El papa León XIV. Credit: NA

La política nacional ingresa desde este domingo en un período muy particular, en el que será auscultada en su totalidad y sometida a un análisis minucioso por los resultados de su acción, especialmente en el ámbito social. Quiera o no, como sector influyente y responsable en el andar de las cosas, estén sus protagonistas más o menos cerca del mensaje pastoral de León XIV, embebidos o no en la espiritualidad que representa y en ese valor sagrado y místico que la figura del pontífice significa e irradia para el catolicismo.

La visita del líder de la Iglesia católica y jefe del Estado del Vaticano, como es de suponer, no pasará inadvertida para nadie. El gobierno de Javier Milei debe estar esperándola con un nivel de expectativa e intriga razonable, por la estela que puedan dejar las intervenciones de León XIV. Desde ya que la Iglesia y el propio Vaticano le otorgan a la gira un carácter eminentemente pastoral y apostólico, en un contexto en el que la fe, como tantas otras variables del comportamiento humano, se encuentra en retroceso y atraviesa un proceso de transformación.

No debería haber sorpresas tampoco en el discurso del Papa, que ha sido el mismo que han desplegado sus antecesores: desigualdad, pobreza y exclusión. Pero, por supuesto, el contexto, el país y el gobierno que lo reciben, después de la visita de Juan Pablo II en 1987, pueden llegar a decodificar e interpretar el mensaje papal de mil maneras, aunque indudablemente con una alta significación política. No será neutro, de ninguna manera, y el lapso que separa este acontecimiento extraordinario del proceso electoral puede llegar a ser una de las mejores noticias para un gobierno contra las cuerdas por una situación social y un estándar de vida general pauperizados y en decadencia. También es posible, por qué no, que tenga otro efecto inmediato, quizás el más esperado por el poder: la capacidad de producir un cambio en la atención y en la dirección del interés público sobre las cuestiones inmediatas. Una distracción sobre las urgencias, para decirlo claramente.

Así y todo, no es posible imaginar que el Papa, más allá de las reuniones privadas y los encuentros oficiales y protocolares que mantendrá con el presidente, los gobernadores, legisladores y referentes económicos, no hable de aquello sobre lo que la Iglesia viene pronunciándose desde hace varias décadas, sostenida en lo que se entiende alrededor de la Doctrina Social de la Iglesia y en la opinión particularísima de León XIV sobre aspectos centrales de la nueva modernidad, estrictamente ligados al vigoroso y espectacular avance de la tecnología. De eso trata la encíclica Magnífica Humanidad y mucho de todo eso, indudablemente, desplegará en este viaje por Sudamérica que comenzó el viernes en Uruguay.

No es necesario esperar a que León XIV llegue a la Argentina para conocer buena parte de lo que piensa sobre estos asuntos. Ya lo dejó expresado en Magnífica Humanidad, su encíclica sobre los desafíos de la modernidad y el impacto de las nuevas tecnologías, que fue motivo de análisis en una columna publicada en septiembre. Vale la pena recuperar algunas de aquellas definiciones, porque permiten anticipar no necesariamente lo que el Papa dirá en su visita, sino el marco conceptual desde el cual probablemente debamos interpretar sus palabras. Y, sobre todo, porque allí aparecen varios puntos de tensión con el pensamiento ideológico y el accionar cotidiano del gobierno de Javier Milei.

El primer punto aparece en la concepción del Estado. León XIV sostiene: “Corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, para que el bien común realmente pueda ser procurado con la contribución de todos. Esto significa, en concreto, que el poder público tiene la delicada tarea de ‘armonizar con justicia’ (…) los diversos intereses en juego, buscando el equilibrio entre bienes particulares y bienes de conjunto, sin dejar atrás a los más débiles. Cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales” (MH, Cap. II, 63).

El segundo eje aparece cuando se refiere a la propiedad privada y, particularmente, a las nuevas formas de propiedad que surgen con el desarrollo tecnológico:

“Hoy, entre los bienes que están destinados universalmente a todos, debemos incluir también las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos. En un contexto donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen. Además, el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y hacia las generaciones futuras requieren que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades ofrecidas por la técnica esté regulado de tal modo que respete el ambiente y evite despilfarros y nuevas formas de estafa” (MH, Cap. II, 67).

También cuando se refiere a su concepto de justicia social, que, según su mirada, “se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos –y en particular a los más frágiles– vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás” (MH, Cap. II, 77).

Y más adelante afirma que “la idea de ‘justicia social’ ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente” (MH, Cap. II, 79).

Hay todavía otro terreno en el que el contraste podría ser particularmente fuerte: el de la libertad, un supuesto campo sagrado también para Milei.

Dice el Papa: “La libertad no es el simple derecho a competir de manera salvaje en una arena donde el fuerte devora al desvalido bajo el pretexto del mérito. La verdadera libertad humana es social y comunitaria. Quien predica un individualismo absoluto que disuelve los lazos de solidaridad del pueblo, confunde la libertad cristiana con el egoísmo secular” (MH, Cap. IV, 57).

Y particularmente cuando critica el concepto de la eficiencia absoluta, sin respeto por la libertad y la dignidad humana, afirma: “Algunas corrientes posthumanistas llegan incluso a plantear la existencia de seres humanos ‘de segunda clase’, al servicio de los intereses de élites que se perciben a sí mismas como superiores: una perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos tecnológicos que amplían de forma exponencial el poder de control y de selección. También ciertas lógicas de endeudamiento estructural, que mantienen a pueblos enteros en condiciones de dependencia, revelan la misma mentalidad que acepta, bajo nuevas formas, relaciones de subordinación cercanas a la esclavitud” (MH, Cap. IV, 172).

Son definiciones que no necesitan nombres propios para adquirir una dimensión política. Alcanza con ponerlas frente a las ideas que hoy orientan la transformación económica y social que impulsa el gobierno argentino para advertir que las diferencias no son menores y que exceden largamente una discusión sobre el tamaño del Estado o la administración de los recursos públicos.

La verdadera incógnita no es si el Papa hará o no referencias al gobierno de Javier Milei. Eso dependerá de él. La incógnita es otra: cuánto de lo que ya escribió en Magnífica Humanidad alcanzará para que cada uno saque sus propias conclusiones. Para una oposición que busca desesperadamente un mensaje creíble y no solamente un candidato, la visita puede representar una oportunidad extraordinaria. Aunque, claro, una cosa es encontrar en las palabras del Papa un argumento para cuestionar al Gobierno y otra bastante más difícil es convertirlo en una propuesta capaz de ofrecer una alternativa.