Si el gobierno nacional de Javier Milei celebra abiertamente el acuerdo comercial alcanzado entre el Mercosur y la Unión Europea, en Mendoza las expectativas vuelan alto. El optimismo se explica por el impacto altamente favorable que se espera para el agro y la agroindustria una vez que el pacto entre en vigencia, probablemente a mediados de 2026.
Mendoza es el principal productor y exportador del país de vino, ajo, durazno, orégano y ciruelas disecadas, todos productos que quedarán fuera de los aranceles que hoy impone Europa a sus importaciones. El último en incorporarse a ese beneficio fue la ciruela, que dejaría de tributar un gravamen del 9,6 por ciento. La negociación fue dura y compleja, no sólo en este caso sino en general, debido a la férrea oposición que Francia mantuvo de manera sostenida frente al acuerdo. Finalmente, superada la votación favorable al nuevo espacio comercial, aprobada por mayoría, “Mendoza logró incluir todo lo que necesitábamos para mejorar nuestra posición exportadora con la UE”, expresó Mario Lázzaro, especialista en comercio internacional y exgerente de ProMendoza, la agencia exportadora de la provincia.
Hoy, la participación de Europa en las exportaciones mendocinas apenas ronda el 5 por ciento, con España como principal destino. El último dato anual consolidado corresponde a 2024, cuando la provincia exportó unos 164 millones de dólares hacia ese continente: 96 millones al Reino Unido —ya fuera del acuerdo—, 40 millones a España y 28 millones a Francia. En un contexto de caída general de las ventas externas, el primer semestre de 2025 no mostraba a ningún país europeo como destino relevante de los productos mendocinos, con la única excepción del Reino Unido, que había adquirido vino por unos 38 millones de dólares.
Las expectativas, sin embargo, son buenas. Se percibe un optimismo marcado y un entusiasmo renovado en los sectores productivos y, claro está, también en el gobierno provincial, como respuesta al opaco estado de situación que arrastra Mendoza desde hace varios años. El año pasado, la provincia creció menos que el promedio nacional, afectada por la caída de la producción petrolera y de la industria en general, con el vino encabezando la lista negativa. Hubo, eso sí, una leve y débil recuperación en el comercio y en el rubro hoteles y restaurantes.
Un dato, no obstante, aparece como una señal alentadora en los análisis del IERAL y su sede mendocina: a contramano de lo ocurrido en otras provincias, en Mendoza creció la masa salarial privada y mejoró su poder adquisitivo en la comparación nacional, impulsada en buena medida por el sostenimiento de la obra pública, en contraste con el recorte aplicado por el gobierno de Milei a nivel nacional. A estos indicios se suma la expectativa de mejoras concretas con la puesta en marcha de la mina de cobre en Uspallata, cuya construcción del yacimiento está prevista para comenzar hacia fin de año. El acuerdo con la Unión Europea viene ahora a aportar lo suyo, especialmente para el agro y la agroindustria.
Puede decirse que Mendoza —y la Nación— se mueven desde la llegada del gobierno libertario al ritmo de una promesa: la de un mejor vivir una vez que la macroeconomía logre acomodarse. Un proceso que, mientras tanto, profundizó los padecimientos sociales y económicos de una Argentina atrapada en el fondo de la olla. A diferencia de los años inmediatos previos a fines de 2023, hoy parece imponerse un sentimiento colectivo, o al menos mayoritario, que reza: “que el sufrimiento valga la pena”.
Según el IERAL, las exportaciones cayeron un 7 por ciento entre 2024 y 2025. Con menos ventas al exterior, se recaudó algo menos que el promedio nacional, aunque se logró revertir una tendencia claramente negativa por otra más auspiciosa, que empieza a manifestarse en mejores ingresos, salarios algo más robustos y una leve recuperación del empleo privado.
El acuerdo con la UE establece que el 70 por ciento de los productos agropecuarios ingresará al mercado europeo sin aranceles; un 14 por ciento tendrá una desgravación gradual y un 15 por ciento contará con un arancel reducido. El entusiasmo provincial —y el del conjunto de la agroindustria nacional— se apoya en las características particulares de los productos argentinos, que los vuelven más competitivos frente a sus pares europeos.
En Mendoza, el ministro de Producción, Rodolfo Vargas Arizu, detalló algunos de los beneficios durante el seguimiento de las últimas instancias del acuerdo. “Nosotros combatimos la peronóspora con una o dos curaciones; en Europa necesitan al menos veintidós por año. En el caso de la aceituna y el aceite de oliva, tenemos mucha más productividad por hectárea: entre 8.000 y 10.000 kilos a los diez años, mientras que en la cuenca del Mediterráneo —que concentra el 70 por ciento del mercado— el rinde es de 4.000 a 5.000 kilos”, explicó. Y añadió: “Si nos sacáramos de encima la alta presión impositiva y se mejorara el costo argentino, volamos. Por eso la oposición francesa frente a nuestros productos, que son más competitivos”.
Son tiempos atravesados por expectativas en medio de la incertidumbre, el temor al pasado y al riesgo de que las promesas de mejores tiempos terminen diluyéndose. En ese contexto, el desafío para los gobiernos es enorme, en particular para el de Milei: ¿cuánto más podrá sostenerse la esperanza de quienes confían —y que por ahora son mayoría— sin resultados contundentes? ¿Por cuánto tiempo puede mantenerse con vida el pedido de paciencia? ¿Alcanzará con una inflación relativamente contenida y un tipo de cambio bajo control? La nueva fase en marcha exige efectos concretos, medidos en empleo y salarios de calidad, y la activación de un mecanismo de desarrollo de gran escala que demuestre, a quienes se aferran a la idea de que “el esfuerzo valga la pena”, que no se equivocaron.
