Corría febrero del 2020. En Argentina no se tenía mucha idea, ni noción siquiera como en buena parte del mundo, de que se avecinaba una pandemia de coronavirus que haría estragos en la salud y en la vida de millones de personas. El nuevo presidente, Alberto Fernández, todavía tenía tiempo y suficiente hilo en el carretel para explicar por qué no había incrementado en 20 por ciento las jubilaciones de los argentinos, cosa que había prometido hacer desde el día de su asunción. Mendoza se preparaba para la Vendimia, el momento estelar de la industria y su cultura en todo el año, y el nuevo gobierno provincial, que había asumido en diciembre del 2019, todavía se sacudía e intentaba recuperarse del revés que había sufrido su intención de darle impulso y desarrollo a la minería a gran escala, que debió abortar cuando miles de personas llegadas de diversos puntos de la provincia se manifestaron en la ciudad exigiendo que todo volviera a lo que era entonces.
El peronismo mendocino –ahora liderado, por primera vez, por una mujer que se había ganado el derecho a comandarlo al desplazar en elecciones internas a la vieja guardia peronista de los intendentes– hacía esfuerzos por imaginar el futuro y los desafíos que tendría por delante para alcanzar la soñada meta de la Gobernación para el 2023. La derrota ante los radicales y sus socios de algunos meses atrás, para nadie había significado una sorpresa demasiado dolorosa. Pero, Anabel Fernández Sagasti, la jefa, no pretendía perder más tiempo para empezar el camino de la reconstrucción. Luego de tomar contacto con influyentes operadores en Buenos Aires que se pusieron a su disposición, la senadora nacional acordó en Mendoza una reunión con uno de los más prestigiosos publicistas y expertos en campaña electorales y políticas del medio. El gurú en cuestión tenía entre sus antecedentes haber formado parte de la diagramación de la exitosa estrategia que le había permitido a Celso Jaque alcanzar la Gobernación en el 2007. Anabel no estuvo sola en la cumbre. Fue acompañada por su inseparable lugarteniente Lucas Ilardo y por dos de sus dirigentes más cercanos.
¿Cómo es vista Anabel en Mendoza?, preguntó el gurú. Para que lo comprendieran mejor amplió: ¿Como una política mendocina hecha para Mendoza o más bien como una referente de Cristina Kirchner, más ligada con el kirchnerismo nacional que con Mendoza? No se escondió nada en esa charla luego de que se develara la imaginada respuesta. Claro que, desde ahí en adelante, un encuentro como ese no se volvió a realizar, al menos de manera más o menos oficiosa y con trascendencia.
En el peronismo creen que Fernández Sagasti ya eligió. Su mirada fina, su pensamiento, su proyección está más en la Nación que en la Provincia. Y no ven posible que se cumpla aquel sueño que, al menos, se pensó construir y darle forma en febrero del 2020. El voto en contra al acuerdo que con el FMI alcanzó el gobierno de Alberto Fernández parece haber definido las preferencias y prioridades de la senadora. Y si bien se coincide a grandes rasgos con el documento que La Cámpora dio a conocer a minutos de la aprobación del pacto por parte del Senado, de lo pernicioso que puede resultar darle aire al plan económico para cumplir con los lineamientos del memorándum, peor hubiese sido caer en default.
Días antes de la crucial votación del Senado, Fernández Sagasti había develado en parte algo de la estrategia que el camporismo llevaría adelante. Y si bien no dijo cómo votaría, sostuvo que se analizaba la libertad de acción, que efectivamente se trataba de una votación dividida, por diferentes criterios, pero que, en su caso, lo haría “como mendocina y peronista”.
Una vez develado el misterio, en Mendoza comenzaron los análisis de la situación generada por el voto de Fernández Sagasti y sus consecuencias en la provincia. Hay de todo. Se dice, por caso, que como peronista no parece haber votado, cuando la inmensa mayoría del peronismo acompañó el pedido de su presidente que, si bien está devaluado, no deja de ser el presidente del peronismo. Si no hubiese acompañado la oposición, otra habría sido la historia, probablemente mucho más truculenta de lo que por sí ya es.
Está en dudas, a su vez, si votó como mendocina cuando, de los trece legisladores nacionales de Mendoza, sólo dos lo hicieron en contra del acuerdo: Fernández Sagasti en el Senado y Marisa Uceda, la también camporista, en Diputados. La senadora bien podría afirmar que los once no votaron como mendocinos. Pero, tendría que buscar argumentos sólidos y muy razonables que hoy no se ven, al menos en la superficie, para sostener la teoría.
El peronismo está en ebullición desde bastante tiempo a esta parte. Mientras más cerca el 2023, más alteración y más actividad que aún no se traslada a la superficie de manera evidente. Los intendentes Roberto Righi y Emir Félix venían hablando y trabajando en un armado específico, alternativo a lo que hoy puede ofrecer el peronismo. La enfermedad de Félix puso en suspenso todo a la espera de su recuperación. Pero no ha frenado las charlas en todos los departamentos. Se busca volver a las fuentes y lo de siempre: un discurso claro y creíble que se reencuentre con los mendocinos.
