y remata con una definición tan breve como molesta: “Las escuelas de educación y los institutos docentes forman en una línea que no está basada en la evidencia”.
El tema de fondo excede largamente a la educación, pero pareciera comenzar por una falencia de la misma aplicada a la sociedad.
La famosa grieta está próxima a cumplir dos décadas. Lo que comenzó como una confrontación política terminó extendiéndose a otros ámbitos hasta convertirse, en muchos aspectos, en un fenómeno cultural. Por eso también se dice, con algo de razón, que la grieta es sobre todo cultural, también moral y ética. Dejamos de discutir ideas para discutir lo que creemos nos pertenece; de escuchar argumentos para repetir consignas; de intentar comprender para reaccionar. Los debates de fondo fueron remplazados por tanta mediocridad y tiros en los pies.
Todo tiene que ver con todo.
Salvarezza sostiene que cuanto más complejo es el punto de partida de un chico, más necesario resulta un método de enseñanza estructurado y apoyado en la evidencia. Tal vez la Argentina también haya confundido durante demasiado tiempo el método para discutir sus propios problemas. Cambian los gobiernos, cambian las prioridades y cambian las consignas. El método, demasiadas veces, sigue siendo el mismo: la simplificación, la descalificación y, en los extremos, la violencia.
Quizás la Argentina venga discutiendo desde hace veinte años las respuestas equivocadas. Tal vez antes de preguntarse cómo crecer, cómo distribuir, cómo reformar el Estado o cómo abandonar definitivamente la decadencia, deba hacerse una pregunta bastante más de fondo, y que interpela a todos: cuál es hoy su verdadero nivel de discusión pública y cuánto tiene que ver ese debate con el nivel de instrucción y de formación de la sociedad.
Todo tiene que ver con todo.
Y, al decir de Florencia Salvarezza, “la evidencia científica está del lado de los métodos estructurados”. Todo lo que le falta a la Argentina.
