En 2009, el juez federal Norberto Oyarbide sobreseyó al matrimonio Kirchner en una causa de enriquecimiento ilícito. Fue un proceso casi exprés. Años anteriores, los jueces Julián Ercolini y Rodolfo Canicoba Corral habían determinado lo mismo. Siempre, con el fiscal Eduardo Taiano como representante del Ministerio Público. Nunca hubo apelación. Y así como se abrieron, los expedientes fueron cerrados.

En ese momento no hubo cuestionamientos a la Justicia. No se habló de “lawfare”, de persecución política ni de violencia de género, argumento con que un colectivo trató de desnaturalizar la investigación en contra de la vicepresidenta Cristina Fernández.

Tampoco sonaron las críticas ni hubo marchas masivas cuando los jueces Adrián Grünberg y Daniel Obligado, miembros de un tribunal oral, ganaron por mayoría y ejecutaron un movimiento que, al menos, fue poco ortodoxo, y que determinó el sobreseimiento, entre otros, de CFK y de sus hijos, Máximo y Florencia, en una causa por lavado de activos a través de la actividad hotelera, conocida popularmente como Los Sauces y Hotesur.

En ese momento, la Justicia no respondía a intereses espurios ni estaba amañada por la derecha. No existieron ni los medios hegemónicos ni los discursos neoliberales. Tampoco hubo partidos de fútbol, asados o análisis capciosos de avisos fúnebres.

Las rabietas, por lo tanto, no son más que eso. Una respuesta clásica desde que la idea de Justicia apareció como uno de los tres poderes del Estado. Jamás un imputado, en la historia de los pasillos de los tribunales del mundo, estuvo conforme con una condena o, al menos, con una investigación en su contra. Tiene que ver con la lógica humana y el instinto de preservación. Incluso aquellos que han confesado sus crímenes buscarán un relativismo, alguna teoría conspirativa o elucubrarán alguna mala interpretación de los hechos, para dar a entender que forman parte de un supuesto complot.

Que CFK se muestre nerviosa, con berrinches y a los gritos es normal; está dentro de las conductas esperadas de alguien que siente que no tiene muchas opciones de salida. Es la conducta esperada para cualquier persona sentada en el banquillo de los acusados.

Que un fiscal sea ampuloso en su discurso y en sus gestos también responde a la dinámica de un juicio oral. Es el representante del pueblo y está defendiendo esos intereses. Si está convencido de los elementos con que cuenta, por supuesto que hará todo para convencer al tribunal de que la persona que está siendo juzgada sea condenada.

De esto se trata, de un debate oral y público. Se expone la totalidad de la evidencia; la que presenta la fiscalía y la defensa; se sopesa, se evalúa y, a partir de allí, saldrá un veredicto.

Esa es la ventaja de que sea oral: ver toda la película. Introducción, nudo y, ya en la etapa de alegatos, vaticinar cuál será el desenlace.

Eso es lo bueno de que sea público: todos tienen acceso y pueden sacar sus propias conclusiones a partir de lo que ocurre en la sala. Los jueces tienen el bagaje jurídico y legal para analizar ciertas conductas, pero la justicia tiene un alto grado de sentido común y es parte del contrato social. Si de un día para el otro alguien se hace millonario, la Justicia debe ser suspicaz. Si lo hace con fondos públicos, la desconfianza crece. Si encima existen vínculos personales entre quienes deben administrar esos fondos públicos y el nuevo millonario en cuestión, la sospecha es aún mayor.

Ese combo genera dudas. Y la duda suele jugar a favor del imputado, pero invita a la reflexión. Es la sana capacidad de discernir si algo está bien o está mal. O, al menos, plantearse el interrogante.

“Si eso no pasa, surge el fanatismo. El fanático es alguien que deposita la verdad y la autoridad de los hechos en otra persona. Se priva del privilegio de tener la libertad de pensar”, analiza el rabino Alejandro Bloch sobre el proceso en que la creencia o la militancia se radicalizan.

Argentina entró en el peligroso torbellino del fundamentalismo. Si la verdad es mi verdad, entonces está bien. Si no, qué quilombo se va a armar. Y amenazas veladas y no tan veladas. Y dirigentes orgullosos de declarar “no me importa si hay pruebas o no hay pruebas”. O periodistas afirmando que “bueno, que tal vez la impunidad a veces sea saludable para la vida democrática”. Eso, en realidad, se acerca muchísimo al concepto de dictadura.

“La fe no pide pruebas. Al contrario, es más fe cuando las rechaza”, explica Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales, investigadora y analista de medios. “Ellos no se volvieron más fanáticos. La diferencia es que ahora entendemos que son fanáticos. Habíamos naturalizado esos excesos equiparándolos a la lógica política. De hecho, los hemos llamado ‘militantes’. Y son fanáticos; fanáticos cooptados por una propaganda que no viene de ahora, sino desde la fundación de ese partido. Lo interesante es que el resto de la sociedad los está percibiendo en su contextura, en su densidad y en su alienación a una persona”.

En la cabeza de un militante

“El peronismo es una forma de vivir. Es una pasión. Es imposible dejar de bancar, incluso con condenas, siempre y cuando la justicia siga como está”.

“Yo a ella te la defiendo más que a mi vieja. Te juro que es imposible explicarlo”.

“Es como Evita, realmente me cuesta no idealizarla”.

“No puedo ser objetivo. Tendría que verla a Cristina revoleando bolsos para desilusionarme. Soy muy fanático”.

“Veía el video que hizo La Cámpora y me emociona hasta las lágrimas”.

Las frases son disparadas en una charla por WhatsApp por un conocido militante del PJ en Mendoza. Pide que su nombre no aparezca; en especial, por la comparación que hace entre Cristina Fernández y su madre.

Para el analista político Jorge Giacobbe, “no en vano militancia y militar tienen la misma raíz. Una organización donde uno se somete a un colectivo con tal de pertenecer y por ende se doblega a otro que tiene un escalafón más alto. Ahí se pierde la individualidad y se entrega voluntariamente la capacidad de raciocinio; incluso la de discusión e incluso la de decisión. Es un comportamiento más emocional hacia el grupo que racional hacia las ideas”.

El caso del fiscal Alberto Nisman sirve como parámetro para entender ese comportamiento. Hubo una campaña inicial para leer el caso como un suicidio. Unos días después, cuando Cristina salió en Cadena Nacional a decir que para ella era un asesinato, la historia cambió. El objetivo fue buscar a un asesino que se amoldara a los intereses del grupo. Más tarde, cuando el liderazgo político decidió imponer de nuevo la versión del suicidio, la masa giró sobre su eje para acomodarse.

Antes ya había ocurrido con Jorge Bergoglio: pasó de ser el enemigo número uno del kirchnerismo a convertirse en “Francisco, el papa peronista”.

O los empresarios que “se la llevan toda” y fomentan el neoliberalismo, pero la causa Cuadernos, que muestra un plan sistemático de pago de coimas en la obra pública, “en realidad son fotocopias”.

Las excusas hacia adentro se pueden dividir en tres niveles, según el rango de pertenencia que exista. En todos los casos, la coartada siempre es perfecta. Nivel uno: nadie roba, es todo mentira. Nivel dos: robó, sí, pero lo hizo para poder enfrentar a los poderes que buscan destruir el país. Nivel tres: nadie es perfecto. Entre el dos y el tres, por ejemplo, se ubica Amado Boudou, condenado por intentar quedarse con la fábrica de hacer billetes.

“Es la forma en que fuimos criados, con una gran tendencia hacia la idolatría y seguir personas. La religión es algo así. Particularmente con el peronismo ocurre algo parecido, a partir de la construcción de un culto muy fuerte al personalismo y que, en el 2003, con Néstor y Cristina, se emuló esa época. Tenemos esa tendencia a buscar referencias. Los peronistas estamos acostumbrados a esto. Después, está en cada uno. Una cosa es bancar el movimiento y poder criticar las cosas que se hacen mal. La defensa férrea y cerrada es una cuestión individual. También está la necesidad de pertenecer a determinados círculos. El cristinismo ha tenido mucho de ‘macartismo’”, señala Carlos Galisteo, dirigente del Peronismo de Godoy Cruz.

No quedarse afuera

La socióloga Graciela Cousinet entiende esta mezcla de militancia con fanatismo como un fenómeno psicosocial que va de la mano del comportamiento tribal y de la necesidad de consolidar lazos sociales.

La interacción es similar a la que se da con los equipos de fútbol. De ahí, la relación estrecha entre la política, los punteros, los militantes y los barras.

“Hay símbolos y lenguaje que identifican. El fenómeno de los estribillos de las canciones que pasan de la cancha a la política es una muestra”, advierte Cousinet.

Cualquier aspecto negativo que ponga en riesgo esa identidad será rechazado. El modelo a seguir es lo que ocurre con el denominado “juicio Vialidad”.

“Al estar tan identificados con una persona, temen que si se comprueba algún hecho ilícito pueda afectar la personalidad del grupo y cada uno de los integrantes”, agrega.

El fenómeno de las expresiones masivas comenzó a estudiarse fuertemente en la década del 50. Fue luego de la Segunda Guerra Mundial cuando las ciencias sociales intentaron buscar una explicación al origen del nazismo y al encumbramiento de Adolf Hitler a pesar del mensaje de odio que profesaba.

En el razonamiento de estos grupos, el líder concentra todos los ideales. Fuera de eso, el resto es enemigo. Y, cuando se sienten amenazados, se fortalecen. No hay acción; sólo reacción. Es una apelación permanente a lo emotivo y pasional, en detrimento de lo racional.

Son minorías intensas hípermovilizadas, concentradas en nubes que, ante determinados hechos, se aceleran, encuentran opiniones que sean compatibles con sus prejuicios y buscan la fragmentación social.

“En el caso del kirchnerismo, eso ocurrió por primera vez luego de la polémica con el campo por la 125”, recuerda.

Se les ofrece un esquema fácil y cómodo de la interpretación de la realidad. Ver otro punto de vista implica pensar por sí mismo. De ahí, el fenómeno de la retroalimentación y el papel central que ocupan las redes sociales.

Se menciona “al algoritmo” como el responsable de reunir opiniones o posturas similares. No es más que una ley de atracción. Se generan dos mundos que pocas veces se vinculan. Cuando sucede, es una conversación sorda.

La clase política es consciente de esto. Y apela a la instantaneidad y a las métricas de sus mensajes. Escriben para recibir likes; para la tribuna; para su tribuna. La relación es inversamente proporcional: más espectáculo y menos política. Los partidos pasaron a un segundo plano y reina el imperio de las encuestas.

Así, aparecen candidatos fugaces, incapaces de otorgar un marco teórico e ideológico a un debate maduro. Tampoco les interesa. Son potenciados por medios que encuentran en este juego un negocio. Saben que determinado discurso les asegura un piso de audiencia. Y construyen la realidad a partir de esa premisa.

“La idea de que la gente abandonará sus creencias irracionales ante la solidez de la evidencia presentada ante ella es en sí misma una creencia irracional, no apoyada por la evidencia”, sostiene desde hace tiempo el lingüista estadounidense George Lakoff.

Por eso, cuando el juez Oyarbide, casi una década después, en medio de la investigación de la causa Cuadernos declaró que aquel sobreseimiento del 2009 lo firmó porque el kirchnerismo le “apretaba el cogote”, prefirieron no escucharlo. Resultó más cómodo apegarse al relato y hacer de cuenta que acá no ha pasado nada.