La más que severa derrota que recibió el peronismo en las PASO del domingo ha disparado un sordo y oculto debate interno más que interesante, en las sombras y en la intimidad, todavía, sobre el futuro de un movimiento social que no sólo ha conducido a la provincia institucionalmente por la misma cantidad de años que lo ha hecho el radicalismo y sus socios desde la recuperación de la democracia hasta ahora (cinco períodos para cada uno) sino que, vaya novedad, está fuertemente inserto en la vida de la provincia y de sus ciudadanos desde el mismo momento en que irrumpió en la sociedad nacional, a mediados de la década del 40.

Fuera de lo que es hoy la primera línea de conducción, en las siguientes capas de dirigentes algunos con pasado de las más altas responsabilidades en cualquiera de los tres poderes del Estado, es donde se discute qué pasa con el peronismo, por qué llegó a obtener esa tan magra suma de 154.000 votos, apenas 16 por ciento, y lo más emocionante del futuro: lo que le espera de aquí en más y si todavía tiene alguna chance de recuperarse en setiembre, en la elección final por la provincia o si continúa con ese derrumbe que lo aqueja.

El problema, como está dicho, es que lo primero que se está identificando en el Frente de Todos es la falta de liderazgo, que tome los asuntos negativos que lo aquejan desde varios años a esta parte, se los cargue encima, ya no buscando una nominación o una candidatura, sino más que eso: para marcar el camino de la sanación y la vuelta al rumbo perdido.

Para algunos, el desarrollo y desenlace de la interna que viene de protagonizarse en el oficialista Cambia Mendoza y la particular actuación de Luis Petri, el que desde la nada misma logró 4 de cada 10 votos del espacio, le está ofreciendo al peronismo un modelo de posible recuperación. Esto es, que alguien del movimiento, ajeno a la actual conducción, se anime a probarse un traje similar al que usó Petri con éxito, enfrentar a la conducción y buscar su desbanque, con los métodos que ofrece la democracia interna, expresando y exponiendo a la vista de todo el mundo los serios problemas de representación del peronismo.

El punto es que “el Petri del peronismo” hoy no aparece o, simplemente, no está todavía, no se lo conoce. Cuando los intendentes tuvieron la oportunidad, el elegido de cargarse al hombro las dudas, los dramas, vicios y todas las enfermedades que lo afectan con el fin de buscar su sanación, decidió abandonar a horas del crucial combate. Desde esas filas, que se identifican con los intendentes, surgió desde hace tiempo una descripción precisa del drama de liderazgo que los envuelve y que es muy conocida y extendida en los ámbitos de la política: “Hemos nacido para ser soldados, respondemos a quien nos manda, sea Cristina, Néstor o quien esté y, además, somos insectos porque no nos extinguimos y permanecemos”. Así se describe, quizás con otras palabras, pero con el mismo significado, uno de los caciques del peronismo, disimulando, también, la falta de capacidad, aptitud y algo de actitud, por qué no, de parte del sector para asumir el control de esa aventura por recuperar la historia –o parte de la misma– del peronismo.

Lo curioso es que ese peronismo que nació como anclaje de las demandas de los sectores populares, se dice también en estos debates y contertulios, hoy ha dejado vacante tal representación en Mendoza, lo que ha saltado a la luz claramente con el resultado de esta primera vuelta electoral del domingo. Y, si en caso lo mantuvo, para algunos en la conducción, también es evidente que no es ni ha sido muy sólida ni confiable ni creíble, producto del estilo sectario y ombliguista con el que es llevado adelante su funcionamiento.

En este peronismo analista que está revisando la naturaleza de la crisis y las vías de escape de una situación de “oprobio” –así la califican–, se animan a sostener que nadie en la política mendocina ha asumido el rol histórico de tomar las banderas de los sectores más vulnerables y desprotegidos. Una situación que no se la cargan a nadie –en sentido culposo aclaran–, porque, para ellos, al ganador de las PASO y quien mantiene en sus manos el liderazgo y centralidad política en Mendoza, por Cambia Mendoza y sus dirigentes, no les ha ido nada mal con su estrategia y un discurso hecho a medida de los sectores medios, y lo mismo hacen extensivo a La Unión Mendocina, de Omar De Marchi y compañía.

El punto es que el peronismo no sólo ha dejado vacante aquella representación de los más vulnerables y desprotegidos a los que en algún momento de su historia les daba alguna garantía de ascenso social y superación. Hoy es todo lo contrario y significa lo opuesto. Sólo garantiza una ominosa situación constante de pobreza y una cada vez más lejana posibilidad de asomar la cabeza en la superficie.

Sin embargo, hay un aspecto del autoanálisis en el que está inmerso parte de este movimiento opositor desde el 2015 a la fecha, que resulta en alguna medida llamativo cuanto menos: porque hay quienes separan la situación del peronismo nacional con la del provincial y le sacan, al nacional, el lastre al que algunos le apuntan como el culpable de la situación en la provincia. “Esto es así porque, pese a todo, en la Nación el peronismo, o Frente de Todos con el kirchnerismo, todavía sigue siendo parte de una discusión posible, siendo uno de los tercios en los que podría dividirse desde octubre el país, tras las elecciones, y hasta por qué no, de ser la expresión misma de un milagro si en caso se llegara a imponer y ser elegido para otro período de gobierno”, según ha expresado una figura local, de un peronismo de otra época, de aquella o aquellas en las que la sintonía y empatía con la gente era lo esencial y no como ahora, cuando la “la orga” se ha convertido en lo central, lo medular, el norte y el lugar de culto y veneración.