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Cientos y cientos de personas se levantan bien temprano para llegar antes de que el sol asome a las puertas de algunas de las delegaciones de Anses del Gran Mendoza. En la sede más importante, la de Eusebio Blanco, es donde se concentra el mayor número de viejos y jóvenes, mujeres y varones, detrás del ansiado turno que les permita revalidar una clave social y quizás obtener una CBU con la esperanza de que se le depositen 47.000 pesos este mes, más otros 47.000 en noviembre. Se trata del nuevo IFE, la limosna estrella ideada por el ministro candidato del oficialismo, Sergio Massa, para aliviar la situación de millones de argentinos desvalidos que penan por ausencias y urgencias de todo tipo.

También hacen fila y esperan ser atendidos aquellos que tramitan el préstamo de 400.000 pesos, fuertemente subsidiado, para ser cargado a su favor en la tarjeta de crédito del banco en el que está registrado, donde posee su caja de ahorro y donde le acreditan el sueldo, si es que cuenta con una relación laboral formal y en regla. Al final del día, no todos se retirarán con la buena nueva que fueron a buscar.

Entre los primeros habrá muchas caras largas y más angustia por no calificar para la limosna. El sistema les ha encontrado que tienen trabajo, o que viven con sus padres y que por eso gozan de una situación económica holgada o acomodada, de acuerdo con los registros y la letra fría de las condiciones a cumplir. Uno de ellos le diría a Canal 9: “Tengo trabajo, pero no me alcanza”. Y la inmensa mayoría de los que se ha dejado entrevistar por los medios –porque, además, hay que decir que eso de la exposición pública es otro tema, ¿no?; porque hay que ser valiente para poner la cara frente a hijos, amigos y vecinos y reconocer el hambre–, esa mayoría, dirá sin más que si accede al bono de los 94.000 pesos dividido en dos, se gastará en comida.

En la fila hay risas nerviosas, muchas manos en la cara y tristeza. Las caras son tristes y llevan una carga de angustia que no hay ojos para verlas. ¿Trabaja? (indaga la periodista del 9, Luciana Campigotto, a una mujer). “No, mi marido trabaja haciendo changas en la construcción”, responde con timidez, agregando que tampoco esa entrada es regular porque el trabajo va y viene. ¿Hijos, estudian?, vuelve a preguntar Luciana. La respuesta conmueve, como la expresión de la cara que la transforma: “Una hija y no, no estudia, abandonó”, dice, entre sollozos y una amargura infinita. No da para más. La fila es larga, y hombres que parecen de 50 o de 60, pero que en realidad apenas tienen 40 años, comentan lo que ya se sabe: que la plata no alcanza, que no tienen trabajo, que reparten CV por aquí y por allá y que la respuesta es la misma: “Cualquier cosa te llamamos”.

Ni la pobreza ni la falta de trabajo ni el hambre ni la marginación, la desesperanza ni la angustia han sido parte del debate presidencial de Santiago del Estero. Tampoco lo serán, seguramente, del segundo, el del domingo 8. Entre los candidatos no parece haber nadie impactado por la situación límite y extrema que padecen ciento de miles y hasta millones de argentinos. Sólo en Mendoza unas 800.000 personas viven a duras penas. Se trata, en números redondos, de más de 40 por ciento de su población. En el resto del país, lo mismo. Y no parecen impactados porque, para estarlo, antes debieron conmoverse. Y la conmoción se nota. Arrancando por el respeto.

Los temas centrales han estado ausentes de la campaña. Los asuntos que valen y que se manifiestan a flor de piel en la expresión de la cara de los argentinos que cada día salen a buscar una oportunidad que los alivie; esos, que tienen que ver con los dramas cotidianos y que evidentemente son los más complejos de resolver y que demandan más tiempo, no se han hecho presentes en la agenda.

Es evidente que la Argentina requiere de una dosis inmensa de decencia para comenzar a transitar por otros caminos de acuerdos mínimos. También tiene mucho que ver con un nunca más por la corrupción, tema que tampoco ha sido planteado, salvo por las menciones vagas de Myriam Bregman y Patricia Bullrich, las candidatas de la izquierda y de Juntos por el Cambio, respectivamente. Y lo más serio, ajeno a las excentricidades y al cinismo, ha venido de la mano de Juan Schiaretti, el gobernador de Córdoba que también se juega su carta en todo este lío.

Lo que se presenta frente a los argentinos en esta etapa crucial y en un momento de toma de decisiones ante una nueva encrucijada en la que está la Argentina, no es desconocido, ni lo que se dice aquí devela misterios, sorpresas y extrañezas. Por el contrario, confirma que mucho de lo que se tiene al alcance como alternativas de solución navega por la misma mediocridad de lo que se estaría dejando atrás. Hablar en serio, de los temas de verdad, y más en una campaña electoral, no rinde frutos, pareciera. La degradación cultural que por años ha dominado a la conducción institucional del país, la que lo ha conducido a esta crisis que se muestra como terminal ha hecho mella en el paladar de muchos argentinos, incluso de los más sufrientes. No ha sido gratis, claro que no, y se paga. ¡Vaya cómo se paga!