El presidente Javier Milei en la Asamblea Legislativa.

El sábado por la noche, durante un pasaje de la apertura de la Asamblea Legislativa, el presidente Javier Milei tomó prestados retazos de un histórico discurso de Winston Churchill y lo acomodó a los tiempos de estas pampas. Copió el modelo, en realidad, y le puso un toque argento. Bastante ostentoso, si se quiere, teniendo en cuenta que el primer ministro británico, héroe en lucha contra el nazismo, difícilmente hubiese promocionado, difundido o sugerido una estafa. Aunque, con seguridad, hubiese sido un excelente tuitero; uno muy divertido de seguir. 

¿Mostró algo nuevo Milei en el Congreso? La verdad que no. Hay gente asombrada porque el mandatario gritó, se cruzó con un diputado nacional, aduló a sus ministros, hizo juegos de palabras de carente creatividad y se enfocó en los logros económicos de su primer año de gobierno. 

El ladriprogresismo, la indignación selectiva y la miopía histórica intentan encontrar en Milei y en sus formas algo que desapareció del escenario político argentino hace 25 años: espíritu republicano, postura conciliadora, madurez estadista. Y, cuando alguien más o menos impostaba esos conceptos, lo trataron de tibio, lento y gradualista. Acá hay que ir a fondo, decían. De lo contrario el kirchnerismo vuelve, aseguraban. 

Los bravucones, los compadritos, siguen vigentes hasta que alguien les grita más fuerte. Tiene que ver con la naturaleza de la selva. A ver quién grita más fuerte o se la banca más a las trompadas. 

La diferencia con el mundo civilizado es que nadie busca eso. Sin embargo, es uno de los dos idiomas universales que nunca necesitan traducción y con los que se terminan arreglando los conflictos. O la fuerza o el dinero. Lo demás no es más que voluntarismo o falsos mesías intelectuales que, a la hora de la verdad, sucumben ante la realidad. Y cuántos soldados dice el Papa que tiene. 

Facundo Manes, un legislador elevado a la categoría de meme, irrumpió en un recinto semivacío esgrimiendo una encuadernación que en la tapa decía “Constitución Nacional”. Propuso el intercambio, puso sobre el tapete las reglas de juego y después, ofendido como el dueño de la pelota que se la lleva si el resultado no es el que él quiere, lloró amenazas y agresiones. 

La historia está llena de tipos como estos. Provocan, reculan y se victimizan según el momento. Y también está llena de los Santiago Caputo de la vida. Soberbios, atrevidos, maleducados y prepotentes. Lo vendían como un genio de la comunicación; un operador todo terreno; un monje negro. Ni siquiera su irrupción en la entrevista de Milei con Jony Viale lo había salpicado, porque eso fue una trastada o una desatención de alguien que hizo público un material sin editar y que no debería haberse filtrado. Pero lo de sábado por la noche, mostrarse petulante y altanero para encarar al gurú de los lugares comunes, lo convirtió en un pelele. Con poder, pero pelele al fin.  

Al kirchnerismo le duele Milei porque lo desafía con sus propias armas: tiene actitudes de déspota, les grita y les hace bullying y le enrostra haberles ganado una elección para sacarles todo el poder. Lo que más sufren, además, es que les propone una espiral de silencio como la que impusieron desde que Néstor Kirchner llegó a la Casa Rosada y que se potenció con Cristina Fernández al frente del Ejecutivo. Una lógica de amigo/enemigo, donde si no pensabas como ellos eras condenado al ostracismo y al escarnio público. Por eso muchos se sumaron a sus filas. Por eso y porque era rentable. Nadie es kirchnerista gratis. Y si lo es, debe saber que alguien se dejó su parte. 

Milei es el resultado del kirchnerismo. Hasta él reconoce que nadie en su sano juicio podría haberlo votado si no hubiese sido por el país devastado que dejaron y porque del otro lado en el balotaje estaba Sergio Massa. 

En ese espejo antagonista entre kirchneristas y libertarios, donde cada uno goza de una fuerza de choque compuesta por jóvenes fanatizados, se oponen los modelos y las ideas, pero se asemejan los estilos y las formas. Y la corrupción. El escándalo cripto parece llevarlo por ese camino. Igual, todavía le falta mucho recorrido, como robar cientos y cientos de millones de dólares en negociados con la obra pública, comprar la fábrica de hacer dinero para beneficio personal, encerrar a todo un país de manera caprichosa, establecer políticas de salud pública por cuestiones ideológicas, negociar con terroristas y, quién sabe, estar sospechado de mandar a matar a un fiscal. Datos que, para la doble vara de la fragilidad coreacentrista, son apenas detalles que no hacen a la historia.