Javier Milei y Alfredo Cornejo.

Una especie de convergencia política –no de la económica y de la que suele hablar mucho el presidente–, es la que podría darse en la provincia en el 2025, para cuando llegue la temporada electoral y en Mendoza choquen esos dos modelos, esas dos visiones que se tiene del Estado, aparentemente encontradas, entre la dirección que le ha dado o impreso el gobierno de Alfredo Cornejo, con la de Javier Milei en la nación. Más claro: dos líneas controvertidamente diferentes si se quiere, podrían tender a unirse si en caso se mantuviese el mismo fenómeno de aceptación que el elector mendocino tiene hoy de ambas administraciones al momento en que ese mismo elector tenga que elegir y decidir en concreto y sobre la realidad.

Es probable que tanto Cornejo como Milei hayan explorado ya o estén en el camino de la búsqueda de un acuerdo, de un pacto electoral que los deje conformes y tranquilos para evitar una conflagración que podría darles más amarguras que beneficios. Pero claro, para evitar desmarques en el territorio hacia abajo, actos de rebeldía o movidas de insatisfacción que seguramente aparecerán quizás con más claridad en el campo de los libertarios, los dos se tendrán que esforzar para persuadir de que lo mejor será contar con algunos pájaros en mano que los cien volando. Difícil tarea desde ya, como todo, cuando se percibe ese movimiento turbulento detrás de los recambios naturales, vegetativos y generacionales que serán especiales en el universo de los radicales; y de una euforia y desmesura incontenible en el que parece estar sumido el mundo libertario, aunque hacia fuera pocos sepan quiénes son, dónde están y de quién o de quiénes se trata.

El 51,3 por ciento de mendocinos que aprueba la gestión de Milei en la provincia, con ese 47,2 por ciento que hace lo propio con la de Cornejo –datos de octubre que acaba de difundir la consultora Martha Reale sobre un sondeo entre 1.200 consultas en el Gran Mendoza, San Martín y San Rafael–, explica el camino hacia el necesario acuerdo aunque ambos estén transitando caminos diferentes, estrategias distintas y decisiones diametralmente opuestas en algún caso –como en la visión que tienen del Estado y su rol en la organización social–, pero detrás del mismo objetivo y fin según dicen. Esto último es lo que la mayoría de los mendocinos puede estar interpretando y aprehendiendo al menos hasta ahora: los dos usan métodos y formas diferentes y hasta discursos y relatos distintos; ambos cuentan con una idea de funcionamiento del Estado y pensamiento sobre el rol del mismo ubicado en las antípodas de su lógica de hacer política y de ejercerla; pero ambos, así y todo, han logrado al menos hasta hoy ser preferibles mayoritariamente por los mendocinos.

Y a medida que transcurre el tiempo y las administraciones de ambos se van afianzando, de manera mucho más clara y nítida aparece en la superficie todo lo que los separa, pero afirmando en sus relatos que se conducen hacia el mismo destino. Cornejo suele decir, desde su mirada, que Milei está bien enfocado, aunque vive cometiendo errores y que cae en recurrentes malas praxis. Y Milei pareciera encontrar en Cornejo, pese a la inocultable desconfianza que le provocan los nativos de la política –y Cornejo lo es–, un socio dialoguista al que entiende como medianamente razonable para su vara, con quien poder entablar una negociación con supuestos mínimos de certeza y cumplimiento.

Podría ser paradójico: el universo de los dos modelos que expresan y en el que se mueven es marcadamente antikirchnerista, demoledoramente crítico del populismo, uno elegible para la nación y otro para la provincia; y ambos coinciden en tener una visión diferente respecto del Estado. Y es de esperar, como ya se ve con el presupuesto que presentaron al Congreso y la Legislatura, que acentuarán esos detalles hasta la teatralización de lo que entienden tiene que hacer el Estado; todo lo que los separa y los une a la vez.

Para Milei, ese Estado, en el que dice no creer, no puede hacer nada; viene de afirmar en Mar del Plata, en el cierre del coloquio de Idea, que no se espere nada del Estado que preside porque no dará nada, en especial a los empresarios si es que están esperando algo de él, con la excepción de garantizarles “un terreno de juego liso”. Sobre ese discurso en Idea: como pocas veces se lo vio a un Milei tomar distancia de lo que tenía escrito, sacarse por unos segundos los lentes, mirar a los ojos de una platea de ejecutivos, hombres y mujeres líderes en sus empresas que quizás esperaban otra cosa, para decirles que ya no hay tienen excusas para arriesgar e invertir a su costo, generar riqueza y copiar todo lo que hay en el mundo con ese fin: “La rueda está inventada, hay traerla y usarla nada más (…) El crecimiento se va a dar cuando ustedes decidan ponerse al hombre el rol de emprendedores y salir y ganar el mercado que es lo que nos va a traer prosperidad a todos”.

Cornejo, por su lado, se aferra a las herramientas extraordinarias con las que ha encarado su segundo mandato: un clima de fin de época, en primer lugar, de todo aquello a lo que se enfrentó en los últimos quince años de vida política, y que lo ha favorecido al menos en el campo del discurso, de la retórica y el de la conversación pública a la que suele hacer referencia. En segundo lugar, quién lo duda, los 1.023 millones de dólares del Fondo de Resarcimiento de la Promoción Industrial, ex Portezuelo del Viento, del que ya está haciendo uso, ubicando al Estado que le ha tocado en suerte administrar al frente de la conducción y la dirección que tomarán para ser invertidas las últimas joyas a disposición.

Lo que diferencia a los dos modelos de gobierno, es lo que el mendocino medio encuentra como atractivo y preferible. Claro que ambos se estarían beneficiando de la soledad en la que caminan. Y sólo la explosión o el advenimiento de un enfrentamiento entre ambos, el que probablemente Cornejo y Milei están intentando evitar mirando hacia las legislativas del 2025, podría amenazarlos.