Las acusaciones entre el Presidente y algunos opositores, los imbéciles y el barrabrava, la profundización de las acusaciones en medio de la escalada epidemiológica, no es sino la expresión de la impotencia de la dirigencia nacional. La segunda ola con sus gritos, de a ratos tapa, pero también desnuda, la fragilidad extrema del momento.
Mientras el Jefe de Estado se cruza con los halcones opositores, hasta las palomas oficialistas aprovecharon la cortina de humo para rapiñarle una cuota más de poder. Apenas un puñado de jefes provinciales decidió adherir sin fisuras al DNU que impuso las nuevas restricciones para frenar los contagios.
Aliados, ultras y opositores adaptaron como quisieron (o pudieron) el protocolo que dictó la Casa Rosada. En Catamarca, Raúl Jalil dijo “sí, señor”, pero tan solo por 8 días, y no por tres semanas. En Chaco, Jorge Capitanich también se jactó de ser el mejor alumno pero dejó en pie a los casinos. Como en Mendoza o Córdoba.
En el distrito mediterráneo, Juan Schiaretti redactó una versión libre del decreto presidencial con limitaciones más acotadas para los bares y restaurantes. En especial, durante los fines de semana. Una decisión singular, tratándose de la segunda región con récord de contagios, después del AMBA.
Hasta el vecino Sergio Ziliotto, que vio cómo cuatro localidades pampeanas llegaron a la lista de las zonas de alto riesgo, resolvió no hacer nada ante la necesidad y la urgencia de Alberto Fernández.
El jefe del gobierno de “un Presidente y 24 gobernadores” se quedó aún más solo. Ni su líder, la vicepresidenta Cristina Fernández, lo acompaña en la estrategia sanitaria. Desde que comenzó la pandemia y en particular desde que se agravó la situación, la ex presidenta no ha dicho ni una palabra sobre las medidas sanitarias. Ni un pedido para que la población se cuide y respete las restricciones decretadas. Su agenda pasa por otro lado.
El silencio es síntoma de la impotencia política. El escape de un partido que ya está perdido. “Cuando se escriba la historia quiero que pongan que estuve del lado de los que cuidaron a los argentinos. Si tengo que perder una elección la voy a perder”, dijo esta semana Alberto Fernández. No todos piensan igual.
Unas horas antes de firmar el DNU con el toque de queda nocturno, el Presidente evaluó dos encuestas que le hicieron cobrar valor. Los estudios de las agencias Opinaia y Management and Fit señalaban, con entrevistas realizadas a fines de marzo, que cerca del 60 por ciento de la población consentía el endurecimiento de las medidas sanitarias para frenar los contagios. Esas encuestas también reflejaban un dato evidente: la ciudadanía está tan asustada por el virus y sus nuevas variantes como por el agravamiento de la situación económica.
Pero no todos comparten el temor. Las encuestas que recibió el Presidente reflejaron que los más jóvenes no tienen miedo al contagio, pero sí a que empeore su situación laboral.
Ellos, los jóvenes, los que no pueden “dejar de bolichear” -según el ministro de Salud bonaerense- se convirtieron en el principal enemigo del gobierno y de la humanidad. La diversión, el baile, es la nueva peste.
Ese maldito tesoro, es el mal electoral necesario. Los menores de 40 años representan casi el 60 por ciento del padrón. Ellos, que pagan con su edad los mayores índices de desempleo y pobreza, tal vez no tengan otra opción que la búsqueda desesperada de la diversión.
Algunos dirigentes prefieren callar en lugar de señalarlos. Otros, eligen escupirse entre sí. Todas saben que acusarlos y hacerlos responsables de los contagios, encerrarlos, multarlos, puede volverse en contra durante el llamado electoral, ya sea en agosto, septiembre o noviembre.
No es de extrañar, entonces, que hasta el ministro de Seguridad bonaerense, el cinematográfico Sergio Berni, haya decidido ordenarle a su fuerza que no persiga a los jóvenes durante la noche. “No creo en el estado policíaco para frenar al virus”, le gusta decir. El toque de queda tendrá su movimiento.
Pero las restricciones no son sólo políticas, sino principalmente económicas. Los países centrales que se animaron a mayores restricciones para enfrentar las segundas o terceras olas de contagios acompañaron el cierre de actividades con ayudas estatales. En la Argentina ya no hay margen para aumentar el déficit a fuerza de expansión monetaria, de impresión de billetes. Es eso, o la vuelta al dólar sin control y la estampida de precios y un nuevo golpe a la delicada recuperación.
La marcha económica está prendida por cuatro alfileres Un dato basta para ilustrar la debilidad de la hora. La construcción, uno de los motores de la incipiente reactivación, cayó en febrero por primera vez en cinco meses. El boom del sector se frenó por la apreciación de los dólares paralelos (salen menos billetes verdes de abajo del colchón porque ahora rinden menos que hace unos meses) y por la disparada de los precios de los insumos, que tenían un significativo retraso hasta el tercer trimestre del año pasado pero que ahora acumulan subas de hasta 75% anual.
El nuevo paquete sanitario para el AMBA, epicentro de la obra privada, previó un golpe indirecto a la actividad durante tres semanas. Entre otras medidas se reinstaló la prohibición para que trabajadores de actividades que no fueron declaradas esenciales se suban al transporte público. Los obreros de la construcción no podrán tomarse un tren, colectivo o subte hasta el 30 de abril. O sí. Probablemente junto a la nocturnidad descuidada, las autoridades locales miren para otro lado también en este punto. No tienen alternativa, a menos que propongan tres semanas de empobrecimiento y desocupación.
El acuerdo que alcanzó el presidente con los gobernadores de sostener la recuperación y la actividad económica es incompatible con una estrategia sanitaria que detenga la escalada de contagios. Sumado a la escasez de vacunas, con dosis que por ahora no alcanzan para inocular sino a menos del 40 por ciento de toda la población de riesgo, las perspectivas son desoladoras.
La tensión entre salud, política y economía avanza hacia un camino peligroso: la bolsonarización de la pandemia criolla. “Que cada uno se haga responsable de sus éxitos y de sus fracasos”, resumen desde la Casa Rosada. Por voluntad propia, como lo hizo el presidente brasileño, o por imposición de la realidad como ocurre en esta tierra, la salida que se asoma es la estrategia de la atomización. Sin conducción y liderazgo y sin herramientas económicas y sanitarias, la segunda ola que ya llegó empuja al país hacia la lógica del “sálvese quien pueda”.
Y ya se sabe: nadie se salva en soledad.
