Creemos que nuestros dirigentes, en su mayoría, tienen un mal que vienen arrastrando desde hace mucho. Y es nada menos que interpretar por dónde pasan las necesidades de los ciudadanos comunes y corrientes, cuyas vidas los dirigentes deben hacer mejores, o menos peores. Pero es evidente que la gran mayoría de la dirigencia no se preocupa por eso, sino por aplastar al rival, muchas veces de su mismo partido, para ocupar su lugar y esperar a que aparezca otro rival para volver a aplastarlo.

    Las peleas internas en los partidos políticos deben ser lo menos publicitadas posibles. Se deben librar tratando de que afecten lo menos posible la gestión del que gobierna y los planes alternativos de la oposición. Pero aquí parece ser al revés. Primero, hay que destruir al otro y, una vez que no esté más, ver qué se hace con el municipio, la provincia, el país. Sería infinitamente de mayor interés para todos que se discutiera sobre planes, ideas, proyectos, perspectivas, trabajo y no sobre lugares. Cuando nuestra dirigencia entienda esto, tendremos muchos problemas solucionados, desde los más triviales hasta los trascendentes.