En su discurso del jueves ante la Asamblea Legislativa, el gobernador Alfredo Cornejo, fue y volvió en varios pasajes entre los objetivos que se había planteado su primera gobernación del 2015 al 2019 y lo que hoy ha puesto en juego desde que volvió al poder a fines del 2023. El juego fue permanente y no pasó desapercibido ese sobrevuelo sin referencias casi de lo hecho por Rodolfo Suarez, el otro radical del ciclo, para acentuar y fijar la atención de todos en el demorado horizonte del crecimiento y desarrollo al que está invitando alcanzar potenciando el vino, como la marca insignia de exportación, acompañado ahora sí de un plan de exploración y explotación de cobre a gran escala que podría ubicar a Mendoza como el primer productor nacional del mineral más demandado por el mundo que marcha hacia la transición energética.
Promediando el mensaje, Cornejo dijo que su primer ciclo se había adelantado a todo lo que hoy está en boga en el país con el ordenamiento del Estado, basado en el ajuste y el control del gasto, y la distribución de los ingresos bajo criterios prioritarios específicos. Sin alusiones tampoco al gobierno nacional de Javier Milei, de igual manera Cornejo intentó dejar en claro que aquella primera incursión alcanzó –o buscó, antes que nadie– el orden fiscal general del Estado para dar estabilidad, brindar cierto grado de tranquilidad en el manejo de las cuentas públicas, generar previsibilidad en aquella dirección asumida por la provincia casi diez años atrás y establecer seguridad jurídica para emprender negocios de todo tipo. Fue una descripción caprichosa de parte de Cornejo para apoyar y justificar desde allí lo que minutos más tarde sobrevendría de su parte, la etapa del progreso que invitó a transitar.
Hace muchos años, desde el 2011 cuanto menos según una medición reciente del CEM, que Mendoza se mueve sobre una meseta con cierta pendiente hacia abajo que no deja conforme a nadie. La riqueza de los mendocinos medida en ingresos per cápita es un 15 por ciento menos hoy de lo que era en el arranque de la segunda década del nuevo siglo. En el período, la generación de empleo privado y registrado apenas fue del 3,5 por ciento y el poder del salario se desplomó junto con la calidad de vida de los mendocinos. No obstante, en el 2024, el primer año de la era Milei en la que el país sufrió la pérdida de más de 107 mil empleos privados, Mendoza pudo mostrar un aumento de más de 3 mil, algo que fue señalado en el discurso del jueves pasado.
Cornejo ha puesto a jugar una nueva consigna para su gobierno que lo acompañará según parece hasta el final de su mandato, y lo marcará para la historia por venir que se contará con el tiempo, ya fuese por lo bueno o por lo malo que emane de ese lema hecho consigna, de lo que se presenta como “la casa del orden y la casa del progreso”.
Años atrás, en el 2018, cuando se acercaba al cierre de su primer mandato, Cornejo había lanzado “la revolución de lo sencillo” que resumía en todo aquello que se estaba haciendo para que el Estado se ocupara de las cosas propias e ineludibles, que cumpliera los objetivos mínimos y básicos, y que a la vez fuera efectivo. Un recuerdo lejano que se pierde en la mediocridad en la que ha navegado Mendoza, acompañando la debacle nacional. Porque si bien el ajuste del 2015 y de ahí en adelante, pudo haberse diseñado obligadamente por la falta de recursos, pero como reforma necesaria para convertir a un Estado ineficiente en un socio potable para la expansión de los privados, en una plataforma de servicios, en los hechos quedó sumido en el mejor de los casos en la intrascendencia por no poder zafar del derrumbe nacional, a lo que sumaron los efectos perniciosos de la pandemia.
Ahora, cuando asoma el ocaso del segundo e inédito ciclo para un mismo gobernador y cuando la oposición ha comenzado a machacarlo con un fin de ciclo sin nada para festejar, Cornejo redobla la apuesta –“doble contra sencillo”, diría– para romper con ese mito que sostiene que hacer minería en Mendoza junto y a la par del histórico, tradicional, otrora poderoso sector vitivinícola y actualmente insuficiente, es un imposible. El yacimiento de cobre Proyecto San Jorge, de Uspallata, tiene una larga historia, pero había alcanzado su mayor grado de conocimiento en el 2011 cuando teniendo todo para ser aprobado por la Legislatura y para comenzar su construcción la política decidió detenerlo y suspenderlo en plena campaña electoral. Los peronistas y los radicales de entonces fueron los responsables de hundir un proyecto que podría estar hoy en plena producción. Más tarde, en el 2019, Rodolfo Suarez encararía la reforma de la ley antiminera 7722 entre las sombras con la anuencia, otra vez, de toda la clase política. Sin explicaciones previas, sin transparencia, en el secretismo más absoluto, se avanzaba manu militari buscando lograr por la fuerza lo que no había. ¿Y qué no había? Licencia social extendida, claramente, para explotar la minería en aquellos territorios con recursos y aceptación local para avanzar. Tampoco hubo una decisión política fuerte y convincente para persuadir a la ciudadanía de todo lo que hoy pareciera ser que se está construyendo.
Nadie fue tan lejos como Cornejo cuando el jueves tomó la piedra con óxidos de cobre, la botella de vino y el vaso de agua presentando la nueva trilogía con la que se podría distinguir Mendoza en el país y en el mundo. Y con eso decidió atar definitivamente la suerte de su gestión y de todo el ciclo al nuevo mantra.
Con esa alusión al orden y progreso, Cornejo pudo haber buscado además unir su gobierno a toda esa significancia con la que Milei quiere representar su gestión en la nación. Consciente o no, buscado explícitamente o no, pareciera que Cornejo quiere dejar sentado que lo anima el principio filosófico del positivismo, de todo o de parte de lo que inspiró a la Generación del 80 en el país dejando como recuerdo esa huella a la que Milei hace referencia de forma constante. Y por eso Cornejo dice que en Mendoza se empezó antes con el orden (estabilidad, ordenamiento del Estado, seguridad jurídica, previsibilidad) para abrirle la puerta al progreso compuesto por el desarrollo, el crecimiento, la prosperidad, la evolución. Esos fueron los principios de la generación que a fines del siglo XIX logró colocar a la Argentina entre las principales potencias del mundo. La esperanza y la construcción del futuro, como contraposición a la mala onda y la negatividad del pasado.
