La exacerbación de la diferencia, la exaltación desbordada, cuando no la altanería pasando sin escalas por la grosería y el destrato sin límites, han hecho del estilo de Javier Milei una marca particular y distintiva que divierte y entretiene a los propios; resalta la incomodidad en la que se mueven y permanecen esos socios opositores pero moderados y necesarios, y se convierte en el alimento predilecto del resentimiento y del odio sin más –sin medias tintas ni eufemismos–, en ese populismo falso progresista que con sus fracasos y embustes constantes fue quien, en gran medida como se sabe, permitió la llegada y el ascenso del libertario al poder.
No hay paz en la Argentina. No la hay desde cuando menos 15 o 16 años, desde los tiempos en los que la sociedad se partió y se fracturó en dos en aquella batalla sin cuartel y a todo o nada que emprendió el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner contra el campo y los grandes medios de comunicación a los que siempre interpretó como los conspiradores de su proyecto. Incluso cuando la sociedad le dio el respaldo con un aluvión de votos que rebalsaron las urnas, como ocurriera en el 2011, aquella administración que tenía todo a su favor y por delante para conducir a la Argentina hacia lugares de privilegio, no paró nunca de hacer uso y abuso de su posición de poder contra amenazas fantasmas llegando a subestimar la voluntad del propio pueblo que transitaba convencido, que creía y jugaba de su lado.
Se ha escrito, dicho y vivido mucho de toda una estrategia seudocientífica que le dictaba a la administración culpable de fracturar el país que mientras tuviese un enemigo enfrente con quien medirse cada día, mantendría activo y en ejercicio la rispidez y a su favor la actuación de la militancia sectaria la que se encargaba de hacer patrullaje ideológico exigiendo sumisión, y denunciando disparatadas cuando no alocadas acciones de traición a la patria, a la que extendían más allá de los límites propios del territorio, a todo eso que con pompa teatralizada describían como la Patria Grande.
Qué más hay que agregar en la actualidad para afirmar que Milei cayó seducido por ese método. Algo extraño, o no tanto, ha sucedido con este presidente que justo cuando la macro economía –de acuerdo con todo lo que los especialistas que la siguen aseguran–, ha comenzado a dar las primeras muestras de recuperación a la espera de que produzca los efectos tan deseados en la micro economía –la que vale de verdad porque es la que tiene en sus manos el volumen suficiente de votos para decidir la suerte del propio gobierno–, el presidente persiste en eso de hacer bailar a toda una comunidad y a la agenda que le da vida al ritmo de persistentes y acostumbradas bravuconadas, ahora con el nuevo condimento que escruta y revisa el pasado sin sentido, al mejor y mismo estilo del populismo que derrotó en las urnas.
La polarización moderna de la Argentina, bien se podría coincidir, además de tomar la ideología como elemento de diferenciación y límites a cruzar, ha tomado la reinvención de la historia y la reescritura de los hechos para sumar fieles a verdaderas hordas fanatizadas y alterando el humor de una sociedad que da muestra más que suficientes de estar harta vivir como en una calesita incansable más de lo mismo. Y por algo que probablemente no se alcance a ver en la superficie, y que sólo responda a su visión e instinto, Milei ha profundizado la estrategia de la división entre “ellos y nosotros”, otra vez y tal como lo hacía el kirchnerismo, poniendo en riesgo esas sensibles y precarias sociedades que ha logrado en el parlamento y con algunos gobernadores al ubicar en el lote de los despreciables golpistas a Raúl Alfonsín, su último acto innecesario.
Además de ir a buscar, y encontrar como sucedió con esos dichos sobre Alfonsín, una respuesta de un sector de la oposición a la que Milei quiere emparentar y amontonar del lado de todo lo que considera inviable, como el kirchnerismo y la izquierda sectores con los que deliberadamente el gobierno polariza, se ha encontrado también con la reacción de otros que juegan claramente de su lado asumiendo un rol incómodo muchas veces, pero que inequívocamente discurre por la misma senda necesaria para que se cumplan los objetivos del gobierno. Radicales como Alfredo Cornejo, por caso, el que habría sido tenido en cuenta por el propio Milei para coordinar lo que en algún momento se convertirá en el encuentro del Pacto de Mayo en representación de los gobernadores, se ha visto en la obligación de fustigar al jefe de Estado casi en los mismos términos en el que lo hizo un sector con el que no comulga y aborrece como el de Martín Lousteau, el que conduce a su vez al radicalismo a nivel nacional.
La reacción de Cornejo, y particularmente la de uno de sus más importantes jugadores en la provincia, Andrés Lombardi, sacó a la luz un aspecto del ajuste que lleva adelante el presidente del que no se había hablado en Mendoza. Lombardi, con el aval cierto de Cornejo indudablemente, llegó a admitir que hay algo de pan y circo en el plan del gobierno nacional basada en la construcción de un relato que no es otra cosa que un maquillaje, una licuación de gastos en general por la vía del ingreso a los jubilados, por ejemplo, más que cuestiones estructurales y de fondo que en verdad apunten a una reducción consistente del Estado. Desde Mendoza no se había dicho algo así, en términos que han dejado fuera de juego cualquier otra interpretación.
Para cuestionar a Milei, Cornejo y otros radicales dialoguistas y opositores moderados, habían hablado de mala praxis, de modos y de formas; venían diciendo, por caso, que en su lugar harían las cosas de manera diferente, pero que como opositores que son puestos allí por la decisión mayoritaria de los votantes, asumían sin medias tintas la responsabilidad de apoyar el rumbo de Milei como respuesta, también, a una estrategia política para bloquear al populismo.
No necesariamente el radicalismo que ha venido colaborando con Milei, frente a los actos de provocación del presidente, modificaría de ahora en más su posición estratégica. Un giro brusco, cualquiera sea, dependerá en definitiva de un cúmulo de factores en una UCR que se desdibuja ante la imposibilidad evidente de encontrar un rol propio y seductor hacia fuera que le siente cómodo con su historia. Eso, ya, de por sí, configura un tema irresuelto y que amenaza al centenario partido con un desvanecimiento que podría significarle más de una crisis de resolución compleja y con pocas esperanzas de recomposición. Lo que sería mucho más grave, desde ya.
Pero Milei, con sus actos de provocación y su poca predisposición a buscar acuerdos que surjan de negociaciones maduras, civilizadas y responsables, las que el presidente rechaza como si tal cosa se tratase de renunciamientos a un mandato divino, tranquilamente podría tensionar y dilatar salidas menos traumáticas a los extraordinarios problemas que perduran sin resolver. Y mirando desde más arriba, integralmente, también tendría que tener en cuenta el grado de paciencia social, de la que no se tiene mucha idea todavía de cuál puede ser el límite, para no echar a perder aquello en lo que se ha avanzado y se ha conseguido. Todo en un contexto general fragmentado y dividido entre un 38 por ciento de ciudadanos que cree que lo que viene será mejor; un 34 por ciento que va a empeorar y un 28 por ciento que seguirá igual, de acuerdo con los datos de la última encuesta de Opinaia, de la que se conoció un adelanto al inicio del fin de semana.
