¿Podrá el pueblo de Mendoza separar la paja del trigo en algún momento e identificar quiénes son los responsables por la falta de desarrollo que padece, de crecimiento y de mejoras de sus índices económicos y sociales que muestran hoy, quizás, el nivel más bajo de su historia? ¿Se trata de un problema de personas o de alguna que otra traba institucional o de un ordenamiento jurídico atrasado, fuera de lugar y de contexto que no responde de la manera que hoy la provincia necesita? ¿Qué es, en definitiva, lo que hoy se interpone como un obstáculo infranqueable al surgimiento de las respuestas necesarias y medidas acertadas para que su gente tenga y acceda al trabajo, a una educación y salud dignas y a un sistema, en síntesis, que ayude y facilite las cosas y no que las haga inviables e imposibles?
Frente al cúmulo de fracasos que la provincia ha mostrado a todos –propios y extraños– a lo largo de los últimos años, cualquiera se tentaría a hablar del accionar culposo de una suerte de “gen maldito” que estaría portando y que le ha impedido hallar las respuestas a los infortunios que la han dominado.
Algo que desmiente sin más la rica y abundante historia de superaciones que ha demostrado tener la provincia. Sólo basta con repasar la fenomenal gesta de San Martín, que fue decididamente acompañada por la mayoría de un pueblo convencido de los sacrificios y que nunca consiguió nada sino por medio del esfuerzo, la constancia y la apuesta al trabajo. Sólo es suficiente, para desmentir aquello, la profunda transformación del desierto en los oasis productivos sobre la base del buen uso, inteligente y focalizado, del agua y de aquellos ancestrales sistemas de riego que, sin demasiados y para nada revolucionarios cambios, continúan hasta el presente.
Entonces, si no se trata de un “gen maldito”, ¿qué es lo que la está afectando con tanto poder e influencia que no la deja crecer, pero tampoco pensar? Claramente intervienen taras de índole política. Un sistema político de alto nivel no se permitiría –ni él ni sus protagonistas– dejar pasar las oportunidades que de tanto en tanto se le presentan a la Provincia con las solas explicaciones de que no se alcanzó el consenso necesario, cuando todos saben –y se admite en voz baja– que nunca se buscó ese objetivo por miedo a los costos que toda gran empresa –no sólo social y económica, sino por sobre todas las cosas de raíz cultural– demanda pagar y sortear.
Suponiendo que las actuales generaciones, la que está terminando su vida útil –si se permite la descripción– junto con la que se prepara para protagonizar su momento, ya han abandonado la idea de explotar los recursos mineros porque no se ha encontrado el método o la forma o la manera de garantizar que la actividad sea autosustentable y que dé garantías y confianzas a todo el mundo.
Suponiendo que ya se perdió esa batalla pese a que la pobreza crece, junto con todos los niveles de marginalidad, y la calidad de vida se cae año tras año, ¿quién o quiénes se harán responsables del fracaso cuando llegue el momento de explicarles a los que vienen pidiendo su tiempo todo lo que no se hizo hasta ahora por falta de capacidad para encontrar los acuerdos y los puntos en común?
A la minería, un caso a todas luces paradigmático, le siguen otros quizás menos espectaculares pero de igual calibre al momento de explicar un sentimiento de impotencia y de desazón al cual, peligrosamente, la sociedad parece estar acostumbrándose como una forma de resignación.
Esos otros casos bien pueden ser el tiempo que le ha llevado a la Provincia hacer unos cuantos kilómetros de doble vía, tanto hacia el sur como hacia el este del Gran Mendoza: años, más de una decena o quizás mucho más.
Y no se termina en eso. ¿Por qué razón o razones se tolera –por varias décadas ya– persistir con ese déficit habitacional que largamente sobrepasa las cien mil unidades sin que el Estado pueda superar la construcción de 500 o 600 casas nuevas por año en el mejor de los casos, y sin que desde la actividad privada o los particulares puedan responderse per se aportando la solución a sus problemas?
La planificación y concreción de los diques que se necesitan para regular los ríos se llevan años y años de la vida de los pueblos, no menos de 50 por cada uno de los proyectos. Es evidente que no se trata de un problema radicado en la falta de recursos, sino que tiene que ver, probablemente, con la falta de decisiones sólidas y fuertes y que garanticen de la misma manera procesos transparentes y confiables y no la proliferación alrededor de cada uno de ellos de innumerables sospechas de negocios y negociados.
Es probable que las interrupciones democráticas que padeció el país desde el 30 en adelante hayan frenado el crecimiento y desarrollo de una clase dirigente formada e idónea para resolver los problemas a los que se fue enfrentando el país. Y que, en Mendoza, todo eso haya tenido su impacto negativo, por qué no.
Los golpes, junto con las grietas que fueron abriendo en la sociedad; el impacto y la influencia de los procesos autoritarios, de la prepotencia, de los regímenes mesiánicos que afloraron con todas sus consecuencias hayan impedido el crecimiento y el desarrollo de la capacidad para entender fenómenos para los cuales ni Argentina ni Mendoza parecen estar preparadas hoy, posiblemente.
Quizá, todo eso influyó y hoy se continúa padeciendo, manteniendo y multiplicando, además de agudizando, sus efectos cada vez más nocivos. Sólo es necesario para corroborar esto último comparar la dirigencia política y académica de los 90 con la actual. Por aquellos años se cuestionó duramente a todas las conducciones políticas de la Provincia que permitieron, por caso, perder para siempre los bancos –el de Mendoza y el de Previsión Social– o también hipotecar las joyas de la abuela que se cobraron por las regalías mal liquidadas y otras tantas cuestiones más.
Pero, las actuales no ha podido ni tan siquiera modernizar en lo mínimo y necesario la Constitución provincial; tampoco han podido idear un sistema de atracción de inversiones y de desarrollo, tanto en calidad como en cantidad, que no sea algo distinto al del sector vitivinícola y hasta ahí nomás, y, sólo a duras penas se han logrado modificar, en parte, algunas de las bases de la administración del Estado, de la Justicia y del sistema educativo. El mundo académico, a todo esto, sufriendo un proceso de decrepitud notable, mientras el mundo empresario ha acompañado el cortejo en medio de una queja constante y continua.
Los últimos casos de la inoperancia y el fracaso generalizado puede que estén presentes en los problemas que padece Portezuelo del Viento, sumándose, en los últimos días, los cuestionamientos a esa inversión privada de 200 millones de dólares en la zona conocida como El Azufre, también en Malargüe, interpelada por una cesión o asignación de las tierras que un sector de la oposición cuestiona.
La impotencia y la resignación van ganando la batalla por goleada. La otrora tierra del sol y del buen vino, del desarrollo y empeño que fueron la envidia del oeste argentino, pasó a ser la de un no gigante que ha paralizado todo… hasta la esperanza.
