El fusilamiento autoinfringido por Cristina Fernández de Kirchner, o suicidio político confirmado este martes por la Corte Suprema de Justicia ya sobre el ocaso de su larga carrera como protagonista excluyente de la vida institucional del país, terminó también con una etapa de la Argentina para dar vida a una nueva configuración de las cosas, de casi todas las cosas se podría decir sin temor a exageraciones.
A la ex doblemente presidenta del país nadie la proscribió, ni tampoco nadie la sacó del habitual y saludable juego electoral conseguido por la sociedad argentina desde 1983 en adelante, tras la oscura noche de la dictadura. Sí lo fueron sus actitudes, sus decisiones, sus vicios, su opaco e irregular manejo de los bienes públicos bajo su control mientras ejerció casi la suma del poder público en un proceso que bien se puede decir terminó avergonzando al país iniciado por su esposo, Néstor, en aquel lejano 2003 y por más de veinte años, contando aquel tiempo en los que el kirchnerismo jugó como opositor tirapiedras y andar destituyente, más que un actor que pudo haber enriquecido a la democracia y a la república.
La resolución de la Corte ratificando todo el proceso que culminó en la doble condena por corrupción deliberada en el servicio público en contra de la ex presidenta y actual titular del PJ ha sido de tal impacto que genera un antes y un después en la vida y la historia política moderna del país.
Por supuesto que sume, pareciera, en un cataclismo demencial a la principal fuerza de oposición nacional; aunque tales cimbronazos, extraordinarios, también pueden tomarse como oportunidades caídas del cielo, también inesperadas, según puedan asumirse las crisis. Pero el peronismo nacional, como el provincial, no pudieron, no supieron o no quisieron buscarle vías de escape al sobrecogedor poder K, al punto que hoy coloca a todo el movimiento, a sus dirigentes y por contagio a buena parte de su militancia ante un callejón sin salida.
La onda expansiva modifica todo lo que venía establecido y hasta los planes del propio oficialismo nacional, probablemente. Porque no es lo mismo preparase o ya estarlo para una contienda electoral asumiéndose como el abanderado antikircnerista de toda la oferta política en curso, que llegar al momento del examen con la amenaza k convertida en una historia del pasado.
Con Cristina Fernández de Kirchner fuera de juego, Milei está obligado a rearmar su discurso y relato y ahora sí ocuparse en detalle y con más cuidado de lo que su gestión está ofreciendo con la esperanza de que sea precisamente su carta de presentación y salvación más que un mero tapón a un estilo o sistema de gobierno, por el populismo k del reciente pasado, ya sin su referente al frente y sin la posibilidad de representar nada a excepción de una figura o imagen de aliento, inspiración o de ánimo desde la prisión domiciliaria. No mucho más.
Por supuesto que Fernández de Kirchner ingresó a su flamante estado de prisión con ese discurso flamígero frente a la sede del PJ nacional sin un mínimo de aporte, ni siquiera el último, a la cordura o a un llamado a la no violencia. Todo lo contrario. Sin clase, ni modos, perdió la oportunidad para redimir algo de su imagen hacia la historia futura. El resentimiento dominó sus palabras como aquellas palabras que ofreció antes de ser condenada en primera instancia. Fuera de control y de quicio, características que ha dejado como herencia en los modos y las formas de los sectores más radicalizados que ayer la apoyaban y la vitoreaban frente a la fachada del PJ. Quizás por ese lado se manifieste la estela que dejará por algún tiempo, como una marca imborrable de un tiempo o una era febril, ardiente, apasionada que caracterizó a la Argentina gobernada por una persona afectada por una obsesión patológica por el poder.
La decisión de la Corte ha sido un empujón de aliento para un país que ha penado y sufrido por administraciones de gobierno que no hicieron otra cosa que estafar deliberadamente a su sociedad. Hay un mensaje, posiblemente, hacia los representantes de los poderes de turno, al de la nación con Milei y al de las provincias. El fallo ha ido en dirección de un reclamo colectivo por vivir en un país que le apunte a la seriedad y a no perder la confianza en sus instituciones que son las que apuntalan la república y la democracia. Una bocanada de oxígeno y aire fresco que para muchos era tan necesaria como inesperada.
Ese país que se pensó hacia el fin de la dictadura y aquel que volvió a manifestarse en medio de la crisis institucional, política, cultural y económica del 2001/2002, posiblemente es el mismo que esperaba un fallo judicial del más alto tribunal de Justicia en la dirección del que firmaron Ronsenkrantz, Rossatti y Lorenzetti. Porque las demandas no han sido sólo económicas, también morales. Y ahora Milei, en el nuevo escenario alumbrado, tendría que comenzar a prestarle más atención a un combo de urgencias integral con epicentro en las realizaciones que prometió.
En el horizonte no parece haber una amenaza de populismo a la vista como el que representaba Fernández de Kirchner, porque no emerge al menos en un tiempo inmediato alguien competitivo y representativo de lo que ha sido. Un argumento electoral menos que le jugaba a su favor. Ahora son sus acciones, su gestión, sus medidas y las consecuencias de la administración de gobierno lo que empieza a tallar y el presidente y el espacio con el que llegó están más que expuestos.
