Alfredo Cornejo y Javier Milei / Imagen generada con Intelingencia Artificial. Credit: Imagen generada con Grok.

Si Cambia Mendoza, el oficialismo mendocino que controla el gobierno de la provincia, tuviese que definir hoy mismo un acuerdo con La Libertad Avanza de Javier Milei para encarar juntos, en una misma estrategia, las elecciones de medio término que se avecinan, probablemente se inclinaría por la negativa.

Falta un mes casi exactamente para que al gobernador Alfredo Cornejo le expire el plazo para tomar una decisión crucial respecto del cronograma electoral: esto es si decide unificar la fecha para que, en un mismo día, en este caso el 26 de octubre para cuando está prevista la elección de diputados nacionales, los mendocinos también elijan la composición que tendrá la nueva Legislatura provincial con el recambio de senadores y diputados que asumirán en el 2026. Si Cornejo resolviera dejar las cosas como están, parte de la elección provincial de medio término tendría que realizarse en el transcurso del verano próximo: en febrero las PASO y en abril la definitiva.

A Cornejo siempre le cerró en términos de conveniencia política optar por la unificación, previo acuerdo con la fuerza partidaria de Milei y potenciar en las urnas lo que se supone flota en el aire: una mayoría de votos que les darían el triunfo a ambas gestiones. Ha sido su plan A. Porque cree que de esa manera a los mendocinos que apoyan su gobierno y aceptan el rumbo marcado en la nación por Milei, particularmente en lo económico y por las reformas estructurales que el libertario viene aplicando, les vendría bien en lo anímico y práctico votar en un mismo día. Se cree que esa decisión evitaría someter a los electores al habitual desgaste del desdoble electoral y a tener que someterse a la cantinela de una campaña que arrancaría en diciembre sobrevolando las fiestas de fin de año, transitaría en medio del ardoroso verano mendocino y las vacaciones estivales de la mayoría de la población, para culminar en el otoño del 26. Demasiado trajín y demasiado riesgo. Un despropósito.

Los últimos acontecimientos han cambiado la visión, al menos que se tenía en el gobierno local según parece, de ir a buscar un acuerdo con Milei. Ahora se ha comenzado a dudar de la conveniencia del mismo por la imprevisibilidad que conduce al desconcierto de todos los movimientos, actos, actitudes, posturas y sorpresas con las que se maneja el presidente que podrían llevar al proceso por un camino incierto. El momento se lamenta en la intimidad. Porque hay coincidencia en un sentido general y amplio en lo que se está haciendo para ordenar al país desde lo económico. Por ahí hay que ir, entienden en el gobierno provincial y están convencidos que el mendocino medio también prefiere lo mismo.

Al frío que se apoderó de la relación entre la administración provincial y la nacional tras la ausencia de Milei y de su hermana Karina, El Jefe, a la Vendimia, se le ha sumado ahora el reciente fracaso de la Rosada en su testarudo y obcecado intento por mantener a sus dos polémicos candidatos a cubrir las vacantes en la Corte de Justicia, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla. Ninguno contaba con el apoyo político para que obtuviesen el acuerdo del Senado, condición y requisito constitucional imprescindible para ocupar cualquiera de los cargos que componen el más alto tribunal de Justicia del país.

El desconcierto y la desconfianza son totales en el gobierno mendocino sobre los pasos del oficialismo nacional. ¿Tendrá la ciudadanía ese mismo estado de percepción que le confirmaría en su albedrío un andar errático que la administración de Milei ha venido demostrando tener en los asuntos políticos? ¿son importantes para el hombre común ocupado en sus problemas y dificultades propias, los temas políticos, el intrincado asunto de la Corte? Si en caso eso sucediera y fuera así ¿afectaría las altas chances electorales que hasta el día de hoy viene teniendo a su favor Milei y que pronostican un triunfo por sobre el populismo en casi todo el país, aunque se haya detectado una baja en su imagen? ¿Qué juega más en la conciencia y en la valoración de lo hecho por el gobierno nacional para el ciudadano que se acerque a votar en las elecciones próximas: la prepotencia de Milei para avasallar las instituciones y sin ningún tino político intentar construir una Corte a su gusto (como lo intentaron sus antecesores aunque con otras armas), con candidatos que la política ampliamente ha rechazado, sin pasar por los mecanismos que la Constitución ordena, o los triunfos económicos que ha logrado efectivamente y tangibles aún en medio de esa turbulencia global desatada por Estados Unidos? ¿Menos inflación y avances concretos para estabilizar la economía del país versus un comportamiento grosero e irrespetuoso para con las normas, la Constitución y ninguneo y desprecio para con las fuerzas opositoras que lo quieren ayudar?

Nadie puede responder esas preguntas con certeza, ni siquiera las encuestas. Ha sido tan profundo el daño que provocaron las crisis recurrentes que afectaron al país desde que se recuperó la democracia en 1983 a esta parte, que la angustia, la bronca y la impotencia que se apoderó de la sociedad han sido tan determinantes que explican a Milei en el gobierno y el cambio de rumbo, drástico y brutal para explorar otras posibles salidas hacia la sanación.

El momento despliega un escenario complejo, intrigante y a la vez peligroso, con mucho riesgo. Complejo porque puede que en su mayoría la sociedad termine aceptando o admitiendo agravios institucionales graves, semejantes a un salvajismo bárbaro que son parte de las formas y de la marca del gobierno de Milei, quizás como producto de su impericia, desconocimiento o meras carencias propias por buscar las necesarias empatías que requiere en cierto momento la política, aún en medio de confrontaciones, para llegar a acuerdos. Acuerdos y pactos que son, en definitiva, los que garantizan el buen funcionamiento institucional, el respeto por la república y la base que sostiene el principio de la democracia. Y contiene condimentos peligrosos que podrían inducir a un cambio en la mirada social, política y cultural de los argentinos sobre el sistema institucional que nos ordena, sobre su calidad y cualidad y la solidez de su base. Pero en fin, todo es parte de un sino que acompaña al país de las últimas décadas, eso de tensar y tensar la cuerda jugando y yendo al extremo, siempre en el filo y al borde de los precipicios.