– ¡Viva Cristo Rey!
– ¡Viva!
Con esa arenga y con esa respuesta, que poco tuvo que ver con cuestiones de fe, la Universidad Nacional de Cuyo ingresó en un túnel de tiempo que llevó a una de las instituciones más prestigiosas de la provincia de viaje al Medioevo, con una escala obligada en 1965, para borrar de plano los principios establecidos en el Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia de Roma entendió que de ninguna manera podían defenderse cuestiones dogmáticas a través de la violencia.
Un grupo denominado “Católicos Autoconvocados”, motivados por el rechazo que para ellos generaba una muestra de arte en el Rectorado, decidió tomar el asunto de manera personal e irrumpió en el edificio para convertir las obras en testigos de la iracundia religiosa.
“Se fue todo al pasto. La mecha está tan corta que ni siquiera tuvimos la posibilidad de abrir un debate. Nos habíamos comunicado con las autoridades de la Universidad para tener una charla el martes. El lunes ocurrió esta barbarie”. El que habla es el cura Marcelo De Benedectis, una de las voces autorizadas del Arzobispado de Mendoza.
Esta vez, la autoridad eclesiástica reaccionó en tiempo y forma. Horas después del ataque a la muestra por el mes de la mujer, sacó un comunicado contundente para rechazar a los fundamentalistas: “No podíamos callarnos ante un hecho semejante”, advierte.
La exposición de la muestra “#8M Manifiestos Visuales” y el ataque de un grupo radicalizado católico instaló la discusión fangosa sobre el arte, su alcance, sus objetivos y la responsabilidad del mensaje. Y si acaso la libertad de expresión tiene límites. Y, de ser así, cuáles son.
“Desde el vamos, la violencia invalida la opinión. La agresión deslegitima cualquier otro tipo de reclamo”, señala Norma Morandini, una periodista convertida en referencia obligada cuando el tema en escena tiene que ver con conceptos que aparecen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Una suerte de biblia para ella.
“Si soy un defensor de la libertad de expresión, tengo que estar dispuesto a respetar incluso lo que me ofenda. El límite siempre es la incitación a la violencia”, aclara.
Esta última idea tiene una explicación lógica. El arte no puede ser el barniz que cubra una agresión. Y, en la historia, este recurso compite mano a mano con el humor: enmascarar la apología de un delito con un chiste. Un viejo truco.
Daniel Rueda, gestor cultural, y Gabriel Palumbo, sociólogo, crítico de arte y curador independiente, coinciden en un punto: la organización de la muestra no puede ser azarosa; no hay lugar para improvisación. Se trata de un mapeo general que debe incluir desde el lugar elegido hasta la ubicación de cada obra.
“Si hacés una muestra crítica a la Iglesia, debés tener responsabilidad sobre el lugar. Hay herramientas que sirven para bajar la tensión, como cartelería para explicar el porqué de cada obra. Pero de ninguna manera eso puede exculpar a los violentos. El vandalismo es reprochable siempre. Tampoco se puede caer en la excusa de la pollerita corta”, asiente Palumbo.
Para Rueda, “hacer el trabajo de curaduría implica saber a qué público irá destinada la muestra. Y muchas veces dependiendo de eso opta por una sala pública o privada. La curaduría es una obra en su conjunto. Y toda expresión tiene su costo”.
“Es lo que buscamos con nuestro primer comunicado, luego de conocer el contenido de la muestra”, señala De Benedectis, y refuerza que la postura del Arzobispado se planteó en tres ejes: “Entendimos que había violencia sobre nuestros símbolos. Asumimos la responsabilidad de hacer el planteo. Y llamamos a la paz social porque estábamos entrando en un terreno de delicado”.
La UNCuyo no dimensionó el alcance de la muestra hasta que empezó a cosechar críticas de grupos religiosos en las redes sociales. Quedó en evidencia cuando la rectora, Esther Sánchez, manifestó que elevaría esos planteos al Consejo Superior. No había una postura previa tomada. Y allí se filtraron los violentos, en ocasiones autopercibidos docentes de la institución. Desde ese lugar llegó la convocatoria que produjo el desmadre del lunes pasado.
No es la primera vez que pasa. Transita tanta gente por las facultades con cursos y cursillos, que más de una vez la Universidad Nacional de Cuyo, una de las marcas orgullo de la mendocinidad, ha quedado envuelta en algún que otro escandalate que luego tuvieron que ser subsanados con comunicados y sumarios internos.
La Iglesia intenta separarse de los descendientes vernáculos de Tomás de Torquemada y de la postura inquisidora. Es, con seguridad, una posición más lógica y conciliadora que la que tuvo el Papa Francisco luego del ataque a la revista Charlie Hebdo, cuando casi que justificó a los terroristas islámicos que irrumpieron en la redacción parisina en enero del 2015 y asesinaron a doce personas, enojados por la publicación de una caricatura de Mahoma.
Norma Morandini toma la posta, recuerda otros episodios de violencia religiosa contra expresiones artísticas y sentencia: “’El derecho a cagarse en dios’… Es un libro fabuloso. Y el nombre es toda una definición”.
El derecho a cagarse en dios. Así resumió Richard Malka su alegato como abogado de Cherlie Hebdo en el juicio en contra de los terroristas. Y abre una nueva dimensión sobre qué significa trabajar por y para la libertad de expresión.
“¿Por qué no cagarse en el comunismo? ¿O en el capitalismo? ¿Por qué no tendría yo el derecho a meterme con una creencia que pretende que una mujer no sea igual que un hombre y que a los homosexuales hay que tirarlos por la ventana? ¿En nombre de qué podría usted impedírmelo?”, indagó el abogado en una entrevista hecha por el diario El País. Y abrió una nueva dimensión en la cual existe una igualdad de derecho. De lo contrario, la doble vara pasa a ser un karma.
¿El límite? El insulto personal; la promoción de delitos; fomentar discursos de odio tal y como los entiende la ONU.
El resto es un mero juego de creencias y de posturas. Si una religión puede sugerir cómo hay vivir, la respuesta a veces llega en forma de arte. Incluso cuando eso ofenda. No hay que tapar esculturas desnudas por miedo a la venganza de un presidente iraní que llegaba de visita, como ocurrió en Italia en 2016. Hay que rescatar los valores occidentales. Especialmente, darse el lujo de sentirse ofendido y no arremeter violentamente contra el otro. Porque, como dice Malka, “ser ofendido es la vida. Si no, vayamos a vivir a una cueva”.
