Elijo creer. Suena bien en el mundo del folclore futbolístico. Más cabulero que cabalístico, funciona como excusa humorística para evitar enfrentarse a la realidad. Pero se torna peligroso cuando se convierte en el eje central de un discurso político e ideológico cuyo objetivo principal es negar la existencia de datos, información o hechos. Al contrario, busca pervertirlos mediante la relativización o el revisionismo.

Tiempos de desinformación, de fake news y de analfabetismo cultural y funcional. No es solo no saber; es peor: es no querer saber. Y, de ese modo, evitar el ejercicio intelectual de reconocer un error; de saberse equivocado. Es una zona de confort grupal en detrimento de la capacidad de discernimiento. Es camuflarse en el gentío y disfrutar del anonimato. La presunción de ignorancia.

El negacionismo se convierte en un mantra que se repite para pertenecer. “No hay pruebas”, asegura el kirchnerismo sobre la condena firme contra Cristina Fernández. No importa si los fundamentos de la sentencia tienen cien o seiscientas páginas. No las leerán. No les hace falta. No les interesa. Están convencidos de que es inocente y nada los hará cambiar de opinión. Entonces, la justicia, la investigación, la búsqueda de la verdad objetiva devienen abstractas. Y lo hacen saber con suficiencia. Es así, y de aquí no me muevo.

“Cambió por completo el concepto de la narrativa según el interlocutor. Pasamos de saber que cada uno puede tener su propia perspectiva a creer que no existe una realidad objetiva compartida. No coexisten perspectivas, sino directamente realidades diferentes”, explica Martín Hadis, escritor, investigador y doctor en Humanidades.

El debate y el intercambio de ideas se torna imposible. En tales casos, quien argumenta sin fijarse en los hechos, apostará a inventar una realidad paralela, ficcionada, salida de una usina desde donde baja una línea indiscutible.

No es una cuestión exclusiva del kirchnerismo. Tiene que ver con el populismo, por un lado, y con el desprecio por el pensamiento ajeno, por el otro. Tal vez incipientes, las reacciones de los fanáticos de Javier Milei muestran el mismo hilo conductor. Se pasó del “es más complejo” para evitar confrontar con la realidad, al “no pasa nada” para directamente negarla.

Allí se puede encontrar desde la investigación por el caso Libra hasta el ataque con estiércol a la casa del diputado José Luis Espert.

“Es un poco de caquita”, minimizan quienes estuvieron directa o indirectamente involucrados en el atentado. Y sentencian: “Es una contravención”. Así, sin siquiera tener el mínimo conocimiento de derecho penal, todos se alinearán detrás de esa idea. Y se aferrarán a ella como si fuese una verdad absoluta.

Hay allí una subestimación y frivolización del delito. La perversa intención de victimizar al victimario y denostar a la víctima.

O dirán que Javier Milei vendió YPF a potencias extranjeras y que por eso hay que pagar un juicio millonario que afecta la soberanía nacional. Una seguidilla de elucubraciones que tiene como objetivo maquillar los errores propios y potenciarlos como ajenos. Lavan culpas, esconden la basura y gritan eslóganes vacíos de contenido. Están a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Y hacen gala de su estupidez con una pedantería asombrosa.

Crean un mundo paralelo en el que, por ejemplo, el peronismo siempre luchó por los derechos humanos y creó la Conadep. O que los jubilados cobraban bien durante los gobiernos kirchneristas. O que la plata alcanzaba para llegar a fin de mes y ahorrar. O que antes sobraba energía, nafta y gas. O que la emisión no genera inflación. O que Alberto Fernández terminó con el machismo y la cultura patriarcal. Vivir en un permanente “Good Bye, Lenin!”.

“Cada uno alucina desde su posición. Un empleado estatal o una ama de casa tienen diferentes motivaciones. El primero, quizá para no perder su empleo; la segunda, porque se siente parte de una gesta épica, sin costo. Aceptan que un líder les dicte una cosmovisión entera: cómo pensar, cómo vivir, qué sentir”, reflexiona Hadis.

Valeria Groisman, licenciada en Comunicación y docente universitaria, en su libro Muteados, expone que “los fundamentos de la posverdad —ese clima cultural en el que probablemente estemos viviendo— no tienen nada de novedosos: siempre existieron la mentira disfrazada de verdad y la opinión como verdad revelada. Quizás la sorpresa sea la velocidad con que estas supuestas verdades se propagan sin control y lo difícil que resulta desmantelar las mentiras que, con artimaña, adoptan los supuestos de la verosimilitud (aun cuando nos empeñemos en descubrirlas)”.

Hay un discurso que los cruza transversalmente y los incluye en una movida de destrucción cultural desplegada a nivel mundial, que, si bien venía ganando terreno en diferentes ámbitos (académico, artístico, político) a través del movimiento conocido como wokismo, explotó el día en que la organización terrorista Hamás atacó el sur de Israel, asesinó a 1.200 personas y secuestró a centenas. Era la señal esperada. Ese día —el 7 de octubre de 2023— hubo un cambio radical. Ese día, cuando justificaron crímenes, violaciones, mutilaciones y todo tipo de vejámenes, se radicalizaron.

Aquello de libertad, igualdad y fraternidad fue utilizado, paradójicamente, para erosionar a los gobiernos democráticos y bramar por una intifada global, que no es otra cosa que prender fuego todo y provocar un caos absoluto en la civilización occidental.

Si bien no es una movida que haya surgido en Argentina, ese discurso se vio potenciado; básicamente, porque durante décadas nuestro país fue un exponente del acceso masivo a la educación. Ese acervo cultural, resultado de quienes formaron parte de la Generación del ’80, comenzó a deteriorarse a mediados del siglo XX y encontró su punto crítico en los últimos 20 años, donde la degradación fue total. Ganó la barbarie.

“La mentira, a través de la deformación o de la omisión —es decir, del negacionismo o de la apropiación de la identidad y del pasado ajenos—, puede volverse un recurso o arma política. La mentira tiene patas cortas, pero tiene patas. No triunfa, pero camina. La efectividad de la mentira consiste en que quienes mienten o reproducen la mentira son los primeros en creer sus propias mentiras. El mentiroso logra convencer porque, ante todo, cree aun sabiendo que miente”, expone la socióloga Lina Szwarc.

“Se pasó de Les Luthiers a L-Gante”, dice Hadis, como ejemplo cabal e irónico para entender el derrotero.

Es un relato que ofrece la crispación y la violencia como hazaña, y que desprecia por completo el Estado de derecho. Desestima las normas, cree estar por encima de las leyes y dinamita los principios del contrato social. Pero va más allá: no solo menosprecia acontecimientos históricos; los tergiversa, los trivializa y los reinventa, según su conveniencia y con la certeza de que nadie se animará a ponerlo en duda. Y, a partir de allí, crea enemigos imaginarios: medios hegemónicos, potencias imperialistas, judíos, sionistas.

No es una casualidad. No fue azaroso que, once años atrás, en una marcha por las calles de Gaza, los manifestantes hayan levantado una bandera con las caras de Hugo Chávez, Hassan Nasrallah y Cristina Fernández. El antisemitismo suele ser un denominador común en las páginas más oscuras de la historia. Esta vez, como propaganda del islamonazismo o de la denominada causa palestina. Con una reversión: el antisionismo.

Le atribuyen al movimiento político y social que creó el Estado de Israel características sobrenaturales y paranormales. “El sionismo esto, el sionismo lo otro”. Y pululan las teorías conspiranoicas. “El sionismo controla todo”. Es un eufemismo para evitar decir “judíos”, pero de a poco se van animando a blanquearlo.

La judeofobia tiene propiedades confesionales. Odiar al judío es, para estos grupos, una forma de expiar culpas y miserias. Depositar en otro las frustraciones propias.

“Un antisemita es, ante todo, un creyente, no un pensador; y jamás va a lograr conciliar el creer con el pensar, porque hacerlo significaría reconocer sus propias carencias. El acto de mentir/mentirse del antisemita es un acto de comodidad”, señala Szwarc.

Lo que ocurre con Eduardo Elsztain es el prototipo el antisemitismo clásico. Aparece en el radar como el depositario de ese odio. Es uno de los principales empresarios argentinos y allegado a la presidencia. No se lo cuestiona por su desempeño como tal; si es bueno o malo es casi secundario. Pero es judío. Y eso lo convierte, en esa lógica, en una suerte de titiritero que maneja los hilos de la política nacional. Así “razonan”.

Un perfil random en la red social X escribió —y luego borró— hace dos semanas que la cercanía de Milei con la comunidad judía podía generar más antisemitismo. Una especie de “algo habrán hecho” y una evaluación negativa que no se hace con ninguna otra colectividad.

“Lo que presenciamos no es una colección dispersa de prejuicios ni una reacción espontánea a la política israelí. Es un evento antisemita masivo: un fenómeno colectivo y pautado que se despliega en los medios de comunicación, las instituciones y el discurso público. Podríamos llamarlo un ritual de búsqueda de chivos expiatorios acelerado digitalmente, en el que el judío se convierte una vez más en la barrera simbólica para la redención del mundo”, escribió Adam Louis-Klein, estudiante del doctorado en Antropología de la Universidad McGill.

Además, lo pone en contexto: “Las redes digitales permiten que la difamación, el rumor y la indignación circulen instantáneamente. Pero se aplica la misma mecánica subyacente: surge una noticia, se culpa a los judíos, se incita a las multitudes y las instituciones se quedan de brazos cruzados o amplifican el proceso”.

Las redes generan eso. Son un instrumento formidable para informarse, pero también una caja de resonancia de la desinformación. Allí, la creatividad, la perspicacia y la inteligencia no son atributos exclusivos para atraer audiencia. Y cualquier premisa, por idiota que parezca, puede penetrar masivamente. Y se da el fenómeno que Umberto Eco definió como “la venganza de los imbéciles” o “la invasión de los idiotas”.

Por caso, la exdiputada Vanina Biasi pidió por una “Palestina libre, laica y socialista”. Semejante postulado, en el mundo árabe y encima en boca de una mujer, podría traer consecuencias letales. Pero ahí está, dándole la razón a Eco y apoyando a Irán, un país responsable de cometer los atentados terroristas más sangrientos de la historia argentina.

O, tal vez, como afirma Hadis, “la mercantilización del diálogo” haga que Biasi y toda su runfla saquen algún beneficio de lo que publican.

Vacían de contenido términos como genocidio, derechos humanos u Holocausto. Desconocen por completo la lógica de Medio Oriente y de quiénes son sus protagonistas. Tampoco les interesa aprender. Sienten repulsión por los datos y por las evidencias del pasado. Eligen creer. Y lo hacen a través de la violencia. Están siempre con bronca. Resentidos. No tienen humor. No se ríen. Lo aborrecen. O no lo entienden. Son literales. Quizá porque la comedia, el sarcasmo, la parodia y la ironía son atributos de la civilización occidental. Y ahí está su enemigo.