En un encuentro celebrado en Shanghai, Elon Musk, el creador de Tesla y de Space X, el hombre más rico del mundo y que viene de ser elegido como la personalidad del año por la revista Time, vaticinó que “la inteligencia artificial (IA) hará que los puestos de trabajo no tengan sentido”. Según su mirada, todos los trabajos vinculados con la IA serán los mejores remunerados a partir del 2022 y, con el fundador de Alibaba, Jack Ma, aconsejó a los jóvenes del mundo que estudien Ingeniería, porque los profesionales de esa ciencia tendrán buena parte de su futuro asegurado.
Varios años atrás, en el 2018, el Foro Económico Mundial aventuró con carácter de sentencia irremediable –además de inquietante, que para el 2022, es decir, para el año que comienza en breve– el mundo podría perder alrededor de 75 millones de puestos de trabajo como efecto de la robotización de las cosas y el avance de la economía del conocimiento y las nuevas tecnologías. Por aquel tiempo el mundo todavía no tenía noticias de lo que se le vendría como padecimiento: el avance de una pandemia del nuevo coronavirus que aparecería hacia fines del 2019 en China y se extendería por el mundo entero, enfermando a más de 270 millones de personas y provocando 5,3 millones de fallecimientos. La pandemia, se cree ya con certeza, vino a agravar la situación de los empleos tradicionales que ya estaban seriamente amenazados y que podrían comenzar a desmoronarse o desaparecer desde el año venidero en adelante.
Pero, el Foro Económico Mundial de Davos, en su encuentro de comienzos del 2020, tampoco imaginaba los efectos devastadores de la pandemia del nuevo coronavirus en el informe, porque en la clasificación de las preocupaciones ciertas y probables que surgen de las encuestas entre los principales líderes y personalidades mundiales ni siquiera se la mencionaba. Aunque sí, ciertamente, se intuía como un peligro fuerte para la humanidad la aparición de enfermedades infecciosas varias, indiscriminadas, que podría afectar a las personas e impactar sobre la economía global.
El mundo está cambiando rápidamente, mucho más, incluso, de lo que los expertos podían llegar a intuir. El próximo encuentro del Foro de Davos se realizará entre enero y febrero, luego de que se suspendiera el encuentro de agosto de este año por la pandemia, precisamente, y que se había previsto llevarlo a cabo en Singapur, de manera presencial.
Pero, sin pandemia de por medio, el mismo Foro ya predijo que la automatización remplazará el 50 por ciento de la mano de obra de todo el mundo hacia el 2025. Algunas de las ocupaciones del momento se modificarán y seguirán siendo parte de lo que viene, otras se transformarán notablemente, otras mutarán por algo nuevo y otras desaparecerán. Aquellos estudiantes de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas están bien posicionados y mejor orientados para lo que viene o lo que ya está entre nosotros.
Junto con el problema del empleo y los de la economía, aparece en los fenómenos de riesgo, de acuerdo con los líderes globales, un variado menú de preocupaciones que atender y por el que cada ciudadano del mundo debiese poner las barbas en remojo. Por supuesto que, si la dirigencia no ve tales acontecimientos y se sigue rascando o mirando el ombligo, nuestra aldea (entendida como Argentina y con más cercanía Mendoza) no sólo corre peligro, sino que podría tornarse en intrascendente al perder el tren que mueve al planeta.
Para enero o febrero del 2022 –fecha prevista para el nuevo encuentro del foro– los integrantes del encuentro llegarán con un listado de preocupaciones y hechos que ya están provocando consecuencias graves. En el primer lugar de los temores aparecen las enfermedades infecciosas, según el 58 por ciento de los encuestados en el último foro. Le siguen las crisis de supervivencia (55%); el clima extremo (52%); el fracaso de la ciberseguridad (39%); la desigualdad digital (39%), que se evidenció y se puso de manifiesto durante el primer año de la pandemia no sólo en Argentina sino en el resto del mundo; el estancamiento económico prolongado (38%); los ataques terroristas (37%), apareciendo luego de mucho tiempo sin que se los advirtiera entre los temores más trascendentes como ahora; la desilusión de la juventud (36%), tan actual en estos últimos meses en el país ante un aumento desproporcionado de chicos que comienzan a dejar el país para trasladarse a otros en busca de un futuro más promisorio, porque, definitivamente, no han encontrado incentivos en donde nacieron; la erosión de la cohesión social (35%) bajo la forma de disturbios y de manifestaciones descontroladas y, por último, al daño ambiental de origen humano (35%).
Sin embargo, Argentina parece estar padeciendo una buena cantidad de aquellas amenazas que en el mundo se temen para el próximo año o quizás más adelante. El aumento de precios, entendido como la inflación; la crisis de las materias primas y el crecimiento de la deuda en el mundo son cuestiones y grandes problemas que en este país se han convertido, al menos, la mayoría de ellas, en estructurales y en cuestiones hasta patológicas a esta altura de las circunstancias.
El Foro de comienzos del 2020 había logrado identificar y plasmar en una línea de tiempo las variadas penurias que azolaron a la humanidad en un período de tiempo relativamente breve, como es el de 14 años. En el 2007, por caso, los fenómenos económicos y algunos de origen geopolítico y sociales concentraban el listado de temores a tener en cuenta. Desde el 2011 se sumó a esa lista, y al tope de todas, la preocupación por el ambiente, y de ahí en adelante fue creciendo el miedo al riesgo tecnológico en un sentido amplio. En el 2018, además de concentrarse en estudiar las consecuencias de las nuevas tecnologías sobre los oficios del momento, el foro puso la atención en los desastres naturales y advirtió que los propios líderes dudaban por entonces de que la humanidad fuera capaz de mitigar los desastres ambientales provocados por los cambios climáticos.
Y, como un viaje a una dimensión antigua que se creía superada, en los temores del foro reapareció uno tan antiguo y clásico como el de la proliferación de las armas de destrucción masiva que se identificó en los años 50, tras el fin de la II Guerra Mundial y con el desarrollo de la bomba atómica. Y, claro está, como en Mendoza, la crisis del agua y la de los recursos hídricos necesarios para la vida humana, pero también para la actividad económica y el sostenimiento de los animales y de la agricultura acentuó su presencia entre las prioridades a tener en cuenta para resolver, más temprano que tarde.
