Celso Jaque cumple hoy 89 días al frente del Gobierno provincial. Ni siquiera ha llegado todavía a los famosos cien primeros días de gestión, en los cuales, todo primer mandatario, que conduce un Estado, vive en comunión con su gente, casi en una luna de miel, en la que se tiene la sensación, en ese limbo, –gracias a ese contrato no escrito–, de que lo que está mal será corregido y lo que no se hizo, se hará. Son esos cien primeros días de esperanza y optimismo, que normalmente se apoderan de una comunidad que se prepara para los buenos cambios y para un futuro mejor.

    Jaque no ha vivido esa luna de miel con la sociedad que dirige.Ni tampoco cambiarán las cosas de aquí a diez días, como para que en el futuro, dentro de cuatro años o más, cuando se repase su administración, se recuerden estos días como aquellos en los que, empujado por el caudal político del triunfo de octubre del 2007, encaró las reformas profundas y estructurales que precisa la provincia. Jaque necesita, sí o sí, cambiar el curso por el que discurre su gobierno. Y lo debe hacer ya mismo, aunque se haya desmoronado rápidamente, como parece, el envión de entusiasmo después del triunfo.

    Porque de no hacer reformas y modificaciones ahora, sufrirá consecuencias pulverizantes desde lo político.Y Mendoza, además de perder tiempo, volverá a sumergirse en esos mares inciertos que le impiden llegar a buen puerto, quedándose siempre estacionada en pequeños e intranscendentes terminales de cabotaje. Por eso necesita cambiar, por el bien de todos, más allá del personal. Algo de eso ha interpretado parte del Gobierno (no todo, porque hay sectores y hasta grupos de funcionarios, quienes, evidentemente, no están a la altura de las circunstancias) al lanzarse de lleno dentro del sistema de salud provincial o en el del transporte, o al pensar un rumbo estratégico con el manejo del agua o del suelo.

    Jaque, necesitado y urgido por los embrollos políticos, sorprende con una batería de medidas y acciones destinadas a marcar y encabezar la agenda de asuntos que se debaten en los medios y en la sociedad. No le queda otro camino y debe hacerlo con convicción, con la esperanza de que más tarde o más temprano su prédica germine. Si sobreactúa, su destino está marcado: generará una expectativa mayor que la que está dispuesto a soportar el mendocino medio, ya harto de que los problemas no se le resuelvan.

    Ha sido precisamente aquella sobreactuación de la campaña electoral –cuando apostó fuerte en temas tan sensibles como el de la seguridad– la que hoy se transformó rápidamente en el peor de sus lastres, peor aún que los entuertos y desaguisados que encontró de la gestión de Julio Cobos. La sobreoferta de expectativas que creó en la gente ha sido una –no la única– de las causas de los males que hoy lo atormentan. Las otras hay que buscarlas en la falta de un equipo idóneo en varias de las áreas y en mucho de improvisación.

    Sin tener en cuenta aquellos factores, resultaría muy extraño explicar el porqué de la caída abrupta en la consideración de la ciudadanía de un gobierno que recién lleva menos de cien días en acción. En octubre un tercio de la población se inclinó por Jaque y sus propuestas. El resto votó otra cosa.Hoy, se tiene la sensación de que todos están en su contra. Desilusionados. Ya se habla del peor inicio de gestión de los últimos doce años, comparando a Jaque con las administraciones de Arturo Lafalla (1995-1999), Roberto Iglesias (1999-2003) y Julio Cobos (2003-2007).

    ¿Cuánto de ese mote se lo ha ganado por mérito propio el actual gobernador y cuánto es producto de la intolerancia general, que no permite darle a Jaque los tiempos que sí le otorgó a sus antecesores? La respuesta puede ser un mix de ambos factores. También es cierto que la sociedad, como hemos dicho tantas veces, se hartó de que le mientan como lo hicieron los anteriores y se cobra tal indignación con el malargüino. Desde la oposición, que todavía no termina de aceptar el golpe de octubre, juran y perjuran que nada han tenido que ver con los maleficios que circundan al gobernador.

    “Se ha ganado esta situación solito”, indican, con algo de razón. Pero es cierto que tampoco han aportado seriedad y responsabilidad para darle el tiempo al nuevo gobierno. Ante esto, ¿qué dicen? Dicen que la imagen de Cobos, cuando arrancó, fue creciendo siempre y que la oposición de entonces optó por no criticarlo y no atormentarlo, porque, de haberlo hecho, la propia sociedad los hubiera condenado.Agregan que estaba mal visto “pegarle” al gobernador, quien, con esa pose de hombre común, se había ganado la aceptación popular a niveles impresionantes, del orden de 65 o 70 por ciento de imagen positiva.

    Claro, con el tiempo, la falta de gestión hizo su trabajo y los problemas políticos internos, los suyos. Y el encanto se terminó rompiendo. La oposición, hoy, capitaliza el mal comienzo de Jaque y lo potencia. Hasta entiende que cuestionando desaforadamente al gobernador, gana espacio, porque eso es lo que la gente siente, asegura. De Jaque depende, en definitiva, revertir este estado de situación. En días más se conocerán al menos tres o cuatro sondeos de opinión privados, todos tratando de determinar el estado de ánimo general de los primeros cien días de gestión. En principio, el panorama no viene nada bien para el Gobierno. Jaque lo sabe.