En todos los grupos de niños, niñas y jóvenes, hay tensiones, conflictos y peleas. Los conflictos son parte de la vida. No hay que asustarse de ellos, porque los podemos reconocer, abordar y llegar a un acuerdo juntos. De hecho vemos que los chicos y chicas, después de pelearse, muchas veces, se vuelven a amigar, usando la palabra, el diálogo y la reflexión.
Los conflictos son normales, pero el Bullying no es normal, es una violencia silenciosa que no debería existir, causa sufrimiento a las víctimas y deshumaniza a los agresores.
Ustedes, como nosotros, se preguntarán:
- ¿Cómo evitar que se produzca el bullying?
- ¿Cómo prevenirlo?
- ¿Qué debemos hacer los adultos para evitarlo?
- ¿Cómo formar a las nuevas generaciones para que descubran otros modos de relación, donde se respete al otro en su diversidad?
1. Empecemos dando el ejemplo
Si un niño es maltratado aprende a maltratar, si un niño es amado, aprende a amar.
Nuestros hijos e hijas, absorben inconcientemente los modelos de relación que viven en la casa. Las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, predispone a los chicos o chicas, para ser agresores o para ser víctimas.
Entonces, valoremos a nuestros hijos e hijas; aceptémoslos en toda su persona, con sus rasgos físicos y psicológicos, creyendo en sus potencialidades. Así se sentirán valiosos, y no serán presas fáciles de los agresores.
Enseñemos con nuestra conducta el respeto por el otro, porque tiene igual dignidad que nosotros, aunque piense distinto, aunque no compartamos sus gustos de música, de ropa, etc. Así nuestros hijos e hijas, sabrán incluir en sus grupos al inmigrante, a las personas con alguna discapacidad, al compañero nuevo, etc.
En cambio, si los adultos miramos a los demás con soberbia, nuestros hijos e hijas serán soberbios, se creerán superiores a los demás; si nos reímos del que tartamudea, enseñamos a burlarse de los demás.
En la familia, en la escuela, en el club, podemos aprender nuevas formas de relacionarnos entre nosotros, que sean más asertivas, empáticas y colaborativas. Es un proceso lento, pero se verán los frutos. Veamos algunas técnicas simples para practicar en todas las edades.
2. Trabajar las emociones
“Me gusta la gente sentipensante, que no separa la razón del corazón, que siente y piensa a la vez. Que no divorcia la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón” (Eduardo Galeano)
- Reconocer las propias emociones que sentimos en el momento presente: miedo, rabia, tristeza, amor, alegría. Observar cómo se manifiestan en nuestro cuerpo: dolor de estómago, dificultad para respirar.
- Expresar eso que sentimos, de una forma adecuada. Esta es una forma de prevenir la violencia, porque “cuando las emociones no se expresan en forma apropiada, ellas se actúan”.
- Una técnica útil: el “lenguaje yo”. Consiste en expresar, en primera persona, qué sentimos, o cuáles son nuestros deseos, sin acusar a los demás, sin agresividad, de un modo constructivo. Sobre todo necesitan practicar esta técnica los niños y jóvenes más callados, los que pasan desapercibidos.
Algunos ejemplos de “Lenguaje yo”: “Estoy enojado porque encontré mis útiles tirados”, “Estoy contenta porque me fue bien en la prueba”, “Necesito un espacio propio”.
No es fácil reconocer los propios sentimientos, no estamos acostumbrados. Es más fácil hablar de los otros, que de nosotros mismos.
Ahora damos un paso más.
- Las emociones son consecuencias de los pensamientos: si me da rabia ver mis útiles tirados, es porque pienso que alguien lo hizo a propósito. Pero ¿estoy seguro, segura de eso? Quizá no fue intencional, quizá alguien sin darse cuenta los tiró. Entonces me relajo, ya no siento tanta rabia. Cambiando el pensamiento, cambian los sentimientos y emociones. Ver la realidad con otra perspectiva, cambiará mis emociones y cambiaré mis actitudes hacia los demás.
¡Es un avance en el autocontrol!
3. Marquemos la cancha
Cuando jugamos un juego, lo primero es conocer las reglas, si no, es imposible jugar. También en las relaciones con los demás, debe haber normas: hay conductas que no se deben permitir, y otras que están permitidas, porque facilitan la convivencia y el logro de nuestros objetivos: aprender en clase, divertirnos en el patio.
Si no establecemos normas claras en nuestras instituciones, escuelas, clubes, familia, surge la confusión, y dejamos vía libre, para que niños y jóvenes expresen su agresividad de forma impulsiva, descargándola hacia compañeros y compañeras.
Si las normas son claras, los chicos y chicas sabrán a qué atenerse, al interactuar, ya sea en la presencialidad, o en la virtualidad, a través de las redes sociales. Es decir, las normas dan un marco de seguridad y tranquilidad en sus interacciones. Además, les permiten desarrollar la responsabilidad sobre sus propios actos. Las normas deben ser pocas y breves, y lo mejor sería que los mismos chicos y chicas participen en la elaboración de ellas, para sentirlas como propias y así cumplirlas sin necesidad de una autoridad, que se las recuerde.
Las normas deben apuntar al respeto por el otro, aceptando sus diferencias. Y en estos tiempos de pandemia, al cuidado de sí mismos y del otro, en todo sentido, en relación a la salud física y emocional de todos, sin excluir a nadie.
Los adultos somos responsables de velar para que se cumplan las normas, que no queden sólo en el papel. Eso incluye que, si alguien no las cumple, debe asumir su responsabilidad, y reparar el daño provocado.
Desde ABUME, estamos comprometidos en esta tarea tan necesaria, de prevenir el Bullying, y esperamos contar también con ustedes, queridos lectores.
Prof. Esp. Laura C. Sevilla
Miembro de ABUME (Asociación Bullying Mendoza)
