Probablemente los argentinos estemos otra vez frente a uno de esos momentos bisagra que sólo se comprenden con claridad cuando ya quedaron atrás. Ocurrió con la implosión económica, política, social e institucional de fines del 2001, cuando el agotamiento de la convertibilidad de los 90 terminó llevándose puesto al gobierno de Fernando de la Rúa y abrió un nuevo ciclo político. Volvió a suceder a fines de 2023, cuando buena parte de la sociedad, la mayoría, harta del fracaso económico del último kirchnerismo y de tantas frustraciones acumuladas por décadas, decidió apostar por un outsider que prometía romper con todo lo conocido, dinamitar sin miramientos, y terminó llevando a Javier Milei a la Casa Rosada.
Ahora podría estar gestándose otro momento singular. No porque el país vuelva a atravesar una crisis terminal, sino porque el Gobierno parece dispuesto y está actuando en consecuencia, a afrontar un desgaste político creciente sin recurrir al manual que utilizó casi toda la dirigencia argentina en las últimas décadas para intentar recuperar respaldo social. En síntesis, el manual del progre y el populismo. O el de aquel que manda que un poco de inflación no estaría nada mal, como tampoco un retoque al tipo de cambio.
Las encuestas vienen mostrando un dato que el oficialismo no debería desconocer: seis de cada diez argentinos creen que el modelo necesita modificaciones o cambios que alivien la situación de una clase media y media baja que sigue sin llegar a fin de mes, que llega a apenas o que se ha endeudado hasta la médula para evitar caer por el precipicio. La pérdida de poder adquisitivo, el impacto de las tarifas ya sin subsidios, los costos fijos que siguen creciendo, el deterioro del empleo privado y el avance de la informalidad configuran una microeconomía, o economía real, mucho más difícil de lo que reflejan algunos indicadores macroeconómicos. “Es un error hablar de la microeconomía. Qué es eso si no es la suma de todos los sectores. Un buen economista analiza todos los mercados, el presente y el futuro. El mal economista toma un solo mercado y un solo período”, dice Milei.
Frente a aquel escenario de penurias que hoy tiene enfrente el Gobierno, la experiencia argentina ofrece respuestas conocidas. Un programa especial para reactivar el consumo; un nuevo esquema de subsidios; asistencia focalizada o dirigida para determinados sectores productivos y selectivos; protección a la industria, la que genera empleo de mediocre calidad, pero mucho; algún tipo de estímulo fiscal o monetario que amortigüe el malestar social. El último antecedente fue el “Plan Platita” de Sergio Massa en 2023. Antes hubo otras variantes, con distintos nombres y resultados, pero siempre bajo la misma lógica: utilizar al Estado para suavizar el costo político de la economía.
Milei afirma, convencido, de que ese camino conduce exactamente al lugar del que dice haber sacado al país. Por eso hace lo contrario.
Lejos de aflojar el torniquete, insiste en profundizar el equilibrio fiscal, el control del gasto, la desregulación y la apertura económica y el ajuste, aun cuando eso implique dejar sin respuesta inmediata a sectores completos de la economía que reclaman algún tipo de asistencia para sobrevivir al cambio de modelo.
No se trata únicamente de las pequeñas empresas, de los comercios de cercanía o del trabajador independiente que hoy siente que está yendo de mal en peor. El mensaje alcanza también a grandes sectores empresariales o conglomerados y corporaciones acostumbrados durante décadas a obtener protección estatal, exclusivos beneficios impositivos, subsidios o ventajas cambiarias. Tampoco allí por ahora estaría dispuesto a ceder. Las presiones por una devaluación o por un tipo de cambio más competitivo chocan con la misma respuesta: cambiar ahora el rumbo significaría poner en riesgo el principal activo político que cree haber construido, el orden de la macro; un fin, hay que agregar, al que le falta confiabilidad y credibilidad, sobre todo.
Hay cuestiones llamativas en todo este lío, porque el propio Gobierno admite que existen reformas pendientes que podrían mejorar sensiblemente la competitividad argentina y sin embargo para ellas está en pausa. Una reforma tributaria integral, una reforma previsional o una modernización más profunda del Estado aparecen permanentemente en el discurso presidencial, pero siempre como parte de una segunda etapa, probablemente asociada a un eventual segundo mandato. Milei parece administrar también esas expectativas, convencido de que se espera de él un proceso de más y más reformas.
Su principal capital político, mientras tanto, sigue siendo otro: mostrar que hace exactamente aquello que prometió en campaña y resistir la tentación de volver a las recetas tradicionales.
Esa convicción quedó expuesta durante la entrevista que le hizo ayer el periodista Esteban Trebuc. Consultado por el drama de la microeconomía dijo: “No discuto sentimientos, discuto datos” a lo que agregó: “¿Qué me querés decir, que salve al quiosquero de la esquina?”. Y fue todavía más lejos: “El que te propone tocar la micro te propone hacerlo con corrupción”.
No fue una respuesta casual. Fue una definición conceptual. Para Milei, el Estado no sólo carece de recursos para rescatar actividades que dejaron de ser rentables; hacerlo implicaría volver al sistema de privilegios, discrecionalidad y corrupción que, según su mirada, terminó destruyendo la economía argentina.
Puede compartirse o no. Pero allí aparece probablemente la mayor originalidad –y también el mayor riesgo– de su proyecto político.
Porque el Presidente les pide paciencia, sin pedirla, precisamente a quienes peor la están pasando. Confía en que buena parte de los sectores populares que abandonaron al kirchnerismo en 2023 vuelvan a renovarle el crédito apostando a una economía que todavía no llegó, pero que promete cambiar estructuralmente la Argentina.
Esa economía futura es la que viene describiendo desde hace tiempo el economista Ricardo Arriazu. Un país impulsado por grandes inversiones en minería, petróleo, energía e infraestructura; proyectos capaces de demandar millones de toneladas adicionales de cemento, miles de nuevos camiones, choferes, servicios industriales, logística, obras energéticas y mano de obra calificada, generando un efecto multiplicador semejante al que produjo Vaca Muerta durante su desarrollo.
La premisa de Milei parece coincidir con esa visión. El mundo cambió. Cambiaron las cadenas globales de producción, la demanda energética, el papel de la inteligencia artificial y la necesidad de minerales críticos estratégicos. Argentina posee buena parte de esos recursos y, por primera vez en mucho tiempo, siente que el contexto internacional juega a su favor.
Arriazu, sin embargo, introduce una advertencia que también vale para la política: nadie sabe cómo termina esta historia porque Argentina acumula demasiadas oportunidades perdidas.
Milei se enfrenta a dar respuesta a la necesidad de la que depende su proyecto de permanencia: convencer a millones de argentinos de seguir esperando mientras esa economía prometida termina de aparecer. En lograr que quienes hoy hacen un esfuerzo sin percibir todavía una mejora concreta crean que el beneficio llegará más adelante.
En definitiva, Milei está convencido de que la economía que viene terminará explicando la economía que hoy no alcanza. Es una apuesta inédita para la política argentina reciente. Durante décadas, casi todos los gobiernos eligieron sacrificar la macro o las reformas de fondo para aliviar la coyuntura y mejorar sus chances electorales. Milei hace exactamente lo contrario: apuesta a preservar el nuevo estado de la macro que ha conseguido aun cuando eso signifique llegar a las urnas con una parte importante de la sociedad todavía esperando.
Porque, en definitiva, ya no se trata solamente del futuro de Milei. También empieza a ponerse a prueba si la sociedad argentina está dispuesta a votar, por primera vez en mucho tiempo, un proyecto que le pide seguir esperando en lugar de ofrecerle un alivio inmediato.
