La tregua tiene fecha y hora de vencimiento. Apenas el árbitro marque el final de la Copa del Mundo, con esa Selección de Messi y Scaloni que ya alcanzó la gloria eterna, los argentinos volveremos a la realidad. Durante un mes y diez días el Mundial consiguió lo que nada ni nadie logran en este país: desplazar a un segundo plano las discusiones de todos los días. Las redes sociales dejaron de hablar de inflación –aunque no abandonaron el odio y el resentimiento–, para debatir formaciones; en las radios y en los canales de televisión se cambiaron por un rato las peleas políticas por análisis futbolísticos; en las sobremesas familiares, en la calle, en el café, en el trabajo, el nombre de Lionel Messi reemplazó al de Javier Milei, Alfredo Cornejo y el de todos los referentes objeto de maldiciones y alabanzas, y hasta la ansiedad cotidiana pareció encontrar un refugio detrás de una pelota. Así hemos vivido hasta hoy.
La pausa termina este domingo. Desde el lunes volverán las urgencias de siempre. ¿Es necesario reiterarlas? Sí, claramente. El bolsillo, que sigue lánguido y escuálido para millones de familias. Los salarios que todavía corren detrás del costo de vida. La preocupación por el empleo y por una actividad económica que aún no consigue despegar con la fuerza esperada. La crisis persistente de la salud pública, un dato que aparece particularmente en Mendoza en las encuestas. La inseguridad. El consumo debilitado. Los problemas estructurales que el fútbol no elimina, apenas consigue silenciar por un puñado de días o semanas.
Esa es, quizás, la mayor virtud del deporte más popular del planeta. Logra suspender la realidad, pero no modificarla. Oficia como narcótico. La política, en cambio, tiene la obligación exactamente inversa: no puede suspender los problemas; debe resolverlos.
Mientras buena parte de los argentinos seguíamos cada paso de la Selección, el Gobierno nacional continuó apostando a consolidar los cambios en una macroeconomía que parecía imposible de estabilizar. La inflación sigue bajando, el equilibrio fiscal es la bandera oficial de este gobierno y algunas variables comenzaron a ofrecer una previsibilidad desconocida durante mucho tiempo. Pero en una dimensión desconocida todavía para la inmensa mayoría.
Pero esa estabilidad de la que habla el Gobierno todavía no encuentra una traducción visible en la vida cotidiana. Si existe un cambio perceptible para buena parte de la sociedad, acaso sea el freno a una caída que parecía no tener piso. Es un dato importante, pero insuficiente para hablar de bienestar. No más que eso. La macro, como se viene reiterando desde algún tiempo, parece haber encontrado un rumbo. La microeconomía, la economía real, la que marca el ritmo y el ánimo social, todavía está a la espera de los resultados.
En Mendoza, el gobierno de Alfredo Cornejo juega una apuesta de largo plazo con una sociedad que reclama respuestas de corto. La minería, el desarrollo energético, las obras financiadas con el Fondo del Resarcimiento, la infraestructura y la expectativa puesta en herramientas nacionales como el RIGI y el Súper RIGI conforman una estrategia destinada a romper un estancamiento que la provincia arrastra desde hace demasiado tiempo. La promesa es que las grandes inversiones terminen generando empleo, actividad y crecimiento sostenido.
Pero, al igual que ocurre con la economía nacional, buena parte de esos resultados todavía pertenecen más al futuro que al presente. Hay una palabra que probablemente explique el momento político argentino: paciencia. O, mejor dicho, la paciencia que todavía conserva una parte importante de la sociedad. Las encuestas coinciden en que alrededor de cuatro de cada diez argentinos sigue apostando por el rumbo que propone Milei. Es un respaldo significativo, pero también un recordatorio de que la paciencia es un capital político que, como cualquier otro, puede agotarse.
Tanto la Nación como Mendoza persisten en eso de pedirle tiempo a la sociedad. De tanto hacerlo o de insinuarlo ambos gobiernos podrían caer en el abuso. Hay, de todas maneras, un plazo para los resultados, al menos parciales de un plan o de un proceso que promete, según el gobierno, llevar al país a la gloria. Tiempo para que la estabilidad económica se transforme en crecimiento. Tiempo para que las inversiones comiencen a derramarse sobre la economía real. Tiempo para que los proyectos mineros dejen de ser anuncios y se conviertan en producción, empleo y desarrollo. Tiempo para que las reformas muestren plenamente sus efectos. Además de coincidir en la línea, ambas administraciones, la provincial y la nacional, coinciden en el mismo problema: el tiempo que solicitan es cada vez más escaso y además a ambas se les termina el propio tiempo.
El fútbol tiene una ventaja que la política jamás tendrá. Todo se resuelve en noventa minutos —o, con suerte, en un alargue y una definición por penales—. La política se maneja con tiempos mucho más largos, donde las promesas y las expectativas terminan chocando con la paciencia, la que se agota antes de que aparezcan los resultados. Porque por lo general se trata de resultados hartamente esquivos ante los yerros y los amagues de los procesos.
Desde mañana vuelven las preguntas que realmente condicionan la vida cotidiana. Y vuelve a activarse el partido en pausa que dejamos un mes largo atrás. Un partido de una final constante, la verdadera, la que tiene que jugar todos los días el gobierno frente a una sociedad que espera respuestas, y que se reanuda, en la agenda, este lunes.
