La incertidumbre y el desasosiego dominan el ánimo post electoral. Incertidumbre, porque todo lo que explica su significado se refleja a flor de piel en la sociedad: “falta de seguridad, de confianza y de certeza sobre algo especialmente cuando crea inquietud”. Y, el desasosiego porque, como pocas veces antes, se ha encarado un proceso electoral de medio término con tanta intranquilidad y ausencia de calma.
El río está revuelto y el ánimo irritado y exasperado. La política en competencia electoral, toda en su conjunto, con muy pocas excepciones, no ha logrado ni por asomo llevar algo de paz a los millones de almas que vienen de tutearse a lo largo de todo un año con la muerte por la pandemia de coronavirus y están lidiando con sus economías destruidas por el fenomenal parate de la actividad formal e informal y por la desconfiguración que se produjo de todo lo que venía funcionando; funcionando mal, es cierto. Pero, andando y caminando en un mecanismo propio para el que la misma sociedad había aprendido a generar anticuerpos, ciertamente defensas, para un sistema malformado y propio de un país particular como Argentina. Tan particular que, como aquellas personas que pueden llegar a vivir muchos años con un umbral de sufrimientos y de pesares extraordinario o fuera de lo común, internalizó y naturalizó anomalías casi extinguidas en el mundo civilizado, como la inflación, una productora incansable e infernal de pobreza y de desempleo como ninguna que ha sido parte de ellas por décadas y décadas, con muy pocos intervalos de ausencia.
En la campaña, el mensajes y el discurso de los frentes mayoritarios sólo fue destinado a los propios. En realidad, se trató de un fenómeno en el que cada uno de quienes lideraron las batallas, tanto en la Nación como en el terreno provincial, se sintió cómodo y a gusto. En el golpe y contragolpe se fue diluyendo el tiempo que se pudo haber aprovechado, de acuerdo con la lógica de antaño y la teoría, para darle rienda suelta a lo que se supone tienen en la cabeza para liderar procesos de cambios y de transformaciones.
Todo lo que se discutió en la campaña agitó y alimentó la fractura. No hubo nadie, de los más visibles, que haya podido comprender el clima que se fue gestando en una sociedad encerrada en una olla a presión, sin salidas ni respuestas a problemas viejos que se agravaron y a nuevos, inéditos e inesperados producto del estado de pandemia universal.
¿Pudo haber lugar en esta campaña para ideas superadores o proyectos o propuestas que no fueran las consignas y bardeos varios que se destinaron? Sí, claro que sí. Faltó creatividad y un esfuerzo superior para cambiar lo establecido y las formas y maneras que vienen utilizando para conmover a los ciudadanos o alcanzar su fibra más íntimas.
Hay que decir que los problemas mendocinos, que son los mismos y comunes para todo el país, no se van a resolver en medio de discusiones puramente locales. Para esto último quedarán asuntos no menos importantes, como una mejora al sistema de educación o al servicio de justicia que se debe seguir modificando y, quizás, un debate a fondo en torno a una reforma al sistema institucional interviniendo la Constitución y, por qué no, a los mecanismos electorales si, en caso, desde la Nación se sigue postergando el camino hacia una mayor transparencia y un método mucho más sencillo y claro para los votantes. Todos temas pendientes que pueden abordarse de ahora en más, quizás en el próximo año, para no perder más tiempo.
Todo lo demás que duele y que está dañando ahora tiene que ser respondido desde la Nación. Y, para que eso ocurra, Mendoza se tiene que meter de lleno con sus legisladores en una discusión en la que ha estado ajena, salvo para formar parte de un movimiento que le ha dado vida a la fractura ideológica, a la grieta.
A partir del 14, y una vez que las heridas cierren y ya no duelan en demasía los sablazos que dejarán las elecciones, los nuevos legisladores que elija Mendoza el fin de semana podrían acordar la conformación de una burbuja particular y, por qué no, buscar coincidencias con cordobeses, santafesinos, entrerrianos y sanjuaninos, como ya lo han hecho los empresarios, para discutir en un ámbito específico los problemas comunes que tienen la producción, la industria y el empleo.
De ese tipo de aventuras suelen surgir escenarios mágicos. Los nuevos legisladores tienen que arrancar el próximo período parlamentario con otra cabeza y una mirada más inteligente y creativa. Debarían saber que no tendrán demasiado margen, ni mucho menos movimientos permitidos, como para hacer cualquier cosa con la representación que les ceden los mendocinos.
Con la grieta, con sus taras ideológicas, con sus gestos para la tribuna, con sus desprecios por la realidad y por los datos de la realidad, con sus estilos prepotentes y altaneros, con todo lo que parece que se llevan bien y a gusto, hagan lo que quieran. Pero, con los intereses de los mendocinos eviten jugar porque no sólo el horno no está para bollos, los cables están pelados y el festival de chispas se acerca al fuera de control total.
