No importa si es un producto de los medios o un emergente de las redes sociales. Es un bicho raro para la política tradicional, está claro. Y eso le alcanzó a Javier Milei para tener mayor capacidad de llegada en la sociedad argentina que los representantes de un sector acostumbrado a dialogar entre ellos; que olvidaron cuál debería ser el verdadero interlocutor de la clase política.
Milei parece romper con lo establecido por el “teorema de Baglini”, al que se apela cada vez que aparece una figura disruptiva. Lo demostró apenas supo que él y su fuerza habían sido los más votados en unas elecciones PASO que definitivamente marcan un cambio abrupto en la manera de entender las estrategias electorales.
No se achicó; al contrario. Redobló la apuesta y se posicionó claramente como el referente opositor a un kirchnerismo que, tal como están planteados los datos que salen de las urnas, puede estar en sus últimos estertores. Y en este punto hay que marcar una diferencia con el peronismo tradicional, que encontrará algún salvaconducto para reinventarse, tal como lo hace cada vez que cae en una crisis de liderazgo. Y así el PJ abrirá una nueva franquicia de un partido pendular, capaz de ir de izquierda a derecha sin incomodarse.
Que Milei haya apuntado a kirchnerismo tiene dos explicaciones lógicas. Primero, es la fuerza a vencer de ahora en más. Es el lugar desde donde puede seguir creciendo a partir del antagonismo. Son los polos que se oponen. Y, segundo, porque esa narrativa ya no podrá usarla en la disputa con Juntos por el Cambio. El discurso de Milei tiene demasiados puntos de encuentro con el de Patricia Bullrich. De hecho, salvo en las últimas semanas, siempre existió una especie de coqueteo que nunca llegó a convertirse en romance.
Frente a un escenario de segunda vuelta, parece que la suerte está echada. Por un lado o por el otro, Milei es el único que puede catalizar de manera positiva las consecuencias de esa grieta que atraviesa a todo el país.
El cálculo es una operación matemática simple. En un mano a mano con Bullrich, el kirchnerismo lo apoyaría con tal de evitar un triunfo de la ex ministra de Seguridad de Macri. Si la definición fuera con Massa, el espanto de Juntos por el Cambio decantaría en voto a favor del León. Es un win-win por donde se lo vea.
Entre las especulaciones posteriores a las Primarias aparece la posibilidad de que el electorado comience a prestarle más atención al discurso encendido de Milei. Algo así como que, hasta ahora, no había sido más que un personaje pintoresco que sabía percibir la rabia social y convertirla en plataforma electoral. Gritos, gestos ampulosos y posturas de rockstar. Un especialista en retroalimentarse de la bronca popular.
Existe en este punto una subestimación a la decisión popular. Es probable que ya haya sido escuchado con atención y que, incluso así, lo hayan elegido. O acaso hay alguna diferencia con ese 27% de argentinos que, más allá de observar que en los últimos 20 años el país se ha convertido en una gran villa miseria (en todo sentido), sigue optando por el candidato que ofrece el kirchnerismo sin respetar la mínima línea argumental. En todo caso, la pregunta es cómo puede ser que a pesar del desastre económico y social argentino, el padre de la inflación de más de 100 puntos, alentado por una persona condenada por hechos de corrupción, haya obtenido un porcentaje que le permite seguir en carrera. Milei, al menos, muestra cierta coherencia.
Habrá que ver, claro, cómo impactó el discurso de Juan Grabois en quienes todavía creen que un kirchnerismo moderado es posible. Bastó con escucharlo cinco segundos para darse cuenta de que hasta Massa rogaba que se callara de una vez por todas. El delegado papal no hizo más que mostrar, de manera enardecida, las cartas con las que suele jugar el kirchnerismo más radicalizado. Y el ministro de Economía -y casi presidente en ejercicio ante la desaparición de la escena pública de Alberto Fernández– sabe que, por ahí, más que ganar, va a perder votos.
Lo único que puede modificar los planes de Milei es una reestructuración de Juntos por el Cambio, que ahora le toca correr de atrás en este juego de oficialismos y oposiciones. Dejó de ser la principal alternativa de cambio. Perdió ese papel en la consideración popular. E hizo todo lo posible para que eso ocurriera. Se desangró en una interna que, con el resultado puesto, le salió carísima. El hartazgo de la gente también se manifestó de esa manera. Lejos de entender que la calle demandaba una opción clara y de unidad, decidió mostrar la desesperación por un cargo; por llegar a un estamento de poder. Se priorizaron las ambiciones personales por encima de un modelo de país. Y justo ahí, por el medio, se coló Milei.
El problema de Milei –el más importante- es que se trata de “Deportivo Milei”. Después de él, nadie. No transfiere, no contagia. Nadie puede beber de la pócima que lo llevó a ser el principal candidato a presidente. Si no está él, la derrota está preanunciada.
Sin él, ni Mercedes Llano ni Carlos Balter hubiesen dado un discurso en un bunker ganador. Incluso debe haber miles de mendocinos que el domingo por la noche se preguntaron quiénes eran esos que festejaban porque ganó el candidato que ellos habían votado. Y por qué, sobre todo, estaba Omar De Marchi ahí. La respuesta a esto último es sencilla: el candidato a gobernador por La Unión Mendocina fue a ver si podía rescatar alguna migaja que le dé chances en las elecciones del 24 de septiembre.
A la Argentina le creció un Bolsonaro, un Trump. Un outsider que se animaba a decir lo que el pueblo subyugado por dirigentes enriquecidos quería escuchar. Los llenó de conceptos nuevos; los sedujo con la idea de dolarizar y que los billetes verdes fluyan; la chance de ser un país desarrollado; el camino para desparasitarse de ese porcentaje decidido a estrujar al Estado hasta dejarlo seco; les vende la posibilidad de que, de una vez por todas, se vayan todos. Y parece que la idea prendió.
