Foto: El Sol.

Son las dos y veinte de la madrugada. La imagen nítida de una cámara de video vigilancia doméstica, ubicada justo en la casa de enfrente muestra cómo el sujeto, de unos veinte años, con la destreza de un contorsionista se descuelga del techo lanzando a la vez y hacia abajo la bicicleta que acaba de tomar de los fondos de la vivienda. Pocos metros más adelante, por la misma vereda de la vivienda violada, lo espera un cómplice, el “campana” de la operación. Ambos salen de la escena que los compromete caminando, como si nada, ni siquiera preocupados por los ladridos de dos viejos perros callejeros que los siguen, alterados. La imagen de los chorros recorre el grupo de wasap de los vecinos, horas después, entre las 6 y las 7, cuando todo el mundo se levanta para sus cosas y encuentra la novedad puesta allí de la familia visitada por los ladronzuelos. Las invasiones de los delincuentones a los domicilios se suceden a diario. Hoy le tocó a la familia que perdió la bicicleta, antenoche al mayor de los que viven en la esquina, víctima de un robo del celular y la mochila cuando llegaba a su casa a la hora en que las sombras del día que se va y la noche que se avecina lo están cubriendo y que juegan, como aliadas, a favor de los rateros y rateritos.

Todo esto sucede en cualquiera de los barrios del Gran Mendoza, no importa cuál. ¿Es algo nuevo? No, para nada. Por suerte, dirán las personas de bien, esforzadas y trabajadoras, que luchan a brazo partido cada día para no caer de la clase media/media baja a los confines de la pobreza, nadie de los vecinos se despertó con los ruidos, los ladridos, ni mucho menos reaccionó como para desatar una tragedia que nadie quiere y que todos temen.

Los tiempos, además de violentos, como la película, pueden suponer también la aparición de nuevas modas y costumbres, como esa que tiene un grupo de chicos, apenas adolescentes, que han tomado como juego colgarse de la parte posterior de los colectivos y viajar así varias cuadras afrontando riesgo de muerte inusitado. Cuando no se cuelgan, les tiran piedras. Algo parecido sucedía algunas semanas atrás en Fray Luis Beltrán. A la vera del acceso otro grupo de menores se había tomado como costumbre torear a los vehículos que a esa altura de la autopista pasan “a mil”. Además de provocar trompos en algunos vehículos como se ha podido ver en videos subidos a las redes, solían cruzar al otro lado de la ruta para asolar con sus olas de arrebatos en las barriadas aledañas. “Nadie sabe qué hacer; son menores”, denunciaron impotentes y hastiados tanto hombres como mujeres, vecinos de las zonas afectadas.

La inseguridad está arriba del lote de las preocupaciones urbanas. Siempre estuvo en el top five, dirá alguno con ganas de quitarle dramatismo a la cosa y con la sensibilidad a flor de piel para defender la ideología, la gestión de gobierno o vaya uno a saber cuántas y qué cosas más. Es cierto, pero también es bueno y saludable confirmar y denunciar aquello que cuanta más naturalización se haga de los vicios, de las malas praxis de las políticas o de la falta de resultados positivos de las mismas, el vivir mal e intranquilo será una característica constante y permanente.

El gobierno sabe que la situación que más incomoda a la sociedad es eso de vivir en estado de máxima alerta, no sólo por el temor de sufrir un robo a mano armada sino por la amenaza de lo que se conoce como el delito común, menor, de baja monta pero que termina limando la esperanza y provocando el desánimo. El robo de neumáticos, celulares, de cualquier otro bien transable según los especialistas encuentra abono fértil cuando prolifera, se extiende y desarrolla el mercado negro de lo usado y lo robado, todo ofrecido con impunidad desde las redes.

El clima de inseguridad y miedo escala a medida que escala también el delito, la especialización y la sofisticación del mundo lumpen del hampa de medio pelo, pero de una capacidad demoledora de hacer daño. Y mucho más cuando es constante, de todos los días, a cada rato. El narcomenudeo, ahora que llegó al máximo nivel de la agenda política y pública en Mendoza, cuando fue abordado por los ministros Mariano Cúneo Libarona (Justicia) y Patricia Bullrich (Seguridad) junto al gobernador Alfredo Cornejo, es el fenómeno, para nada nuevo, que cierra un círculo de violencia, marginalidad, abandono y tierra de nadie en algunos sectores de los barrios más complicados del Gran Mendoza.

El efecto en la política de ese estado de situación golpea de lleno en las expectativas electorales de quien gobierna; las amenaza y pone en peligro los planes del oficialismo. Pero atraviesa todo el espinel político de los responsables, desde ya, arrancando por el intendente, el gobierno provincial, la Legislatura y la Justicia.

El último monitor de clima social de Martha Reale confirma lo que se percibe en la epidermis de la calle: luego de que no alcanza la plata, la inseguridad es el segundo tema de preocupación de los argentinos. Y si bien la consultora admite no tener datos exclusivos y recientes de Mendoza, intuye que la misma valoración de asuntos que carcomen se replica en la provincia: el poder adquisitivo, la seguridad, los ajustes tarifarios y la inflación.

A medida que el deterioro económico en la sociedad se hace más profundo y más lejos se ven las salidas, más preocupante se torna la situación en los barrios afectando en el ánimo de todos. Cuando ese estado de alteración es el que está presente en la temporada electoral nadie puede asegurar al final del día el resultado de una contienda y mucho menos cuando hay equivalencias entre los que compiten, cuando aparece una oposición dando garantías de llevar adelante un proceso de gobierno confiable. No es lo que pareciera que pase hoy en Mendoza, pero como sucedió con las presidenciables del año pasado, quién puede asegurar tener la vaca atada, frente a un descontento y hartazgo que apunta a varios lados.