El “próximo paso” lanzado por el PRO de Mauricio Macri algunas semanas atrás y con el que llegará a Mendoza el próximo viernes no sólo refleja un intento por revitalizar el partido con el que alcanzó el poder en 2015 y evitar que quede subsumido por La Libertad Avanza de Javier Milei. También expresa una respuesta a una demanda social creciente nacida de la ausencia de resultados concretos en una parte central de la promesa libertaria: además de bajar la inflación, Milei debía ordenar la economía para que ese monumental esfuerzo social terminara devolviendo bienestar. Y eso, en verdad, todavía no ocurrió.
Es probable que Macri haya tenido, como otros dirigentes —entre ellos radicales históricos y sectores del peronismo que se reivindican de centro— una intuición política: la percepción de que el país puede empezar a buscar algo distinto al mileísmo sin regresar al kirchnerismo.
Macri ya da señales de advertir que la batalla electoral de 2027 podría terminar discutiéndose entre el mercadocentrismo libertario, con reminiscencias noventistas, y el viejo estadocentrismo kirchnerista hoy personalizado en Axel Kicillof, paradójicamente enfrentado con la “patrona” presa del movimiento, Cristina Fernández de Kirchner.
Pero no sólo Macri observa ese fenómeno. También comenzó a hacerlo un grupo de radicales históricos que el próximo 29 de mayo se reunirá en Buenos Aires en un movimiento muy similar al del expresidente: intentar evitar la extinción partidaria y reconstruir una alternativa de centro, republicana, desarrollista y fiscalmente responsable.
Ernesto Sanz, Mario Negri, Jesús Rodríguez, Facundo Suárez Lastra, Ricardo Gil Lavedra, Luis Naidenoff y Mario Barletta, entre otros, impulsan una suerte de refundación radical cuya maduración imaginan recién hacia 2031. Sin candidato competitivo en el presente, muchos de ellos empiezan a mirar con expectativa al joven gobernador santafesino Maximiliano Pullaro.
Tanto Macri como Sanz —el sanrafaelino es uno de los principales impulsores del encuentro radical y uno de los más entusiastas animadores de lo que sería una milagrosa resurrección del partido— comparten además otra lectura: no creen que Milei llegue sólido políticamente al 2027, pero tampoco imaginan a Kicillof imponiéndose con claridad en una eventual primera vuelta. Y allí aparece una hipótesis conocida en la política argentina reciente: como ocurrió con Macri en 2015 y con Milei en 2023, quien logre quedar competitivo detrás de los extremos podría transformarse en el candidato con mayores posibilidades de imponerse en un balotaje.
Macri también ha detectado algo que reflejan muchas encuestas: una gran parte de la sociedad sigue respaldando el equilibrio fiscal, el orden macroeconómico y la disciplina del gasto, pero ya no encuentra horizonte suficiente en un modelo sostenido casi exclusivamente sobre Vaca Muerta, la minería y el excedente agroexportador.
Hay estabilidad para el Estado, pero todavía no aparece desarrollo para la economía.
Eso mismo observan los radicales. Y también sectores del peronismo que días atrás se reunieron en Parque Norte intentando reconocerse lejos de Cristina y de Kicillof. Entre esos peronistas hubo presencia mendocina, como así se mostró, con Emir Félix presidente del peronismo provincial y hermano de Omar, el intendente de San Rafael.
¿Qué perciben todos estos espacios? Que no existe todavía un proyecto industrial, ni una agenda productiva amplia, ni una idea de crecimiento más allá de los sectores extractivos. Y allí empieza a emerger otra demanda: más república, más desarrollo, más producción y más modernización, pero sin volver al déficit crónico ni al populismo fiscal.
Las coincidencias no son casuales. Macri y Sanz —dos de los fundadores de Cambiemos— y parte de ese peronismo de centro están leyendo el mismo fenómeno: todavía no existe una alternativa competitiva entre Milei y Kicillof, pero sí empieza a emerger una demanda social para que esa alternativa aparezca.
Es probable que en medio de todos estos escarceos, Alfredo Cornejo vuelva a atravesar horas incómodas, como aquellos minutos que compartió con Manuel Adorni durante la inauguración de El Quemado, en Las Heras, la semana pasada. Como la mayoría de los gobernadores radicales, necesita preservar su equilibrio con la Casa Rosada, pero tampoco puede ignorar el movimiento de reconstrucción política que empieza a insinuarse alrededor de Macri y del radicalismo histórico.
El viernes se encontrará con el expresidente, seguramente para compartir una cena. Y la foto difícilmente pase inadvertida en una Casa Rosada atravesada por sus propias tensiones internas: la disputa entre Karina Milei, los Menem y Santiago Caputo ya dejó de ser subterránea para transformarse en una guerra expuesta.
Pero mientras el poder libertario cruje en su cima, cuando todo debería estar concentrado en la economía y en la aparición de resultados que consoliden el proyecto libertario, emergen estos movimientos alternativos que el propio Milei no ha podido evitar. Es natural que así ocurra. Porque cuando una sociedad empieza a sostener el ajuste pero deja de percibir horizonte, la política inevitablemente comienza a buscar otra cosa.
Y quizás por eso el sistema político argentino haya empezado a discutir algo más importante que la próxima elección: el día después del mileísmo.
